Europa carnívora

Mundo · Gonzalo Mateos
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6 julio 2022
Fue Luuk van Middelaar, habitual analista de la realidad europea, a quien en una de las conferencias almuerzo en el Bozar de Bruselas le oí decir algo que he recordado muchas veces después: “una Europa herbívora no puede sobrevivir en un universo de animales carnívoros”.

En la sabana de 2022 la fauna que habita el ecosistema político mundial está cambiando su cadena trófica y amenaza con alterar los equilibrios que tanta prosperidad habían traído las últimas décadas para todos. Ante unos Estados Unidos cada vez menos fiables, una Rusia manifiestamente violenta y una China en ascenso que lima sus fauces tras los arbustos –amén de un sinfín de especies que evolucionan y aspiran a ser nuevos depredadores– a Europa se le está poniendo cara de antílope. Muchos europeos ya están pidiendo transformar nuestra naturaleza vegetariana y pasar de presas a cazadores.

Uno de los más reconocidos corresponsales españoles en Bruselas afirma que cuando se encuentra en un escrito con la expresión “Europa en la encrucijada” suele interrumpir la lectura súbitamente y pasa a otras cosas. Me parece normal, a mí me ocurre lo mismo cuando leo lo del “cambio de paradigma”. No conviene abusar de lugares comunes y utilizar las metáforas de las encrucijadas y los paradigmas no suele augurar nada bueno. Europa siempre ha tenido que afrontar difíciles decisiones, pero casi nunca han sido decisiones binarias. Generalmente es algo más complejo. Y cada vez más.

De un tiempo a esta parte Europa ha encontrado un nuevo mantra rector: hay que avanzar hacia una la “autonomía estratégica”. Estaría bien si pudiéramos saber qué demonios significa eso. Tenemos varios años por delante para averiguarlo. La invasión rusa de Ucrania ha hecho más para despertar a Europa de su letargo que cualquier otra iniciativa, incluida la tan cacareada Conferencia sobre el futuro de Europa celebrada a bombo y platillo el pasado mes de mayo. Europa ha de decidir y pronto qué papel quiere interpretar en este juego en el que ya no puede confiar en los acuerdos de los últimos cinco minutos. Será preciso tomar la iniciativa si no queremos acabar huyendo en marabunta.

La citada autonomía estratégica tiene una fácil interpretación económica. Como principal actor del comercio mundial, Europa no debe seguir cediendo al chantaje de algunos de sus autoritarios proveedores incumplidores de los derechos humanos, o asumir que no puede quedarse sola en la lucha contra el calentamiento global. El resultado será una economía europea menos dependiente de algunas importaciones. Y habrá que hablar claro a nuestras opiniones públicas, porque esto conllevará sacrificios, cambio de hábitos de consumo y de vida, y tener que asumir juntos conflictos sociales y políticos de consecuencias impredecibles.

Otro asunto más delicado es hablar de autonomía estratégica en términos de defensa y de seguridad. El pasado mes de marzo el Consejo Europeo aprobó la Brújula Estratégica con el objetivo de convertir a la UE en un proveedor de seguridad más fuerte y más capaz. Por ejemplo, dispondrá de una capacidad de despliegue rápido de hasta cinco mil militares para diferentes tipos de crisis. Para ello los Estados miembros se han comprometido a incrementar sustancialmente su gasto en defensa. Pero este es un asunto más delicado. Europa no está acostumbrada a utilizar el poder duro de ejercer de carnívoro. Las sensibilidades son muy distintas, y hay distintas percepciones sobre la confianza de nuestros amigos norteamericano y británico, considerados como poco fiables para algunos, e indispensables para otros a la hora de afrontar los peligros del flanco sur y oriental. Europa se mueve mejor usando la diplomacia blanda, en los terrenos de la cooperación científica, la cultura, la educación y en la ayuda al desarrollo. Comiendo hierba fresca en la pradera.

Esto nos pone delante de una de esas polaridades habituales que deben ser resueltas en tensión. Una oposición polar que exige un pensamiento abierto. Entre la cooperación y la confrontación. Entre la resolución pacífica, técnica y multilateral de los conflictos internacionales y la disuasión, la seguridad o incluso, llegado el caso, la guerra. Dos polos que no se anulan y que deben ser resueltos en un nivel superior. Lo hemos podido observar en la reciente Cumbre de la OTAN de Madrid. No es fácil prever las consecuencias de la candidatura de Finlandia y Suecia a la OTAN, o la de Ucrania o los países balcánicos a la Unión Europea. La forma en que se resuelva la invasión rusa de Ucrania tendrá consecuencias de gran alcance no sólo para Europa sino también para el conflicto cada vez más patente entre Estados Unidos y China.

En el reciente y provocador libro The light that failed, Krastev y Holmes argumentan que, con el colapso del comunismo, el liberalismo occidental se convirtió en un modelo integral de modernidad, que propició un proceso de «occidentalización por imitación» de valores y formas de vida. El resultado está siendo una especie de “estrés psicológico colectivo” que está generando una reacción política contra algunas ideologías liberales y progresistas radicales que son percibidas como amenazas o imposiciones. Esa podría ser la razón del auge del autoritarismo en Hungría, Polonia y otros países (véanse los resultados de las legislativas francesas o las encuestas en Italia) que tienen menos que ver con una reafirmación nacionalista e iliberal que con una necesidad percibida por parte de algunos ciudadanos perdedores de la globalización de independencia y de reconocimiento. Otra vez la identidad y la dignidad como signos de los tiempos.

¿De qué se trata entonces? De que vuelva a brillar la luz, la luz de la política. Tras una década de duras pérdidas causadas por la crisis financiera de 2008 –fundamentalmente en forma de crecientes desigualdades intra y extracomunitarias– y de los acontecimientos insospechados de los últimos años, los defensores del ideal europeo necesitamos de un renovado impulso capaz de ofrecer una visión que responda a este contemporáneo grito de dignidad y reconocimiento. Una respuesta que no enfrente a los partidarios del arraigo con los de la emancipación y dé cabida a modelos alternativos y dialogantes entre sí. Una política que haga frente de forma inteligente a la amenaza autoritaria y a cualquier tentación monopolística del poder. Y que cuente con protagonistas, líderes y ciudadanos que puedan juzgar juntos y sin respuestas precocinadas, quejas ni miradas hacia atrás, permitiendo resolver los problemas reales y los sacrificios que plantea este tiempo. Pasar de ser herbívoros a ser omnívoros inteligentes, involucrados en afrontar valiente y colectivamente los retos estructurales de este momento histórico de transición.

O eso, o volver “a la Europa en la encrucijada ante un nuevo cambio de paradigma”.

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