Editorial

Estrés político

Editorial · Fernando de Haro
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18 enero 2021
El largo año que acabamos de comenzar traerá todavía a la playa de nuestra vida sucesivas olas, algunas verdaderos tsunamis. Es difícil pensar que antes de que acabe 2021 con la vacunación en Europa habrá inmunidad de grupo. Nos queda un largo camino

El largo año que acabamos de comenzar traerá todavía a la playa de nuestra vida sucesivas olas, algunas verdaderos tsunamis. Es difícil pensar que antes de que acabe 2021 con la vacunación en Europa habrá inmunidad de grupo. Nos queda un largo camino hasta ver convertido al COVID-19 en un simple resfriado. La ventaja es que, por fin, hay una senda. Las olas sanitarias vendrán acompañadas de olas psiquiátricas. Ahí están las diferentes formas de estrés post-traumático colectivo que sufrimos. Y no hemos pasado el duelo. Príamo, rey de Troya, le pidió a Aquiles el cuerpo de su hijo Héctor para llorarlo y despedirlo durante doce días. Muchos de los más de dos millones de víctimas que la pandemia ha dejado en el mundo parecen haberse evaporado sin que sus familiares pueden arrodillarse ante ningún héroe aqueo.

El estrés es personal, pero también del conjunto de la sociedad. El Fondo Monetario Internacional analizó en su momento la agitación social que producían enfermedades como el SARS, el ébola o el zika y encontró que el pico se producía a los catorce meses. Nos estamos acercando a ese momento. Como señala el profesor Víctor Lapuente, el estrés social o político se puede medir con algunos indicadores como el estancamiento de los salarios, el incremento de la desigualdad o una alta deuda pública sostenida durante mucho tiempo. La deuda pública siempre es una factura que pasa el pasado al presente, los viejos a los jóvenes.

De desigualdad, nosotros, por desgracia, sabemos mucho. España e Italia son dos de los siete países de la UE que tienen al menos una quinta parte de sus ciudadanos en riesgo de pobreza. Los otros cinco son todos antiguos países con regímenes comunistas. Los países del sur (España, Italia, Grecia y Portugal) están también entre los países más desiguales de Europa. En España la desigualdad tiene características crónicas, en el Reino Unido y en Italia es un fenómeno más nuevo.

Esa desigualdad indica que es esencial una utilización inteligente del dinero del Fondo Next Generation. A diferencia de lo que sucedió en 2008, en esta ocasión no hay solo recursos para hacer una política monetaria. Hay también dinero, mucho dinero, para hacer política económica y política social. Si la ayuda del Fondo Next Generation no se utiliza para realizar una reestructuración del tejido productivo y para reciclar y formar a muchos trabajadores que no podrán volver a sus viejos empleos, se habrá desaprovechado una gran oportunidad. Especialmente el sur de Europa necesita una transformación de su estructura económica, necesita una nueva formación para el empleo.

Si todo, o buena parte del dinero europeo, se emplea en gasto corriente no se reducirá la desigualdad y el shock político puede aparecer en cualquier momento. Las sucesivas olas de contagios nos han hecho reconocer que nuestro sistema sanitario era más débil de lo que pensábamos. La debilidad del sistema social o político es más difícil de identificar. Pero existe. Y tiene que ver con la evolución que se ha producido en la derecha y en la izquierda.

Aceptemos las simplificaciones. Digamos que la derecha hasta hace unos años, quizás décadas, encarnaba la defensa de lo trascendente en política. Nos queda todavía Merkel, pero se jubila en septiembre. La derecha clásica, dispuesta a afirmar algunos valores esenciales, ha ido girando hacia las concepciones más liberales, para las que el individuo y el mercado lo son todo. Sigamos con las simplificaciones. Digamos que la izquierda apostaba por soluciones colectivas, subrayando el protagonismo del Estado. Pero eso era hace años, eso era hace décadas. Los socialistas están ahora en otra cosa. El actual presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, utilizó en su discurso de investidura 35 veces la palabra “derechos”. Es la tarea de la socialdemocracia que ya no impulsa un proyecto común, se limita a garantizar y a crear nuevos derechos subjetivos. Esos nuevos derechos suelen responder a las demandas de grupos que representan intereses particulares, lo que incrementa la fragmentación social. Es la lógica del consumo aplicada al modo de ser ciudadano. Lo común se desvanece. Izquierda y derecha se han vuelto individualistas. Digamos que el panorama tiende a estar dominado por una especie de fusión y que tenemos una suerte de socialdemocracialiberal o un liberalismosocialdemocrático.

Hay quien, para romper esta falta de tensión ideal, vuelve a hablar con las grandes palabras que utilizaban en tiempos los viejos partidos de la derecha y de la izquierda. Quien levanta las banderas de los valores, de la patria, de la nación, de lo común. Ahí tenemos las voces que nos llegan de algunos países como Hungría o lo que defienden algunos partidos en España e Italia. Pero eso tiene muy poco que ver con el fortalecimiento que necesita la vida política para hacer frente al estrés que se nos viene encima. Esas banderas tienen poco que ver con la política, tienen que ver más con la religión, con la vieja religión. La presencia del ideal se distingue porque genera unidad. Y estas banderas aumentan la polarización. Es un viejo fenómeno. Cuanto más fuerte es el ateísmo práctico en política, cuando más faltan las referencias ideales, más mesiánica, más teológica y más clerical se vuelve. Las banderas que algunos levantan quieren sacralizar al emperador. Es el mayor síntoma de debilidad.

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