Esto va de libertad

¿En qué mundo vivimos? Es la pregunta que más se han repetido en los últimos días. Marco Rubio, el secretario de Estado, ha ratificado lo que Trump anunció a las pocas horas de la detención y el traslado de Maduro a Nueva York. Estados Unidos va a explotar el petróleo de Venezuela, de momento no hay transición a la democracia, los líderes elegidos por el pueblo (Edmundo González y María Corina Machado) no son reconocidos como legítimos representantes y, lo más importante, “el dominio de nuestro país en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado nunca más”.
Y después de Venezuela ¿qué? De pronto son creíbles las amenazas de tomar el control de Groenlandia por la fuerza o incluso Canadá. ¿Qué le ocurriría entonces a la OTAN? ¿Qué se supone que tendrían que hacer la UE si se produce una agresión contra uno de sus miembros?
Rusia y China han protestado de modo muy suave por la operación en Venezuela a pesar de que Maduro los proveía de petróleo. Por eso algunos han tratado de explicar que está ocurriendo con la teoría de las “esferas de influencia”: un reparto del mundo en tres partes. El continente americano para Estados Unidos, Asia para China y Europa para Rusia. El presidente republicano, después del aislacionismo del primer mandato y de las críticas a las intervenciones fuera de Estados Unidos de sus predecesores, parece haber resucitado la doctrina del presidente Monroe (1823). En nombre de esa doctrina se justificó la influencia sobre los países de la América hispana que se habían independizado de España. No hay que ir tan lejos para buscar precedentes a la idea de que Estados Unidos tiene derecho a regir los destinos de todo el continente.
Las “esferas de influencia” justifican la invasión de Ucrania por Putin y el dominio que, de hecho, Pekín ejerce ya sobre amplios territorios. Ya veremos si acaba por quedarse con Taiwán. Nada es imposible en este nuevo/viejo mundo.
Hay quien intenta salir de la confusión asegurando que hemos vuelto al siglo XIX: a las colonias, a las guerras comerciales, a los grandes imperios que ejercían sus protectorados sobre países más pequeños. Pero seguramente todo es más complejo. Más que ante una nueva edición del imperialismo y del colonialismo de siempre, asistimos a nuevas formas de dominación/influencia que tienen que ver el control de zonas geográficas decisivas (Ártico, Mar de China, etc), de fuentes de energía y minería (petróleo y tierras raras), y de recursos tecnológicos.
Todos estos análisis geoestratégicos son útiles. Pero la cuestión decisiva que emerge como clave de lo que está sucediendo es la falta de estima y de respeto por la libertad. Trump, al poco de detener a Maduro, aseguró que los venezolanos no están preparados para decidir su futuro. La doctrina de la esfera de influencias relativiza o suprime la soberanía popular/nacional. Cuando triunfan los principios ilustrados, la soberanía deja de estar en manos de los monarcas absolutos y tiene como titular al pueblo. La soberanía popular garantiza el derecho a la libertad: libertad frente al Estado, libertad para reconocer un proyecto compartido, libertad para buscar, reconocer y aceptar lo que se considera verdadero y justo.
Esa elemental evidencia/ conquista, es la que ahora, sin necesidad de grandes justificaciones, se suprime. Durante mucho tiempo el Estado-nación, sin duda necesario, supuso una amenaza para la libertad. Ese peligro no ha desaparecido. Pero ahora estamos ante poderes supraestatales (económicos como el de las grandes empresas tecnológicas y políticos como los de los nuevos/viejos imperios) que socaban el derecho a decidir nuestro destino. Lo hacen desde fuera con el uso de la fuerza y desde dentro cuestionando y reduciendo la autonomía de la conciencia de las personas y los pueblos. La amenaza que actúa desde dentro intenta convencerte de que no estás preparado: no eres suficientemente maduro para buscar, descubrir y elegir.
¿Qué papel juega la persona, la frágil fuerza del yo, en este gran escenario? Las apariencias dicen que esa fuerza del yo (la que consiguió conquistar de un modo más completo su libertad a finales del siglo XVIII) ha sido derrotada. Entonces era evidente que la justicia y la verdad no podían alcanzarse sin la libertad. El reto es recuperar esa evidencia. La fuerza bruta no perdura en el tiempo sin la legitimidad que le atribuye la conciencia. El desafío no puede consistir solo y principalmente en responder a las “esfera de influencia” con una fuerza que se exprese en los mismos términos. La lucha más decisiva consiste en no aceptar la narrativa de los promotores de los nuevos poderes que pretenden una cesión de la soberanía del yo. La partida está perdida cuando aceptamos que “no estamos maduros” para decidir o cuando renunciamos a la libertad pensando que desprendernos de lo único que nos hace ser nosotros mismos nos traerá una recompensa más valiosa. No hay vida, verdad y justicia sin la libertad que permite reconocerlas.
La evidencia del valor de la libertad ya no se puede recuperar como hace 250 años. Ya no sirve enunciar y precisar la definición de los derechos que implica. Hemos enunciado y precisado esos derechos sobradamente. La energía necesaria para volver a estimar y a reconquistar la libertad está en esa experiencia sencilla que hacemos todos cuando se nos niega. No nos conformamos con una vida cuyo destino haya sido descubierto y decido por otros. La vida en común, la sociedad, el pueblo pueden ayudar en esta lucha del yo o adormecerlo con un consuelo cómplice e inhumano.
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