Este vino es bueno

Editorial · Fernando de Haro
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1 enero 2022
Es útil entrenarse. Si ya das los 10.000 pasos es útil hacer uno de esos work out de 20 minutos diarios que hay en You Tube. Con algo de cardio, de core-training y algunas planchas de abdominales. Si no estás entrenado te vencen algunos miedos.

El miedo, por ejemplo, que llega con la inseguridad. Si no estás entrenado no sabes distinguir a tiempo, tienes que pararte a pensar mucho, no tienes reflejos, debes consultar a los expertos, a los que saben, y entonces empiezan los líos. No estás seguro y cada vez buscas más consejos y cada vez necesitas más ayuda para dar un salto, para echar a correr, para dar incluso un paso. Todo se vuelve confuso y empiezas a desear que alguien lo haga por ti, que alguien te diga con firmeza dónde está tu puesto en la carrera.

No es inútil, no. Entrenarse no es inútil, amigo mío. Entrenar la vista, el oído, el cuerpo, el tacto y el alma para decir con rotundidad: ¡cómo me gusta esta mujer! Entrenar el gusto para decir sin dudas, sin titubeos: este vino es bueno o este vino es malo. Si tienes que buscar en Wikipedia si el vino que estás bebiendo es bueno o malo, estás perdido. Siempre habrá un intelectual o un clérigo o un buen amigo dispuesto a explicarte cómo asomar la nariz a la copa, cómo de largo o de corto debe ser el trago, o cómo apreciar el segundo golpe, el retronasal. Hay que estar bien entrenado para decir: este vino es bueno o es malo. Para entrenarse hay que beber. Eso es fácil. Al fin y al cabo todavía estamos de fiesta. Lo difícil es primero sentir, luego pensar y por fin decir: este vino es pésimo o este vino es excelente. Y estar convencido, y saber que lo que has sentido, pensado y dicho es verdad y que no habrá intelectual, clérigo, algoritmo o gestor de redes sociales que pueda desmentirlo.

Hay quien quiere poner orden. En nombre propio o de otros. Es lógico, amigo mío. Este es un tiempo confuso. Y hay quien piensa que se han perdido todos los límites, que todas las brújulas están desorientadas. Cuando las brújulas marcaban claramente el norte y el sur se podía dejar que los hombres decidieran, desearan, buscaran, dijeran “este vino es bueno y este vino es malo”, “esta mujer me gusta y esta otra no”. Pero ahora no. Ahora hay que poner orden. Decirles a los hombres lo que tienen que hacer para que haya armonía en la familia, en el club de fútbol, en la ciudad. Es lógico, amigo mío. Este es un tiempo confuso. Los que quieren poner orden han olvidado, no se les puede culpar, que nunca hay armonía en la familia, en el club de fútbol o en la ciudad sin un desorden elemental. Parece contradictorio pero no lo es. Sin ese desorden elemental en el que cada uno dice “esta mujer me gusta” o “este vino es bueno” nunca hay orden. Hay el orden de los burócratas que construyen desiertos, que secan manantiales, que tienen demasiada prisa. Hace falta un desorden elemental para que cada uno, en un momento que ni tú ni yo sabemos, diga: me gusta esta mujer, este vino es bueno. Solo con ese desorden elemental hay orden, solo con ese desorden hay amigos, hermanos, vecinos.

Por eso, amigo mío, hay que acordarse siempre del Santo Inquisidor. Releer una y otra vez las páginas ya amarillas de Los Hermanos Karamazov. El Santo Inquisidor, si lo pensamos bien, tenía su lógica. Era un hombre eficiente, tenía prisa por dejar todo en armonía. Por eso quería explicar, aclarar, hacerlo todo más fácil. Y para hacerlo todo más fácil era conveniente que los hombres no tuviéramos que sufrir ese cansancio, esa fatiga, ese vértigo que supone decir “esta mujer me gusta”, “este vino es bueno”. Es mejor no arriesgar en tiempos de confusión, sostenía ya el Santo Inquisidor, el gran gestor del momento. No dejarse llevar por inclinaciones personales, no apegarse mucho a la mujer que te gusta de verdad. Luego ya se verá qué hacemos con los desiertos humanos construidos por los burócratas.

Pero no hay que tener, amigo mío, ni miedo a la libertad ni al tiempo. No hay que tener prisa. Basta con que uno, quizás dos, en la familia, en el club de fútbol o en la ciudad, estén elementalmente desordenados. Entonces todo está en pie. Muchas veces no se sabe quién es. A veces es el que no hace nada, el que no hace literalmente nada, el que está tumbado enfermo en la cama. O el que hace mucho pero lo hace todo mal. Pero son ellos, los elementalmente desordenados, los que mantienen en pie todo, cuando todo parece que se derrumba.

No hay que tener miedo al tiempo, el tiempo siempre pone las cosas en su sitio. Porque el tiempo tiene encima, abajo, atrás, delante la eternidad. Una eternidad hecha de todos los presentes. No hay que tener miedo tampoco a lo que vendrá. No hay nada, y cuando digo nada es nada, amigo, que nos pueda dejar solos.

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