Estados Unidos reconsidera su mítico derecho a la felicidad

Mundo · Giorgio Vittadini
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3 diciembre 2018
Las elecciones de medio mandato de Estados Unidos del pasado 6 de noviembre, desde el punto de vista del analista político no han tenido nada realmente excepcional. El pato no ha acabado cojo del todo, como se suele decir en el mundo anglosajón, con la imagen que identifica a un presidente de EE.UU que pierde la mayoría en el Congreso. Resumiendo mucho, al perder la cámara, Donald Trump podrá ver bloqueadas sus leyes fundamentales sobre política interna, como impuestos e inmigración, pero reforzado en el Senado no tendrá condicionamientos importantes en política exterior, que es de su estricta competencia, y podrá ver confirmados muchos de los nombramientos importantes que vaya a hacer.

Las elecciones de medio mandato de Estados Unidos del pasado 6 de noviembre, desde el punto de vista del analista político no han tenido nada realmente excepcional. El pato no ha acabado cojo del todo, como se suele decir en el mundo anglosajón, con la imagen que identifica a un presidente de EE.UU que pierde la mayoría en el Congreso. Resumiendo mucho, al perder la cámara, Donald Trump podrá ver bloqueadas sus leyes fundamentales sobre política interna, como impuestos e inmigración, pero reforzado en el Senado no tendrá condicionamientos importantes en política exterior, que es de su estricta competencia, y podrá ver confirmados muchos de los nombramientos importantes que vaya a hacer.

Si se confirma el hecho de que las elecciones de medio mandato se usan tradicionalmente para reequilibrar el poder entre fuerzas políticas, y resulta por tanto habitual que suelan ir acompañadas de un castigo al presidente en el cargo (también la pasó a líderes considerados de éxito, como Ronald Reagan o Barack Obama), podríamos concluir que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero en realidad, EE.UU está viviendo la crisis de identidad más aguda de toda su historia. Hasta el punto de que, como me comentaba un amigo californiano, el sentimiento dominante está atravesado por preguntas angustiosas, como “¿todavía existe un pueblo americano?, ¿qué significa ser americanos?, ¿qué es capaz de unir?”. Otro amigo neoyorquino me decía: “Nunca he visto un país tan partido en dos: dos sociedades totalmente divididas que parecen no tener nada que decirse y tampoco quieren intentarlo”.

En realidad, hay muchísimas facciones, tantas que se vuelve a hablar de tribalismo. Los Estados Unidos nacieron con una gran ambición, la de afirmar el derecho de todos a perseguir el progreso y la felicidad, como recita la Constitución de 1776. “Los pueblos americanos reconocen la dignidad de la persona, y sus constituciones nacionales reconocen que las instituciones jurídicas y políticas, que regulan la vida de la sociedad humana, tienen como principal objetivo la tutela de los derechos esenciales del hombre y la creación de condiciones que le permitan realizar un progreso espiritual y material, y alcanzar la felicidad”.

Es la idea de que cualquiera puede hacerse rico, elevarse socialmente, favorecerse del dinamismo excepcional de la vida económica. A fin de cuentas, es la misma idea de la conquista del Oeste, la frontera que se convierte en dinámica cotidiana: aun afrontando peligros, dificultades enormes, incluso violencia y abusos –muchos, en comparación con el resto del mundo–, lo conseguirán. Una selección basada en el mérito, en las capacidades, en el valor, tal como documenta la mayoría de las películas que vienen del otro lado del charco. Pero se trata de una afirmación de igualdad que ha producido en cambio profundas desigualdades. Pensemos en el genocidio de los nativos americanos, la discriminación racial que ni siquiera la guerra civil consiguió resolver. Así como los incontables perdedores que siguen poblando esta sociedad.

En todo caso, una unidad de pueblo fundada en un proyecto de realización personal y social se mantuvo hasta principios de los años 90, continuamente reforzada incluso políticamente, por el New Deal de Roosevelt, la nueva frontera de Kennedy, la “Great Society” de Johnson y la figura de Reagan. Ahora este equilibrio se ha roto. El impulso de la financiación en los 90, el 11-S y después la gran crisis de 2008 han agrietado dramáticamente el sueño americano que sostenía la idea de que ser valientes y tener éxito es decisivo para definir quiénes somos. Llegados a este punto, emerge una sociedad partida en dos. Por un lado, las finanzas, los ricos, las clases instruidas de las grandes ciudades al este y al oeste, que disfrutan de sus privilegios. Por otra parte, la antigua clase obrera del Rust Belt, ese pueblo del Medio Oeste que superpobló multitud de empresas, un bajo proletariado que fue totalmente abandonado hasta por los demócratas.

En los últimos años, el desempleo ha empezado a disminuir, pero los trabajos son más precarios que nunca. La vida de las familias jóvenes en ciudades como Nueva York se ha vuelto económicamente imposible, el acceso a las mejores escuelas y universidades sigue siendo prerrogativa de las élites, conservadoras o liberales, mientras que las clases medias desaparecen. En Nueva York tengo tres amigos que se casaron en los años 80 y que, trabajando solo uno de los progenitores, han conseguido mantener a su familia, mandar a sus hijos a colegios privados y pagar un préstamo para comprar su casa. Sus hijos han formado ahora sus propias familias donde trabajan ambos, no pueden permitirse escuelas privadas para sus hijos y sobre todo no son capaces de comprar una casa. Algunos son emigrantes en el Medio Oeste.

Las campañas electorales de los años 90 agravaron aún más el problema identitario, usando estrategias de marketing que contribuyeron a parcelar grupos en función de características étnicas y estilos de vida. El problema de todo político se ha convertido por ejemplo en cómo orientar el voto de las mujeres afroamericanas, más aún que el de los jóvenes blancos de las costas, en virtud de sus exigencias. Pero el “parche” ha sido peor que el “agujero”, la defensa de derechos legítimos se ha convertido en la obsesión de lo “politically correct” de cara a las minorías, llegando a la exigencia paroxística de los “safe spaces”, lugares donde protegerse hasta de las opiniones de otros diferentes a las nuestras.

Así es como un pueblo que empezaba a sentirse más inseguro y amenazado eligió a un millonario populista como Trump, que no ha hecho más que agudizar las divisiones, reclamando a los valores identitarios originales de una América que en parte ya no existe. Los americanos ya no saben quiénes son, hasta el punto de que la historia de su país se enseña de manera diferente en función del Estado en el que vivas. Y hasta el punto de renunciar a festejar el día dedicado a Colón en California por sentimientos de culpa respecto a los nativos americanos.

La fisonomía que tendrán que adoptar los Estados Unidos a partir de ahora está totalmente por descubrir. Pero hay una cosa segura. Pueden volver a mirar su vida cotidiana para entender que el derecho a la felicidad, sancionado en su Constitución, no se alcanza por los logros de algunos sino por un deseo no reducido de todos.

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