Espero ir a casa

Mundo · José Luis Restán
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5 noviembre 2012
Una de las cosas que impresionan en la predicación de Benedicto XVI es su modo de afrontar el tema de la muerte. Es cierto que el Papa nunca se queda "fuera" de aquello que dice o escribe, en ese sentido es un modelo de lo que significa ser testigo. Su propia experiencia humana está siempre implicada en aquello que propone o explica, como si nos acompañase materialmente en el recorrido que señala. Y cuando el asunto es la muerte y el más allá, esto resulta especialmente significativo.

En torno a la fiesta de los fieles difuntos el Papa preside siempre una Misa en sufragio por los cardenales y obispos fallecidos a lo largo del año, y en esta ocasión ha vuelto a sorprender hablando de los cementerios como lugares donde se desarrolla una especie de asamblea en la que los vivos encuentran a sus difuntos y reafirman con ellos unos vínculos que la muerte no puede interrumpir.

Frente a la dura realidad de la muerte "el hombre de cualquier época busca un rayo de luz que le permita esperar, que le hable aún de la vida". Pero en una época como la nuestra en la que el miedo a la muerte lleva a muchas personas a la desesperación y a la búsqueda de consuelos ilusorios, el cristiano se distingue por aquello en lo que pone su seguridad: en la muerte y resurrección de Jesucristo. Entonces todo cambia, "la muerte nos abre a la vida, a la vida eterna que no es una copia infinita del tiempo presente, sino algo completamente nuevo".

Para Joseph Ratzinger siempre ha sido decisivo acercarse a ese "algo completamente nuevo", atisbarlo, hacerlo comprensible a la razón y el corazón de los hombres asfixiados por el dogma del cientifismo. Naturalmente para él no se trata de ser creativo, de dejar volar la imaginación o los sentimientos, sino de bucear en la Palabra de Dios y en la gran Tradición de la Iglesia para dialogar con el hombre de hoy en sus propias claves. Podemos entenderlo releyendo las preciosas páginas dedicadas a la Vida Eterna en su encíclica Spe Salvi. Ahora ha vuelto al mismo tema: "la verdadera inmortalidad a la que aspiramos no es una idea ni un concepto, sino una relación de comunión plena con el Dios viviente: consiste en estar en sus manos, en su amor, y alcanzar en Él la plena unidad con los hermanos y hermanas que ha creado y redimido, con la creación entera".

Estas palabras recientes de Benedicto XVI me han llevado a releer una impresionante homilía en las exequias de su compatriota el cardenal Paul Augustin Mayer, hace un par de años: "así es el destino de la existencia humana: florece de la tierra, en un punto preciso del mundo, y está llamada al cielo, a la patria de la que proviene misteriosamente. «Desiderat anima mea ad te, Deus» (Sal 42, 2). En este verbo «desiderat» está todo el hombre, su ser carne y espíritu, tierra y cielo. Es el misterio originario de la imagen de Dios en el hombre". ¡Desiderat!, aquí está todo el misterio de lo humano, de esa extraña flor nacida en el extremo último de la creación. Es por eso que ante el muro opaco de la muerte todo hombre necesita buscar la rendija, el rayo de luz del que acaba de hablar nuevamente el Papa. Dios ha querido salir al encuentro de esa búsqueda colmando el vacío abierto por el pecado y restableciendo a través de la muerte y resurrección de Jesús la victoria de la vida sobre la muerte. Y como dijo el Papa ante el cuerpo de su amigo, "cada hombre que muere en el Señor participa por la fe en este acto de amor infinito, de algún modo entrega el espíritu junto con Cristo, en la segura esperanza de que la mano del Padre lo resucitará de entre los muertos y lo introducirá en el reino de la vida".

Pero ¿cuál es el contenido de ese reino, al menos en lo que nuestra aspiración profunda y la revelación de Dios nos dejan entrever? Será el cumplimiento de nuestro deseo "de vivir juntos en paz, ya sin la amenaza de la muerte, gozando de la plena comunión con Dios y entre nosotros" Mayer era benedictino y el Papa Ratzinger quiso indicar que "la Iglesia, y en particular la comunidad monástica, constituyen una prefiguración en la tierra de esta meta final". Es una anticipación imperfecta, bien lo sabemos, marcada por límites y pecados, necesitada siempre de purificación. Y aun así, insistía el Papa, "en la comunidad eucarística se pregusta la victoria del amor de Cristo sobre aquello que divide y mortifica".

Así que es legítimo "imaginar" eso "completamente nuevo", a la pálida luz de lo que ya aquí hemos podido experimentar como correspondencia increíble con el deseo de nuestro corazón: una fiesta que no termina, una paz sin sombra, una morada cálida e iluminada en sus muchas estancias, una comida entre amigos en la que ya no hay temores ni repliegues. Es cierto que todo esto es tan sólo lo que podemos entrever "como un cielo sereno a través de la niebla". Por eso Benedicto XVI pudo responder así a uno de los jóvenes que dialogaban con él en el Encuentro de las Familias de Milán: "cuando trato de imaginar un poco cómo será en el Paraíso, se me parece siempre al tiempo de mi juventud, de mi infancia… en este sentido, espero ir «a casa», yendo hacia la «otra parte del mundo»".

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