Esperanza y libertad para México

Mundo · Manuel Granados
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5 enero 2011
Existen dos temas que son centrales para el futuro de México y que, por ello mismo, deberían ocupar buena parte de nuestros afanes durante 2011. El más importante es construir la esperanza. No importa que tan mal veamos las cosas; no importa que tan difícil sea nuestro presente, es más importante pensar en posibilidades, vías alternas y soluciones, y en ese sentido es indispensable mantener y alimentar la esperanza. Como repite Josefina Vázquez Mota: ¡Otro México es posible, tenemos derecho a un futuro mejor!

Renunciar a la esperanza, resignarnos o simplemente dejarnos llevar por las circunstancias implica desconocer la justa magnitud de los problemas que nos agobian y olvidar nuestras capacidades y talentos.

No hablo de una esperanza ingenua, que espere que los problemas se resuelvan por sí mismos o que renuncie a la capacidad de actuar. Debe ser una esperanza activa, comprometida, responsable y motivada por convicciones fundamentales. Es claro, por ejemplo, que una prioridad inaplazable en nuestro país es atacar las causas estructurales de la desigualdad y la pobreza.

Una esperanza así necesita información, programas, rumbo y líderes eficaces. Necesitamos una esperanza que denuncie lo que está mal, pero también que sea capaz de marcar rumbos, de ofrecer soluciones. Ya basta de señalar, criticar, insistir en que el otro, sea quien sea, todo lo hizo mal… llegó el momento de construir, proponer, ir hacia adelante.

Y lo segundo que debemos atender son justamente las condiciones que hagan posible la permanencia de lo que construimos. Por eso necesitamos libertades que nos aseguren no sólo la viabilidad de nuestros afanes, sino también la posibilidad de avanzar en la solución de nuestros problemas. Precisamente, la condición más importante que debemos construir en el futuro inmediato es la libertad. Sin libertad nada es posible y ningún empeño fructificará. El país requiere compromisos serios y decididos para que, sin importar las diferencias que nos caracterizan, construyamos acuerdos que garanticen la libertad para todos. Libertad para crecer, para emprender negocios, para educar y educarnos y, particularmente, para creer, y para defender y practicar nuestras convicciones.

Pensar que es posible construir un futuro mejor sin que se reconozcan los derechos que nos hacen libres es tanto como construir sin cimientos.

Es cierto, en medio de todas las dificultades que enfrentamos en los últimos veinte años, México ha avanzado con reformas que garantizan distintas libertades, sin embargo, faltan muchas y, quizás, faltan algunas de las más importantes.

Un ejemplo de las reformas que todavía están pendientes o incompletas es la libertad religiosa. La situación en nuestro país es mucho mejor que la que existía a principios de los ochenta del siglo pasado, pero es claro que -comparados con otros países- quedan muchos temas pendientes.

Es importante reconocer que la legislación mexicana está mal preparada para hacerle frente a las realidades que impone la práctica de la religión. Como resultado de las amargas disputas entre la Iglesia y el Estado, en México se pensó en una solución que no resuelve el problema, sino que sujeta o subordina la Iglesia al Estado. El ejemplo preferido de los constitucionalistas mexicanos es Francia, un modelo frágil e inestable, como lo demuestran los conflictos que se viven ahí ahora.

No es gratuito que el Papa Benedicto XVI haya dedicado su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, del primero de enero de 2011, a la libertad religiosa y llame a los Estados a reconocerla como un derecho fundamental. En sus palabras: "Negar o limitar de manera arbitraria esa libertad significa cultivar una visión reductiva de la persona humana, oscurecer el papel público de la religión; significa generar una sociedad injusta, que no se ajusta a la verdadera naturaleza de la persona humana; significa hacer imposible la afirmación de una paz auténtica y estable para toda la familia humana".

México ha vivido en la utopía de la aparente uniformidad religiosa, empero, las cosas cambian y surgen nuevas formas para practicar las convicciones religiosas. Necesitamos leyes que acepten la pluralidad de lo religioso, el derecho de creer o no creer, y que faciliten su ejercicio en público y en privado, individual o asociadamente.

Sin libertad religiosa, la libertad de las modernas democracias es una libertad vana, sin cimientos. Comprometámonos pues, en este 2011, a avanzar -por lo menos- en este tema tan importante y reformemos ya el artículo 24 constitucional, antes de que conflictos como los que se viven en Chiapas y Oaxaca en materia religiosa se multipliquen.

Sobre todo, construyamos pacientemente y sin descanso la esperanza de que es posible otro México. Un viejo amigo suele decir "de grano en grano se llena el granero".

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