España mestiza

Mundo · Fernando de Haro
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7 septiembre 2010
Lo ha dejado claro Eurostat. España es uno de los 27 países de la Unión Europea con más residentes extranjeros. La noticia llega mientras arrecia la polémica por la expulsión masiva de gitanos ordenada por Sarkozy. En la Unión, los extranjeros residentes suponen el 6,4 por ciento de la población y en nuestro país superan el 12 por ciento. Tenemos, en porcentaje, más del doble de extranjeros que Italia, Francia y el Reino Unido.

Los datos del padrón municipal ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística ponen de manifiesto que de 2000 a 2009 la población extranjera registrada había pasado de 923.000 extranjeros a 5.600.000. Los inmigrantes se han multiplicado por cinco en 10 años: del 2,3 de la población al 12,0 por ciento. Las ciudades y los pueblos de España han cambiado drásticamente su geografía humana en un período muy corto de tiempo.

La Fundación Europea Sociedad y Educación, dependiente del Ministerio de Educación, ha hecho público recientemente (2010) un informe titulado El diálogo intercultural en España: un requisito de la educación y cultura de paz, en el que se plantea con claridad el reto que supone una sociedad en la que ha aumentado la pluralidad cultural. Se retoman algunas de las afirmaciones del Libro Blanco sobre el diálogo intercultural del Consejo de Europa, Vivir juntos en igual dignidad, presentado el 26 de junio de 2008. El texto tiene todavía muchas contaminaciones ideológicas, pero pone de manifiesto cómo los dos modelos que se han utilizado en Europa hasta el momento para afrontar la pluralidad cultural han fracasado y apuesta por una tercera solución.

El informe denomina al primer modelo asimilacionismo. "Según este planteamiento, el orden y la paz social requieren de la uniformidad (…). Ello conlleva asumir un juicio de valor como presupuesto no discutido: a saber, que las personas diferentes y heterogéneas no pueden convivir juntas pacíficamente". En nombre de este modelo "se han prohibido determinadas lenguas, o costumbres, o la religión, imponiendo un idioma unitario, o una religión común, según lo que se consideraba en cada momento como elemento unificador". El informe no pone ejemplos concretos y ahí es donde pierde virtualidad. Pero se puede considerar asimilacionismo, no tan burdo como el descrito, la política religiosa imperante en la Francia.

El segundo modelo al que se refiere es el multiculturalismo. Deja claro enseguida que es un término sobre el que hay mucha confusión y que, para evitarla, "debamos distinguir, como punto de partida, entre el multiculturalismo cerrado frente a lo que sería un multiculturalismo abierto". El multiculturalismo cerrado "parte de la premisa de que todas las culturas son igualmente valiosas, pero junto a ello afirma que no hay ningún criterio ético para hacer juicios de valor sobre las distintas culturas y sus costumbres. Se llegaría a afirmar que no hay valores comunes o que las culturas son tan diferentes entre sí que no hay nada en común entre ellas". Y eso supone, por ejemplo, que en "Europa nos encontramos con posibles peticiones de personas provenientes de países de religión islámica. Cabría que solicitaran el matrimonio entre personas menores de 18 años, en el caso de que en el país de procedencia se permitiera el matrimonio entre edades más tempranas que las nuestras".

El informe no explica que el Reino Unido ha sido la cuna de ese multiculturalismo cerrado. En este panorama, el reto es cómo valorar la riqueza que supone la pluralidad cultural sin olvidarse de la aspiración a la universalidad que marcó la Ilustración. ¿Cómo recuperar una humanidad común? Para responder a esa pregunta el informe de la Fundación Europea Sociedad y Educación propone el interculturalismo. El tercer modelo. "Por encima de las diferencias culturales existe algo común. Eso hace posible el diálogo intercultural. Lo común a todas las culturas son los derechos humanos. Éstos son transculturales, atraviesan todas ellas, las impregnan". Es, sin duda, una fórmula de objetividad. Pero afirmar la universalidad de los derechos humanos, más que un punto de llegada, es un puerto del que partir.

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