Esa extraña habilidad de ser racional

Editorial · Fernando de Haro
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7 noviembre 2021
La pandemia, que todavía no se ha acabado, nos está ofreciendo la posibilidad de entender con más claridad cómo conocemos en qué consiste la extraña habilidad de ser racional.

El desarrollo de la Inteligencia Artificial nos ha hecho preguntarnos qué es lo propio del conocimiento humano, qué nos diferencia de los algoritmos. La reacción a las vacunas nos ofrece respuestas muy contundentes: destruye el mito de la hegemonía de un conocimiento empírico basado en los puros datos y resalta la importancia de una racionalidad basada en la confianza.

Las alarmas han vuelto a saltar en Europa. En Estados Unidos no dejan de sonar desde hace meses. Una nueva ola de coronavirus azota el Viejo Continente. Es la “ola de los no vacunados”. Rusia se ha convertido en el país con más muertes diarias. Y en Alemania la tasa de incidencia ha vuelto a repuntar peligrosamente. La saliente canciller Merkel se ha mostrado partidaria de poner trabas de forma selectiva a los que no se hayan vacunado. Pero hay una parte importante de la población que se siente más cerca de Joshua Kimmich, el futbolista del Bayern de Munich, que de la mujer que ha estado al frente del Gobierno en los últimos 16 años. Kimmich dice que no hay estudios a largo plazo de los efectos de las vacunas y que por eso no se inmuniza. Todavía hay en Alemania 16 millones de personas sin inmunizar y solo el 67 por ciento de la población tiene la pauta completa. Cantidad insuficiente, como se está viendo, para alcanzar la inmunidad de grupo.

En Estados Unidos el porcentaje de pauta completa está en porcentajes similares a los de Alemania (70 por ciento). El propósito de Biden de exigir a los trabajadores de empresas de más de 100 empleados vacunarse antes del 4 de enero se ha encontrado con el rechazo de un tribunal federal de apelaciones. Hasta 27 Estados se han mostrado contrarios a imponer a los ciudadanos estadounidenses lo que no quieren hacer de forma voluntaria.

Hace algunos meses el semanario The Atlantic publicó un reportaje sobre los motivos para rechazar las vacunas. El argumento más habitual entre los que rechazaban era que su sistema inmunitario era suficiente para vencer al Covid. El valor de la inmunización colectiva no tenía mucho peso. Otra razón frecuentemente esgrimida era que el virus no era más peligroso que conducir. Los datos de una encuesta del Pew Research Center del mes de septiembre detallaban esos motivos cuando hay ya más de cinco millones de muertos en el mundo. Un 81 por ciento de los que no se habían vacunado argumentaban que no conocían los riesgos serios y reales que implicaba inmunizarse y el 70 por ciento no le encontraban sentido a la información que recibían. Era y es un problema de miedo. Es difícil pensar que su posición pudiera cambiar dando más difusión a la información sobre cómo está hecha la vacuna y a los efectos que produce. No está al alcance de la inmensa mayoría del público valorar cómo el ARN mensajero ayuda a nuestras células a desarrollar las proteínas que nos defienden. Se trata de una cuestión de confianza, de hecho el 80 por ciento de los que no se vacunan están seguros de que las autoridades sanitarias no les están diciendo todo lo que saben.

Antes de que estallara el Covid, cuando el fenómeno del rechazo a las vacunas ya se había extendido en parte del mundo occidental, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un estudio titulado Vacunas y confianza que en realidad era una descripción de cómo conocemos. Aseguraba que “los humanos no son perfectos procesadores de la información disponible”. De hecho, “las emociones individuales pueden tener mayor impacto en la conducta que el conocimiento”. Los juicios se formulan y las decisiones se toman no en función, decía el estudio, de un procesamiento analítico sino de otros factores. Por ejemplo, “en función de hechos y ejemplos que de un modo inmediato se vienen a la mente”, de “conclusiones que confirman la inclinación previa” de “emociones” (como el miedo, el enfado, o la incertidumbre) o de aquello que consideran familiar. “Si (alguien) ha oído recientemente a una fuente que considera creíble expresar una cierta opinión sobre la vacunación, evaluará la futura información a partir de esa fuente”.

Esta última frase sintetiza el mecanismo de la racionalidad. Como dice el neurólogo Antonio Damasio: “la inteligencia está, es la habilidad de ser racional la que falla”. El problema no es de inteligencia sino el uso que se hace de ella, de la posición que se tiene al considerar una “fuente creíble”, de la capacidad de leer los indicios que la hacen digna de confianza.

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