SOCIEDAD: LA POLIS

Es necesario que el imprevisto de la vida se abra camino

España · PaginasDigital
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6 febrero 2014
Parece estar escrito en la historia de este mundo que, en pleno siglo XXI estuviésemos abocados a un mundo absolutamente planificado y controlado por el poder. Los tentáculos de la pretensión nihilista de la vida parecen estar anclados en el mundo que nos rodea. Tan es así que nadie parece escapar a este ritmo vertiginoso de la cultura del descarte que se está llevando por delante a los más vulnerables: ancianos, personas sin empleo, mujeres y niños.

Parece estar escrito en la historia de este mundo que, en pleno siglo XXI estuviésemos abocados a un mundo absolutamente planificado y controlado por el poder. Los tentáculos de la pretensión nihilista de la vida parecen estar anclados en el mundo que nos rodea. Tan es así que nadie parece escapar a este ritmo vertiginoso de la cultura del descarte que se está llevando por delante a los más vulnerables: ancianos, personas sin empleo, mujeres y niños.

La vida nos duele: nos levantamos para ir a trabajar todos los días y, además de la maleta de trabajo, nos llevamos la del corazón, que nos pesa verdaderamente. La vida no cumple nuestras expectativas y nos quejamos por ello. Incluso cualquier gesto de otro puede llegar a alterarnos. Reconozcamos de una vez que somos frágiles: que la vida nos puede, que las cosas que tenemos y la vida que nos organizamos se nos quedan pequeños. No nos bastan; por eso, queremos llegar enseguida al fin de semana, donde nos construimos nuestros espacios de confort frente a la realidad que nos espera. Estamos planificados. O –mejor dicho- nos hemos planificado ante todo lo que sea una referencia que no es el “yo” que me he construido: más bien, es un ego.

Nos sentimos cómodos ante aquello que dominamos: lo podemos controlar y moldear a nuestro gusto. Pero esto dura lo que dura: la vida se encarga de romper nuestros castillos de naipes. Es este fall of my empire ikeano lo que nos resistimos a asumir. “Yo me merezco lo que tengo, y como me lo merezco, me lo monto y que les frían a los demás”, ésa es nuestra cultura: la meritocracia, el capricho y el antojo de intentar manejar una realidad que no controlo. Y, como me da miedo hacerme daño, aferro.

Esto es lo que, en el fondo, creo que nos pasa: la llegada de otro que te cambia los esquemas (anciano, minusválido, persona sin trabajo, mendigo, el niño concebido que espera nacer…), que necesita de “un poco de nosotros” para vivir y seguir esperando un abrazo, es una noticia pésima para el hombre de hoy, que sólo está centrado en su mundo de consumo particular.

Por eso, la falta de protagonismo de nuestra sociedad ha llevado a que nuestros espacios naturales de encuentro en los foros de la polis del siglo XXI hayan sido sustituidos por el reino de los burócratas y los planificadores de políticas públicas. Éste es, a mi juicio, el drama de nuestro tiempo: que dejamos que otros decidan nuestra vida (las ayudas que tenemos que pedir, los políticos, las leyes que hay que aprobar, los hijos que podemos tener, lo que tenemos que vivir…) y entren en nuestra existencia sin pedir permiso. A nivel social, las walkirias del cuerpo se han hecho eco de la lucha de sexos de Marcuse y mancillan nuestra sangre arrojando bragas políticas y chantajes emocionales. Y el resto miramos indiferentes, sin importarnos si la vida de estas mujeres convertidas en almas de cántaro (hace falta tener el corazón y el alma hechos jirones para poder negar que estamos hechos para ser hijos y padres) podrá encontrar algún destino bueno…¿no será porque, en el fondo, nos da igual negar uno que cientos?. ¿O es que estamos tan vacíos de vida que las meras cosas son las únicas razones de nuestra existencia?. Si es así, los planificadores han vencido y nos han robado nuestra alma, llenando de mentiras nuestra conciencia. Y cuando roban tu alma y tu conciencia, lanzas bragas, te pones en pelotas, o te pintas…en el fondo, pidiendo un ¡AUXILIO! existencial como un piano, porque la vida se te escapa de las manos y no puedes controlarla.

Y, mientras tanto, la fe, como único reducto que queda garante de nuestra libertad, sentada en el tribunal de la razón pública de los planificadores. Sometida y escrutada, condenada a juicio por parte de quienes, con nuestra connivencia, se han hecho con las riendas de la salud reproductiva, afectiva y sexual… y la han tergiversado en su significado existencial. La fe; o sea, el reducto de religiosidad que resta aún en el hombre, ha sido sentada en el banquillo de los acusados.  Seguramente, para declararla culpable. En todo caso, los culpables somos todos…por haber permitido, en nuestra sociedad, que haya quien trafique con personas humanas y revienten sus placentas. Por haber permitido que las mujeres sean expuestas como carne de mercadería (Ámsterdam podría ser la Sodoma del siglo XXI) y al engaño de los eufemismos para decidir sobre vidas ajenas (ya sea en la política, ya sea en la empresa,  ya en su propio vientre). Somos responsables de dejar que los planificadores nos roben la conciencia de nuestros hijos y sean inducidos a retozar como cosacos en todos los sentidos.

No nos basta con vivir de las rentas de las movilizaciones reaccionarias ni del simple secundar iniciativas legislativas hechas desde arriba. Habrá que salir a la palestra  y recuperar lo que estos capitalistas de la vida afectiva y sexual inducida y planificada nos han robado. Necesitamos que, en el mundo, haya quienes nos muestren, como lámpara encendida, los motivos por los que vale la pena vivir y abrazar al otro, desde la placenta hasta la tumba…y más allá. Hacen falta protagonistas que ayuden a levantarse y sostengan a quienes sufran el desconcierto de un imprevisto no buscado (sea concebido o esté en las últimas); porque sólo así habrá regeneración y, entonces, los burócratas se retirarán y la mentalidad planificadora estallará en mil pedazos. Cualquier proyecto de ley que pretenda poner coto a esta invasión destructora de la vida (aborto, eutanasia, capitalismo salvaje, meritocracia, cultura del subsidio…) será reflejo, entonces, de que la vida se abre camino (ojalá esta iniciativa del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón fuese un punto de inflexión; la experiencia nos muestra que siempre es la sociedad el punto de origen). Nos falta gente que nos infunda coraje y nos ayude a abrazar nuestras circunstancias. Porque si no vence el imprevisto, seremos los hombres como una tierra yerma, sin alma. Que, en nuestra conciencia, se ilumine la luz que nos indique la verdad de nuestro propio vivir, la cual se abre camino, lo queramos o no, sería bastante para provocar una revolución silenciosa en el mundo que nos rodea. Y nuestro mundo se ha convertido, hoy por hoy, en un Mordor existencial. Pero hay esperanza.

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