Editorial

Es la confianza, la confianza

Editorial · Fernando de Haro
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16 diciembre 2019
Johnson es un histrión, un político con muchas dosis de oportunismo, pero no es tonto. Y en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street, después de visitar a la reina, hizo un llamamiento a la unidad y expresó su deseo de que el Reino Unido se cure de la discusión árida sobre el Brexit. Parte de esa discusión la ha protagonizado él mismo. Johnson sabe que la mayoría absoluta de 365 diputados no significa ni una victoria rotunda de los partidarios del Brexit ni va a cerrar las heridas de una sociedad profundamente fracturada.

Johnson es un histrión, un político con muchas dosis de oportunismo, pero no es tonto. Y en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street, después de visitar a la reina, hizo un llamamiento a la unidad y expresó su deseo de que el Reino Unido se cure de la discusión árida sobre el Brexit. Parte de esa discusión la ha protagonizado él mismo. Johnson sabe que la mayoría absoluta de 365 diputados no significa ni una victoria rotunda de los partidarios del Brexit ni va a cerrar las heridas de una sociedad profundamente fracturada.

La amplia mayoría que han obtenido los conservadores en Westminster tiene varias causas. El sistema electoral mayoritario del país da un plus de representación a los ganadores. Corbyn ha llevado al Partido Laborista al mayor de los desastres conocidos desde los años 80: ha perdido apoyo en el centro y el norte de Inglaterra, donde tradicionalmente tenía su reserva de votos. Las opciones excesivamente izquierdistas del líder laborista no han conectado con las nuevas preocupaciones de su electorado. El “Get Brexit Done” de Johnson sin duda ha sido decisivo. Pero no ha sido la única variable. Los conservadores han ganado más de seis puntos por el apoyo de los partidarios de abandonar la Unión Europea que no les habían votado antes. Los laboristas han perdido diez puntos de los brexiters que les han abandonado. Pero no todos los votantes conservadores necesariamente son brexiters ni todos los laboristas son remainers. Admitamos, por un momento y para simplificar, que fuera así y que las elecciones hubieran sido un referéndum El voto popular de Johnson es del 43,6 por ciento, apenas un punto más que en 2017 cuando los conservadores obtuvieron un 42,4 por ciento. Probablemente un nuevo y auténtico referéndum arrojaría una nueva división entre dos partes casi iguales.

Unidad. Recuperación de los vínculos. Johnson sabe que ese es el reto. Unidad de Escocia con el resto del Reino Unido. De Irlanda del Norte. Recuperar los vínculos de Londres con el norte de Inglaterra, de las diferentes clases sociales y de los británicos con la realidad. De esto último es de lo que menos se habla.

La crisis territorial de Escocia es inminente. El SNP (el partido nacionalista escocés) ha obtenido una aplastante victoria y sus líderes ya están reclamando un nuevo referéndum. ¿Si el Reino Unido se separa de la Unión Europea, por el resultado ajustado de un referéndum, por qué no va a derogarse el Acta de la Unión de 1707 que hizo de Escocia parte del Reino Unido con otro referéndum? El virus de la fractura. Y habrá que ver qué sucede en Irlanda del Norte, donde los partidos nacionalistas (remainers) han obtenido más escaños que los unionistas.

No es posible vencer al virus de la fractura si no se recupera una cierta confianza en la realidad. No es extraño escuchar delante de una buena taza de té, en una conversación con exponentes cultivados de las clases medias y altas del Reino Unido, que se justifique el Brexit como una necesidad imperiosa para recuperar la vida sencilla. La vida tal y como era antes de que la burocracia europea lo estropeara todo. Y en esas conversaciones es inútil explicar que el Brexit supone, en el mejor de los casos, un descenso del PIB de entre el 5 y el 7 por ciento, que el mundo ha cambiado, que no es cosa de Bruselas sino de la globalización, que Europa es un vínculo concreto y real, con el que se comparte una historia y una cultura. Es inútil porque no se puede luchar con datos contra una decisión previa que le echa la culpa al otro de lo que está sucediendo, porque el miedo, la incertidumbre, el resentimiento han cuajado.

Es el virus de la fractura que se ha extendido por toda Europa y que ha llegado hasta los Urales. Buena parte de los polacos y de los húngaros están dispuestos a pensar que la Unión Europea es la culpable de que sus hijos estén perdiendo lo mejor de sus tradiciones, lo mejor de su historia y sus valores cristianos. Les cuesta trabajo admitir que la historia es el espacio en el que se proyectan las frustraciones del presente y que la tradición y los valores habían desaparecido antes de que tuvieran que hacer caso a los “burócratas de Bruselas”. Buena parte de los rusos han aceptado también el fake de que Occidente les ha robado ese vértice político y social al que supuestamente les había llevado la Unión Soviética. Algo semejante puede encontrarse en el discurso de Salvini y de los independentistas catalanes. Es el secreto de los extremos en España, de Vox y de Podemos. Vox: el “consenso progre” nos ha robado las esencias. Podemos: la “casta, el capital” nos ha empobrecido y nos ha robado la representatividad.

Los razonamientos económicos y políticos son inútiles para reconstruir vínculos, sobre todo el vínculo con la realidad como oportunidad, como curiosidad hacia lo nuevo que puede traer el presente. El resentimiento y el miedo son pre-políticos. La confianza también.

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