Editorial

Es el mercado

Editorial · Fernando de Haro
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31 enero 2021
Probablemente el COVID no sea la causa. Probablemente el COVID no ha hecho más que desvelar lo que ya estaba resquebrajado, lo que era débil, lo que estaba a punto de romperse.

Probablemente el COVID no sea la causa. Probablemente el COVID no ha hecho más que desvelar lo que ya estaba resquebrajado, lo que era débil, lo que estaba a punto de romperse. Nuestros sistemas sanitarios eran frágiles, nuestra psicología era quebradiza, nuestras razones vitales insuficientes, nuestras administraciones más inútiles de lo que habíamos imaginado, nuestra capacidad educativa limitada, nuestros vínculos demasiado superficiales. Probablemente el COVID no ha hecho más que sacar a la luz, en muchos aspectos, lo que estaba oculto.

También ha desvelado las fisuras que tiene nuestro modo de organizar el mundo, de compensar los poderes, de ejercer la soberanía, de controlar al mercado. Ya sucedió en la crisis de 2008. La crisis provocada por la hipotecas-basura nos desveló el gran error que supuso la desregulación del sistema financiero, las consecuencias desastrosas de no limitar la exuberancia de los mercados, la ruina de poner el capital por delante del trabajo. Aprendimos también que el dinero tendía a hacerse dueño de la globalización y dejaba en una posición muy débil la soberanía de los estados nacionales. Aprendimos que el soberanismo era una pataleta infantil, un homenaje a la impotencia en un mundo en el que los poderes, el poder, era y es cada vez más planetario.

Y aquí estamos. Aprendiendo otra vez los nombres, las formas de nuestra vulnerabilidad. El comportamiento de las farmacéuticas en la distribución de las vacunas nos ha mostrado la fuerza de ciertas compañías globales. Estamos cayendo en la cuenta de lo que supone la ausencia de alguna forma de “gobierno del mundo”.

Israel está a la cabeza de la vacunación en el mundo y muy pronto va a convertirse en el primer país con inmunidad de grupo. ¿Cómo lo ha conseguido? Es verdad que su población equivale a la de una región europea. Pero su éxito se ha basado en saberse manejar con habilidad en ese gran zoco mundial que es el mercado de las vacunas. Ha conseguido en un tiempo récord diez millones de dosis de Pfizer y otros seis millones de Moderna. Y lo ha hecho, probablemente, pagando por cada unidad el doble de dólares que la Unión Europea. Pero, sobre todo, Israel ha ganado la carrera de las vacunas pagando con el oro del siglo XXI: con datos. Tel Aviv no tiene una regulación de confidencialidad de datos privados tan estricta como la UE y puede entregar a las farmacéuticas el tesoro más codiciado por una gran compañía del siglo XXI: las referencias de los ciudadanos que van a ser vacunados. Gana Israel, pero sobre todo ganan Pfizer y Moderna. El nacionalismo de las vacunas, sin una regulación supranacional que ponga límites, convierte a las farmacéuticas en las empresas que deciden, según sus intereses, quién deja primero de morir. Decide el capital.

Es el nacionalismo el que ha permitido a AstraZeneca anunciar que no va a suministrar las dosis comprometidas con la Unión Europea. Dosis decisivas. Johnson necesita a toda costa demostrar lo indemostrable: que el Brexit ha sido un acierto. Y ha encontrado en la inmunización la gran baza que estaba esperando. Firmó el contrato con AstraZeneca antes, autorizó la vacuna antes y ahora ha conseguido recibir las dosis que estaban destinadas para la UE. Todos los indicios apuntan a que las vacunas que la farmacéutica está fabricando en suelo europeo acaban en el Reino Unido o en otros países. No es verosímil la explicación de que está teniendo problemas con su factoría en Bélgica. No le importa incumplir: es el mercado, es el mercado en un tiempo que se parece mucho a la guerra.

La UE ha reaccionado enseñando, solo a medias, los contratos con AstraZeneca. Falta sin duda transparencia. Pero lo más interesante del caso es cómo Bruselas ha intentado detener el “robo” de las vacunas. Ha puesto en marcha un mecanismo para la protección de las exportaciones y ha amenazado con utilizar el artículo 122 del Tratado de Funcionamiento de la UE. Una fórmula para conseguir una especie de nacionalización. En realidad son medidas de presión que no serán efectivas y que solo buscan conseguir una negociación.

No hay instrumentos eficaces para limitar a uno de los sectores industriales más poderosos del mundo. Hace falta un mejor Estado, un cierto gobierno del mundo, para que haya más sociedad, para que el bien común esté tutelado.

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