Entre la ideología y la realidad

España · PaginasDigital
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22 agosto 2018
El Meeting de Rímini acoge un ciclo de encuentros dedicados al 68. En esta ocasión el protagonista es Franco Bonisoli, ex terrorista de las Brigadas Rojas que participó en el secuestro de Aldo Moro y homicidio de su escolta. Junto a él Annalisa Costanzo, una de las comisarias de la exposición “Lo queremos todo”, y Marta Busani, coordinadora del ciclo y encargada de abrir el diálogo: “El motivo de invitar a Bonisoli ha sido el hecho de que su vida se ha movido por el deseo de construir un mundo nuevo, determinada por una ideología que le llevó a una deshumanización. La ideología tiende a dar una explicación simplificada de la realidad, como vemos que pasa también en nuestros días”.

El Meeting de Rímini acoge un ciclo de encuentros dedicados al 68. En esta ocasión el protagonista es Franco Bonisoli, ex terrorista de las Brigadas Rojas que participó en el secuestro de Aldo Moro y homicidio de su escolta. Junto a él Annalisa Costanzo, una de las comisarias de la exposición “Lo queremos todo”, y Marta Busani, coordinadora del ciclo y encargada de abrir el diálogo: “El motivo de invitar a Bonisoli ha sido el hecho de que su vida se ha movido por el deseo de construir un mundo nuevo, determinada por una ideología que le llevó a una deshumanización. La ideología tiende a dar una explicación simplificada de la realidad, como vemos que pasa también en nuestros días”.

Bonisoli aceptó la invitación sin sustraerse a ninguna de las preguntas, ante un público atento, curioso y muy numeroso. Habló de sí mismo, de su historia personal, de cómo vivió a los 13 años la revolución del 68. “Se palpaba la exigencia de sentirse protagonistas, de obtener el reconocimiento de los adultos. La contestación era un viento que soplaba y te arrastraba. Expresaba la exigencia de construir una sociedad más justa”.

¿Cómo llegó a la lucha armada?, le pregunta Costanzo. “Nací en una familia obrera que sufrió la Segunda Guerra Mundial y la lucha partisana, como otros jóvenes sentía la exigencia de llevar a cumplimiento lo que la Resistencia no había conseguido realizar”. Tras abandonar prematuramente la escuela, “abracé la ideología marxista-leninista”. Pero para luchar contra el Estado hacían falta armas. “Eso presupone el homicidio político”, afirma lentamente, casi conteniendo las palabras, con los ojos visiblemente brillantes. “Tomar la decisión de la lucha armada no fue por motivos de poder. Era la decisión de dar la vida por una causa. Pensábamos que valía la pena”.

Bonisoli se conmueve profundamente cuando lo cuenta. “Cuando pones en práctica estas teorías que suponen matar a quienes ahora llamo personas, acabas negando los valores que te llevaron al principio a tomar esa decisión. Sí, porque primero debes cosificarlos, reducirlos”. ¿Qué le permitió salir de esta espiral de violencia? “No fue fácil. Después de ser arrestado y condenado con cuatro cadenas perpetuas, por un total de 105 años, me sentí aún más confirmado en mis teorías. Ibas al proceso como si fuera el congreso del partido, donde se establecía la línea a seguir”.

En la cárcel Le Vallette de Turín, después de largas peregrinaciones por prisiones de máxima seguridad, empezó a suceder algo. “Empezaron a surgir dudas. Por aquel entonces me daba respuestas remitiéndome a la mente de Marx, El Capital, pero no me bastaba. Empecé a dejar de creer”. En la cárcel empezaron las deserciones, los arrepentimientos. “Empezó una etapa inesperada. Los que cedían eran vistos como manzanas podridas. Pero cada vez eran más. Empezamos a matarnos entre nosotros”. Junto a otros brigadistas, como Alberto Franceschini, fundador de las BR, Bonisoli se puso en huelga de hambre. “Coincidió con la idea de deponer las armas”. En la opinión pública tuvo gran resonancia la carta de un capellán militar hablando abiertamente de “un terrorismo de estado dentro de la cárcel”. Un hecho clamoroso que hizo que los políticos empezaran a prestar atención a lo que estaba pasando en prisión.

“Un día me encontré sentado a mi lado a Marco Pannella. Creí que era un efecto de la huelga de hambre”, bromea Bonisoli. La conversación con el capellán, “ante todo un hombre”, y luego con el director de la cárcel le permitieron subir “del infierno, como diría Dante, hasta el purgatorio de la expiación”. En los últimos años ha ido madurando un camino de diálogo con familiares de las víctimas. Al principio con mucha discreción y con la mediación del padre jesuita Guido Bertagna, el criminólogo Adolfo Ceretti y la jurista Claudia Mazzuccato, luego los contenidos se hicieron público en el volumen titulado “El libro del encuentro”.

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