Entender al hombre según Romano Guardini

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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13 abril 2023
No llega al centenar de páginas un librito que contiene dos ensayos del filósofo y teólogo Romano Guardini (1885-1968). Los títulos lo dicen todo: Aceptarse a uno mismo. Solo quien sabe de Dios conoce al hombre (ed. Rialp).

Según se deduce del contexto, estos ensayos fueron escritos pocos años después de la segunda guerra mundial. Para algunos, que vivieron o han oído hablar de iglesias y seminarios con un gran aforo en esa época, se trataría de una edad de oro de la historia de la Iglesia en Europa occidental. Sin embargo, lo aparente no suele coincidir con lo real, pues Guardini escribe precisamente en esos años unos textos que van directos a la conciencia del creyente, sobre todo de aquél que no se deje encandilar por las meras estadísticas o por un profuso listado de actividades eclesiales.

Aceptarse a uno mismo es el ensayo elegido por el editor para encabezar el libro. Es una llamada de atención a una sociedad que vive muy pendiente del “yo”. Pero el cristianismo no niega el “yo” y no busca alienar al hombre. Solo le recuerda que no es absoluto, aunque los filósofos de la modernidad pretendían hacérselo creer, sin importar que eso llevara a un panteísmo en el que Dios es todo y nada es Dios. Frente a esa mentalidad tan simplista como mesiánica, Guardini contrapone una cita literaria, extraída de la novela Kim de Rudyard Kipling, uno de esos autores hoy cancelados porque se identifica con el colonialismo. Kim, hijo de padre irlandés y madre india, es persuadido por un lama de que hay una grieta en una jarra y por ella se sale el agua. Pero Kim vence esa sugestión por medio de la razón. Se limita a recitar la tabla de multiplicar, en la que 2 por 2 son siempre 4, y comprueba que no es verdad lo que dice el lama: la jarra no está rota y de ella no sale el agua.

Esta anécdota puede servirnos para recordar que debemos aceptar el principio de realidad. No lo acepta el hombre contemporáneo que se rebela y no se acepta a sí mismo, aunque con ello solo consigue una frustración infinita y se ve invadido por un tedio espantoso. En contraste, Romano Guardini señala cuál debería ser la actitud del hombre: “No puedo explicarme, ni probarme, sino que debo aceptarme. Y la claridad y la valentía de esta aceptación constituye la base de toda la existencia”. Pero esto no representa una tarea sencilla si se quiere llevar a cabo por medio de la ética.  En esta afirmación se percibe una referencia a la ética kantiana, que me lleva a relacionarla con la confesión de un amigo, profesor de filosofía. Cansado de la filosofía tomista en la que se había formado, que más bien era una caricatura del verdadero tomismo, abrazó en los últimos años de su docencia la filosofía de Kant, lo que no le libró precisamente del laberinto de sus dudas.

Llegado a este punto, Guardini tiene que introducir en su discurso el componente de la fe, pues a las preguntas sobre la existencia solo puede responderse en relación con Dios. Sin embargo, esta no ha sido la propuesta de la filosofía del tiempo de Guardini, una época en que el existencialismo ejercía una gran influencia. Entonces se decía, y hoy se sigue diciendo, que para crecer como ser humano había que ir más allá de uno mismo, aunque otras teorías afirmaban que comportarse moralmente significaba renunciar a uno mismo. Pero nuestro autor subraya la paradoja de que las filosofías que pretenden liberar el “yo” arrojan al hombre a la desesperación. Falta en ellas la profundización acerca de lo qué es el hombre, pues no quieren reconocer, en expresión de Guardini, que “el hombre no procede de la naturaleza, sino del conocimiento y del amor, esto es, de la responsabilidad del Dios vivo”. La cita del filósofo es hoy más pertinente que nunca, cuando el hombre está siendo reducido a pura naturaleza. Pero la consecuencia de esta mentalidad, según Guardini, es que un hombre que solo procede de la naturaleza no puede respetarse a sí mismo; no más de lo que se respetaría un animal.

¿Cómo puede entenderse al hombre si solo se parte de sí mismo? A esta pregunta puede dar contestación el segundo ensayo, Solo quien sabe de Dios conoce al hombre. Allí el autor rechaza el materialismo, en el que el ser humano es solo un material muy complicado, y el idealismo, en el que lo primero y esencial es el espíritu. Antes bien, Guardini señala que el hombre es solamente hombre en relación con Dios. Pero esto nunca lo admitiría una filosofía de la rebelión, por no decir de la sospecha, en la que se defiende que hay que prescindir de Dios y declararse autónomos, capaces de darse leyes que rijan la propia vida. La respuesta del filósofo es que cuando el hombre se desprendió de Dios se convirtió en incomprensible para sí mismo. Es evidente la referencia al pecado original, que va seguida de una reflexión sobre la venida de Cristo, cuando Dios predestinó al hombre “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8, 29). Pese a todo, el ser humano olvidaría de nuevo de quien era y volvió a considerarse como autosuficiente.

Esta situación puede hacer creer a muchos que Dios está ausente, si bien eso sería olvidar las palabras de Jesús: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). La fe de Guardini le lleva, en cambio, a hacer esta profesión: “Creo en el hombre formado a imagen y semejanza de Cristo, que está en mi a pesar de todo, y que está madurando en mí a pesar de todo”.

Tras leer este libro, hay que coincidir con su autor de que el concepto de Dios es exiguo en muchos cristianos, y todo eso se debe a una deficiente educación religiosa. En esa educación falta muchas veces un Dios concreto que se revela en lo concreto. Concreta es también la Sagrada Escritura, que es una base para un conocimiento interior, similar al que una persona adquiere en el trato con un amigo. Pero además es preciso vivir una existencia cristiana, no fundamentada en convicciones teóricas “sino en la conciencia viva de que Dios guía nuestras vidas”.

 

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