Exposición retrospectiva de la fotografía de Robert Adams

Enemigo jurado del nihilismo

Cultura · Javier Restán
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5 mayo 2013
Antes de esta exposición en el MuseoReina Sofía de Madrid, en España no hemos tenido ocasión alguna para verdirectamente una obra suya. Tampoco hay nada publicado ni traducido al españolde su obra fotográfica y ensayística. Así pues, para la mayor parte de nosotrosserá una formidable sorpresa conocer la obra de Robert Adams, este americanotranquilo que sigue recibiendo reconocimientos a su obra fotográfica endiversas partes del mundo. 

Se trata de una retrospectiva queabarca 40 años de la obra de Adams, realizada por un equipo de la Yale University Art Gallery, que llega aMadrid después de recorrer otros lugares desde 2010. Diseñada de forma clara yordenada, contiene una generosa selección de casi 300 fotografías, todas enblanco y negro, con breves textos tomados de sus ensayos o entrevistas.

La fotografía de Robert Adams secentra de manera abrumadora en lospaisajes del oeste americano y su evolución a lo largo de cuatro décadas enColorado, Oregón y California: los cielos inmensos, la luz y el espacio, losárboles, los campos en silencio, la progresiva urbanización del territorio…Lo que impacta al sumergirse en sus fotografías es la desnudez y austeridad desu mirada fotográfica. La elección de sus paisajes fotográficos sorprende porla ausencia de grandiosidad: son de una sencillez sin sombra de esteticismo,capta la belleza sin la mínima concesión a la emotividad. Adams no es unfotógrafo "fácil". Por lo general, selecciona paisajes humildes, pocollamativos; a veces están tomadas desde ángulos que carecen de un interésaparente, no fuerza el ojo del espectador a dirigirse a un lugar determinado.Es lo contrario de Ansel Adams, el gran fotógrafo paisajista norteamericano(con el que nada tiene que ver Robert) cuyas fotografías embriagan por sudetalle y sensualidad. Robert Adams no se recrea en la observación minuciosa delos detalles, por preciosos que sean: no intenta reflejar exhaustivamente loque aparece.

Entonces,¿qué es lo que cautiva en sus fotografías? Creo que la fuerza de Robert Adamses su capacidad para captar, de golpe, el alma de lo que ve, la belleza últimade la realidad. Hay un texto al inicio de la exposición que describe muyagudamente su concepción del paisaje como objeto central de su obra artística.Se pregunta a sí mismo por qué en general no estamos interesados en lasllanuras y las consideramos siempre como lo que hay entre otras cosas que síinteresan, como las ciudades, las montañas: "A fin de cuentas, ¿para quésirven los trigales, los puebluchos y el cielo?" y el propio Adams,respondiendo a esta pregunta que él mismo se formula, nos ofrece unainterpretación válida para toda su obra fotográfica: "En este paisaje elmisterio es una certidumbre, una certidumbre elocuente. Silencio por todaspartes… Escucha". Sí, efectivamente sus fotografías son ventanas abiertas a laverdad.   

Suspaisajes están lejos de cualquier concepción romántica. No exalta una supuestapureza aún no tocada por el hombre. Al contrario, es el hombre quien dasignificado al lugar, como reconoce Adams cuando encuentra una lápida en mediode las praderas, en un pueblo casi abandonado: "Clyde Stanley. Keota, mi hogardurante 63 años". Es el hombre, a través de su presencia y su amor a la tierra,quien hace que cada lugar tenga un sentido. La idea misma de "paisaje" paraAdams es la descripción de esta relación dramática entre el hombre y lanaturaleza. 

Este diálogo del hombre con locreado es el que testimonia toda su fotografía: llanuras inmensas y, como unpunto aparentemente insignificante, una granja perdida; praderas infinitas y,en medio, blancas iglesias de madera; colinas desnudas atravesadas por unacarretera desierta; en otras ocasiones es su propia mujer, Kristine, la queaparece discretamente en medio de una visión en profundidad o sentada a lospies de un árbol, casi imperceptible. Este diálogo continúa en su maravillosaserie de fotos de noches de verano, con su fascinante mezcla de luz natural y artificial.Siempre ese diálogo del hombre con la creación. Un diálogo que puede ser fuentede significado o escenario de una degradación irresponsable por parte delhombre, algo que Adams ha denunciado en sus fotografías de modo incansable.

Tal vez uno de los aspectos másbellos de sus motivos fotográficos sean las fotos de pueblos perdidos del oesteamericano, que a pesar de su aparente "desorden" y con apenas unos elementos(un árbol, una acera, las fachadas de modestas viviendas, el recodo de uncamino de arena prensada…) transmiten una calidez de hogar.

¿A quién recuerda la descripción deesta fotografía desnuda, silenciosa, cálida, a la expectativa del misterio queasoma en la realidad? El propio Adams lo desvela en alguno de sus ensayos: a lapintura de Edward Hopper. Estacercanía es muy evidente, por ejemplo, en esa fotografía de una casaprefabricada en Colorado Springs,perfecta en su forma elemental, y dentro de ella la silueta de una mujer ensombra en el centro de una ventana. Forma parte de una serie de fotos quequerían mostrar la degradante urbanización a la que estaba sometida aquellazona, pero Adams la convierte gracias a la luz, la transparencia y el recursode las ventanas en un icono de la vida humana, con su aspiración infinita enmedio de cualquier circunstancia.  

Lasfotografías de Adams se han clasificado entre los llamados "fotógrafostopógrafos", a partir del momento en que participó en 1975 en una exposiciónsobre la incidencia negativa del hombre sobre el paisaje. Ciertamente su obraescruta permanentemente el territorio y, como hemos visto, es un testimonio delpaisaje y su evolución, muchas veces hacia la degradación. La obra de Adams es,en una importante proporción, una denuncia del desarrollismo galopante que élvio con sus propios ojos, especialmente en los años 60 y 70 del pasado siglo.Pero incluso en esa denuncia, la preocupación de Robert Adams no es la de untopógrafo, y menos la de un moralista.

Comentandoalgunas de sus fotos de bosques arrasados en Oregón,  Adams manifiesta las preguntas que ese hechole suscita: este paisaje destruido "¿contribuye al nihilismo?". ¡Supreocupación es, por decirlo así, "metafísica"! Y continúa: "¿Por qué nunca mehe encontrado en estos lugares a padres paseando con sus hijos? ¿No enseña laviolencia?". No son las preguntas de alguien que quiere hacer una taxonomía dela realidad, o una denuncia. Adams busca más a fondo que un topógrafo. Comoafirma él mismo en una entrevista, tomando una frase de Dorothea Lange cuandoen los años 30 recorría los campos del oeste americano para documentar losefectos devastadores de la gran depresión: no sólo hay que dejar constancia delo que existe, sino de lo que perdura.

¿Québusca Adams? Simplemente, responder a estas preguntas: "¿Hay lugares en lavida, ahora mismo, por los que tengamos que estar agradecidos? ¿Hayterritorios, ahora y entonces, que hacen posible una sonrisa sin sarcasmo?" Esta es la pregunta de Adams. 

Enla obra fotográfica de Robert Adams la figura humana no es un motivo dominante,y sin embargo, en mi opinión, las series de fotografías de la gente normal, delamericano medio, como las tomadas en la periferia caótica de Denver, ensupermercados, en aparcamientos cerca de una central nuclear… son ejemplos delo mejor de su obra. No son precisamente escenarios agradables, y sin embargoestas fotografías son un prodigio por su capacidad para captar la vida en todasu fuerza y sencillez: familias,madres con sus hijos en brazos, ancianos que caminan inseguros, padres, hijos…la vida. Muchas de estas fotos fueron tomadas con una cámara escondida en unabolsa de compra, con un gran angular Hasselblad y un dispositivo a distancia.Una práctica que tiene larga data en la gran fotografía americana: sobre todoWalker Evans en el metro de Nueva York, y posteriormente, entre otros, GarryWinogrand con su pequeña Leica por las calles de la misma ciudad. 

Adamsquería, con esta técnica, captar la espontaneidad de la vida real, con toda subelleza, en las relaciones elementales, incluso en la debilidad y, además, enlugares que aparentemente no son propicios. Siempre a la expectativa. Esto eslo que el propio Adams dirá al ver el resultado de esta belleza humanaextraordinaria: "Cuando nos topamos con lainocencia, la belleza, el afecto, la alegría o la valentía, incluso en lossitios más remotos, ¿no estamos obligados a agradecer estas emociones,desafiando a los irónicos?"

Estees el esfuerzo de Adams: "encontrar una afirmación en todas lascircunstancias". Curiosamente, este verdadero "ecologista", que ha constatado yluchado contra la destrucción de la naturaleza, miramás al fondo y presiente el bien último que prevalece en toda circunstancia, enel hombre, en la naturaleza. Apelando a su sólida formación literaria, Adams sereconoce en el poema de la rusa Anna Ajmátova: "lo milagroso se acercainminente a las sucias casas en ruinas".

Robert Adams: El lugar donde vivimos

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

Hasta el 20 de mayo 2013.

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