Editorial

EncuentroMadrid: más allá de occidentalismos (de museo)

España · Fernando de Haro
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2 abril 2016
Europa: un nuevo inicio. Ese es el título de la nueva edición del EncuentroMadrid que la gente de Comunión y Liberación celebra en la Casa de Campo esta semana. La primera fue en 2003, o sea que la cosa va cogiendo solera. Asociar la expresión “nuevo inicio” a Europa supone, cuando menos, sugerir que la inercia de la tradición institucional, cultural e incluso política del Viejo Continente es insuficiente.

Europa: un nuevo inicio. Ese es el título de la nueva edición del EncuentroMadrid que la gente de Comunión y Liberación celebra en la Casa de Campo esta semana. La primera fue en 2003, o sea que la cosa va cogiendo solera. Asociar la expresión “nuevo inicio” a Europa supone, cuando menos, sugerir que la inercia de la tradición institucional, cultural e incluso política del Viejo Continente es insuficiente.

No sé si los organizadores han sido conscientes. Al elegir un lema que habla de la necesidad de otro comienzo se alejan de una sensibilidad muy extendida. Aquella que, de un modo consciente o inconsciente, piensa en Europa como una especie de refugio de bienestar y de civilización. Una suerte de Gran Suiza, el mejor de los mundos posibles, en medio de mercados globales, grandes corrientes de refugiados y terceras guerras mundiales por fascículos. Buena parte de los últimos brotes de nacionalismo y de populismo son una forma de protesta porque Europa no haya sabido permanecer al margen de la historia. Parecen reclamar como una virtud el defecto que denunciaba Octavio Paz en 1983 con precisión hiriente. Querrían que el Viejo Mundo se “repliegue sobre sí mismo y consagre sus inmensas energías a crear una prosperidad sin grandeza y a cultivar un hedonismo sin pasión y sin riesgos”.

El programa es sencillamente irrealizable. Ha aparecido un mundo “posteuropeo” que está fuera y dentro de Europa. El arco temporal que comenzó con Colón y Juan Sebastián Elcano se ha cerrado. A comienzos del siglo XX la población europea representaba algo más del 25 por ciento de la población mundial, hoy solo es el 8 por ciento. El PIB de China, medido en poder adquisitivo paritario, ha superado al de Estados Unidos. En los años 90 Europa ganaba el 72 por ciento de las votaciones en Naciones Unidas. Ahora es China la que vence en el 74 por ciento de las ocasiones y Europa solo en el 50 por ciento. El centro de gravedad del mundo se ha desplazado en términos políticos, militares y económicos hacia el eje Asia-Pacífico.

Los optimistas subrayan que el mundo posteuropeo es mucho más europeo de lo que se cree. Sería prueba de ello el hecho de que nuestras grandes conquistas –el mercado, la democracia basada en ciertos principios, la racionalidad científica hija de la secularización y la técnica- se han convertido en señas de identidad mundiales en el siglo XXI. Este occidentalismo, construido con muchas dosis de ingenuidad, sostiene que el Espíritu en su camino ascendente por la escalera de la historia ha consolidado y convertido en universales los valores de la Ilustración.

Todos los datos fuera y dentro del Viejo Continente apuntan en otra dirección. La desigualdad amenaza la eficacia del mercado. La democracia es cuestionada. La razón, encerrada en un búnker desde hace siglos, cada vez tiene menos confianza en sí misma. Curiosamente la ciencia, más humilde que nunca y más dispuesta a reconocer los diferentes caminos del conocimiento, es el saber más abierto. Pero la separación entre Iglesia y Estado, promovida por el cristianismo y solo materializada efectivamente 18 siglos después de su aparición, se ve amenazada por la extensión de nuevas y viejas experiencias religiosas que vuelven a intentar sacralizar al poder. Cierto miedo a la libertad y al otro son síntomas de que el edificio occidental de las luces se ha quedado vacío y amenaza ruina.

No existe ni la Europa-refugio ni la Europa de los valores. No hay Occidente sin occidentales, no hay Europa sin europeos. El llamado “rearme moral” es otra forma de utopía. Los populismos europeos de este comienzo de siglo apuntan a que seguimos en una de esas ondas largas de la historia que cristalizó en torno a mayo del 68. Un movimiento en muchos aspectos destructivo pero nítido al señalar que las grandes ideas y los grandes principios que construyeron Europa tras la II Guerra Mundial –en realidad se remontan a Benito de Nursia- no tocan a la generación presente. Solo hace 15 años la proclamación de la Constitución Europea generó una gran polémica por cuáles debían de ser consagradas como raíces de la Unión. El tiempo nos ha mostrado hasta qué punto aquel debate tenía una naturaleza casi museística.

Esperemos que el EncuentroMadrid nos dé pistas para saber en qué consiste ese “nuevo inicio” del que hablan sus organizadores. ¿Cuál es la energía que permite ir más allá de “una prosperidad sin grandeza” y de “un hedonismo sin pasión”?

Siempre se ha dicho que Roma junto a Atenas y Jerusalén hicieron Europa. Y a la primera se le atribuye el mérito del derecho. Roma es mucho más, representa una sorprendente y humilde inteligencia capaz de actualizar y revivir -no solo repetir-, en unas nuevas circunstancias, la tradición clásica. Eso fue lo que le permitió someter a la barbarie. El reto es semejante. Sería inútil intentar someter nuestra barbarie, la que tenemos ya muy dentro –también como personas-, con piezas de museo. ¿Qué nos permitirá, en el presente, volver a ser europeos?

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