Editorial

EncuentroMadrid: el deseo hace bien

España · Fernando de Haro
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5 abril 2015
El EncuentroMadrid, el evento que la gente de Comunión y Liberación organiza desde hace ya bastantes primaveras en la capital de España, tiene en esta edición como invitado a Wael Farouq. Farouq es un joven profesor de la American University de El Cairo, musulmán, apasionado defensor de la primavera egipcia. Después de algunas estancias en Estados Unidos y en Europa, tiene una especial agudeza para ver con una mirada fresca la sociedad occidental. Muy crítico con alguna de las expresiones del actual islam, ha desarrollado hipótesis interesantes para explicar qué nos sucede en esta parte del mundo.

El EncuentroMadrid, el evento que la gente de Comunión y Liberación organiza desde hace ya bastantes primaveras en la capital de España, tiene en esta edición como invitado a Wael Farouq. Farouq es un joven profesor de la American University de El Cairo, musulmán, apasionado defensor de la primavera egipcia. Después de algunas estancias en Estados Unidos y en Europa, tiene una especial agudeza para ver con una mirada fresca la sociedad occidental. Muy crítico con alguna de las expresiones del actual islam, ha desarrollado hipótesis interesantes para explicar qué nos sucede en esta parte del mundo.

Farouq ha leído con provecho a Patrick Smith, un ensayista que tuvo bastante éxito en los Estados Unidos de finales de los años 90 del pasado siglo. Smith explicaba que en el Japón de la postguerra el emperador siguió conservando sus atributos religiosos como una pura apariencia. Se creó entonces la “sacralidad de la nada”. Esa expresión, “sacralidad de la nada”, es la que, según el profesor musulmán, mejor expresa la vida occidental. Decimos regirnos por los grandes principios, los sagrados valores ilustrados de la libertad, la razón o la igualdad pero la postmodernidad los ha vaciado de contenido como vació la sacralidad imperial. La acusación es especialmente aguda porque Farouq la formuló hace unas semanas, cuando se llenaban páginas y páginas en defensa de la libertad de expresión, tras el atentado yihadista de París.

En la esfera pública es obligatorio someterse a la “sacralidad de la nada”. No puede haber identidades claras, religiosidad pública. Es necesario impedir que se discrimine al diferente y la mejor manera de evitarlo es que la diferencia no exista. Pero esa neutralidad es insostenible. Los valores de la república neutral, ideales de la Francia laica y de la España que tanto la imita –tan defendidos por Finkielkraut en su último libro La identidad desdichada-, se ven desbordados. Y las escuelas se llenan de velos y las librerías de manuales sobre budismo. La nada no puede satisfacer el hambre de pertenencia, de identidad. Por eso, dice Farouq, en realidad la “sacralidad de la nada” ha quedado superada por la existencia de dos mundos paralelos. “La nada y lo sacro”. Lo público es el campo regido por unos valores vacíos y lo privado el lugar del sentido. Lo privado no se somete al examen racional. La incomunicación es casi absoluta.

¿Qué hacer en esta situación? Desde luego no parece conveniente tirar por la borda una de las intuiciones de la ciudad moderna: la regla ilustrada que le pide al ciudadano que, en cuanto ciudadano, se exprese en términos universales. Es rechazable sin duda la pretensión de que lo religioso sea privatizado pero no la invitación a que comparezca en la vida pública en términos comprensibles y útiles para todos, la sugerencia de no prescindir de la razón.

Y aquí es donde el lema del EncuentroMadrid sugiere un interesante camino. Ya veremos si sus organizadores saben desarrollarlo. El título de este año es “Infinitos deseos. Deseo de Infinito”. Presentar lo religioso (Infinito) como el punto que concreta el deseo humano supone una radical novedad en la historia cultural española.

La tradición católica, imperante especialmente a partir del siglo XVI, ha visto con sospecha todas las aspiraciones humanas. La buena doctrina católica seguía afirmando que el pecado original no ha conseguido dañar de forma definitiva la razón y la libertad, no ha desdibujado su anhelo de bien, verdad y belleza. Pero todo eso se quedaba en algo muy abstracto y en la práctica toda aspiración y deseo eran considerados como algo peligroso para la experiencia religiosa y para el camino que debía seguir un “hombre de orden”. El deseo se hacía sinónimo de pasiones desordenadas. Lo humano era y es un material desechable para acercarse a la zarza ardiente. Y nadie, o pocos, se han atrevido a sacar las consecuencias antropológicas y metodológicas del dogma que con tanta precisión supo ver siglos antes San Agustín: todo deseo es búsqueda de lo más Alto, de lo más Justo, de lo más Bello. El deseo conduce a la razón a su vértice.

Esta incomprensión lejos de corregirse con la psiquiatría y la psicología contemporánea parece aumentar. Se habla de las patologías del deseo, de sus tiranías, al tiempo que se censura su centro constitutivo.

Comprender la experiencia religiosa como una expresión del deseo hace bien a todos. Hace bien a la propia experiencia religiosa porque se percibe como amiga de lo humano. Y hace bien a la ciudad porque esa experiencia puede expresarse y formularse en términos universales. Todos podemos reconocernos como seres deseosos. Y de ese modo estimarnos como un bien, los unos para los otros. Y es que, como decía Hannah Arendt, “solo podemos reconciliarnos con la variedad del género humano y con las diferencias entre los hombres tomando conciencia, como de una gracia extraordinaria, del hecho de que son los hombres y no el hombre quienes habitan la Tierra”.

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