…En Ucrania se puede decidir ser hombre

Mundo · Marta Dell`Asta
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12 junio 2014
Tenemos una guerra civil en Europa. Se están haciendo esfuerzos para frenarla y debemos esperar que finalmente prevalezcan, ya está en marcha un trabajo para superarla, un trabajo que habrá que continuar también en tiempo de paz, tanto en Ucrania como en el resto de Europa.

Tenemos una guerra civil en Europa. Se están haciendo esfuerzos para frenarla y debemos esperar que finalmente prevalezcan, ya está en marcha un trabajo para superarla, un trabajo que habrá que continuar también en tiempo de paz, tanto en Ucrania como en el resto de Europa.

El “estado de guerra” es ante todo una condición psicológica y moral, cuando uno está dispuesto a poner entre paréntesis los valores humanos universales y a olvidar todo lo que tiene en común con su enemigo; sobre esta base se puede manipular descaradamente la realidad, utilizar a civiles como escudo y regocijarse por las muertes. Pero a veces, precisamente cuando se cruza ese umbral, un beneficioso shock vuelve a despertar lo que queda de la civilización cristiana que ha forjado lo que somos y que nos ayuda a salir del estado de guerra interior.

Algunos llegan a entender que la verdadera frontera que divide a las partes no es en realidad étnica ni política, como ha destacado el filósofo ucraniano Alla Vajsband: “Se tiende a dividir a Ucrania entre los activistas de amarillo y azul y los de la cinta de san Jorge, entre patriotas y traidores, entre separatistas y paladines de la unidad territorial. Pero existe una fractura psicológica mucho más profunda que divide nuestra sociedad en dos. Los que exultan ante los cadáveres de los enemigos, porque son enemigos. Y los que no pueden hacerlo, porque son cadáveres”.

Es lo mismo que había dicho en su momento, de una forma aún más explícita, el patriarca ortodoxo serbio Pavle ante una guerra civil todavía peor, la de Kosovo: “No somos nosotros los que elegimos en qué país nacer, en qué pueblo nacer, en qué época nacer, solo elegimos una cosa: ser hombres o no”. Esta elección tan radicalmente personal (regocijarse o no, ser hombres o no) se presenta hoy ante cada uno de nosotros, en Rusia y en Ucrania.

Por ejemplo, Elizaveta Glinka, más conocida como la “doctora Liza”, famosa por haber fundado los primeros hospicios gratuitos para enfermos terminales en la ex Unión Soviética: el 28 de mayo llegó desde Moscú a Doneck para verificar la situación y “echar una mano”. Su posición no consiste en absoluto en ponerse de parte de nadie, todas las fuerzas políticas y todos los frentes nacionales pueden colaborar para ayudar a las víctimas de la guerra: “Desgraciadamente, muchos médicos han abandonado sus puestos. Los que se han quedado son auténticos héroes, muy valientes, muy templados. Cuando llega un herido que oculta su rostro nadie le pregunta de qué bando es. Se ayuda a cualquiera que lo necesite. Nadie me ha enviado aquí. He recibido una cifra importante del diputado Sergej Mironov, que ha hecho una donación en mi cuenta y me ha dicho: ‘Si te apetece, ve’. El empresario Michail Prochorov me ha proporcionado una tarjeta de crédito para comprar todo lo necesario. Estamos trabajando con él para crear un corredor humanitario”.

Hay mucho que aclarar: Mironov es dirigente del partido Rusia Justa, que ha respaldado al gobierno y que ha sido incluido en la lista de personalidades rusas afectadas por las sanciones económicas en Occidente después de los hechos de Crimea; mientras que Prochorov pertenece a la oposición democrática y ha sido el antagonista de Putin en las últimas elecciones.

Para aclarar aún más, la ayuda humanitaria de la que habla la doctora Liza no es simplemente un acto de “buen corazón” sino una posición humana que se hace cultural, social, y finalmente también política, porque, como decía el filósofo ruso Andrej Desnickij: “al poder le sirven los irritados y los divididos, porque así puede salvar a los unos de los otros: a los clericales de los ateos, a los emprendedores de los proletarios, etcétera”. En cambio, la obra del bien común une y reconcilia. Esta premisa es indispensable para la superación interior de la guerra, es como un nuevo Pentecostés con un engranaje muy concreto.

El archimandrita Savva Mazuko, monje ortodoxo de Gomel, en Bielorussia, ha recordado que la torre de Babel fue el primer intento de estado totalitario en la historia de la humanidad, donde se hablaba una sola lengua para que no hubiera “diferencias” sino una única masa sin rostro. Pero Dios destruyó esa falsa unidad porque Él quiere la unidad a imagen de la Trinidad. De hecho, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, estos empezaron a hablar lenguas distintas y no una especie de “esperanto de los ángeles”; en aquel instante comentó el amor por las lenguas concretas de los hombres, por la infinita diversidad de rostros, culturas, biografías.

Entre los hombres elegidos por Dios y unidos en su amor, no hace falta eliminar ninguna identidad cultural o lingüística: la odiosa división de este mundo, de la que hablaba san Sergio di Radonezh (de cuyo nacimiento se celebra este año el séptimo centenario), se vence precisamente preservando la fisonomía única e irrepetible de cada uno: hombre, pueblo, lengua o cultura.

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