DESDE NIGERIA - IV

En tierras de Boko Haram: Rebeca y su certeza radical

Mundo · Fernando De Haro
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13 marzo 2026
En Maiduguri encontramos a Rebeca. Fue secuestrada por Boko Haram junto a dos de sus hijos. Consiguió escaparse. Volvió a casa con más heridas de las que se pueden contar y con una certeza intacta. Maiduguri

El almuerzo en el avión que vuela de Abuja a Maiduguri no me lo sirven durante el vuelo. Me lo entregan después del aterrizaje, cuando salgo de la cabina. Será cosa del ramadán. Maiduguri es la capital del Estado de Borno, uno de los estados del norte Nigeria con más de un 80% de musulmanes. Desde hace años la ley oficial es la sharia, la ley islámica. No hay avión a Maiduguri todos los días. Apenas somos veinte pasajeros, cuatro no nigerianos: Ignacio, mi cámara, un chino, un ruso y yo. Un pasaje que es un resumen de la situación geoestratégica de África.

Al salir del aeropuerto nos saluda la llamada a la oración del muecín y una bofetada de calor. Estamos en la estación seca y a primeras horas de la tarde el termómetro se acerca a los cuarenta grados. Pasamos la tarde en casa de Rebeca. Rebeca vive a las afueras de la ciudad. En la zona donde todavía el ejército garantiza la seguridad. Más allá de ese límite reina el caos, los pueblos no son seguros. Boko Haram y el Estado Islámico de África Occidental (ISWAP) controlan amplias zonas, cobran impuestos, atacan pueblos, matan, secuestran. Rebeca es una mujer aparentemente frágil. Lleva a su última hija, que tiene ocho meses, atada a la espalda mientras barre su casa y la ordena. Su casa son cuatro muros levantados con ladrillo gris de cemento. Rebeca cocina con leña. El agua hay que ir a recogerla a una fuente que no está cerca. Muchos de los vecinos de Rebeca son, como ella, víctimas de Boko Haram: han tenido que cambiar al menos tres veces de pueblo.

Rebeca barre con una escobilla que no tiene palo y hay en su gesto todavía un no sé qué aniñado. La suya es una mirada que parece escapar: es modestia y es que tiene el alma herida. Las cosas que me cuenta Rebeca no caben ni en diez libros. Es madre de cuatro hijos. La secuestraron los de Boko Haram junto a dos de sus hijos. Uno de ellos murió. Al otro, Zacarias, los yihadistas, se lo quitaron y le cambiaron el nombre para que fuera musulmán. Después de mucho tiempo y de mucho rogar se lo dejaron ver. Pero cuando se encontraron madre e hijo, el monstruo que se ocupa de él le dijo que esa no era su madre porque era una infiel. El niño reaccionó y frente a la burda presión del poder que quería robarle la gran certeza de su infancia respondió con contundencia a sus captores: «esta sí es mi madre». Certeza radical.

Zacarias sale a su madre. A Rebeca el primer año la emplearon de esclava de las mujeres de Boko Haram. Luego la quisieron obligar a combatir bajo la bandera negra de los yihadistas. Se negó. Y, más tarde, le asignaron un «marido» que abusaba de ella con frecuencia amenazándola a punta de pistola y de cuchillo. Durante todo ese tiempo le intentaban obligar a pronunciar la Shahada («No hay más dios que el Dios, Mahoma es el mensajero del Dios»), oración que convierte a una persona al islam. Se negó, rezaba con los dedos el rosario. En ningún momento pensó hacerse musulmana. Las razones que dan son radicales: «Jesús me ha hecho, Jesús me ha salvado, yo quiero a Jesús» y basta. Mártir en vida, Rebeca se quedó embarazada tras los abusos del terrorista que le habían asignado como «marido». A su hijo le pusieron por nombre Ibrahim.

Un ataque del ejército le dio la oportunidad de escapar con Zacarias y con su hijo Ibrahim. Al llegar a su casa le cambió el nombre a Ibrahim, le puso Cris. En ningún momento se le ocurrió rechazarlo. Es su hijo. Y su marido ha aceptado criarlo como suyo. Rebeca lo tiene muy claro: ni se le pasa por la cabeza considerarse culpable de lo sucedido. No es tan fácil, algunas víctimas, atrapadas por el mal sufrido, creen ser las responsables. Rebeca, aunque su marido la ha aceptado sin pestañear, no lo ha tenido fácil después de haberse escapado. Señala a Cris diciendo que es el hijo de Boko Haram y eso le hace recordar con dolor todo lo vivido. Oye disparos y se paraliza por el miedo. Ha visto demasiado sangre. Pero con Dios no está enfadada. No se le ocurre culparle de lo ocurrido. «Jesús me ha hecho, Jesús me ha salvado, yo quiero a Jesús». Salgo de la casa de Rebeca cuando se pone el sol, es la hora de romper el ayuno del ramadán.

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