DESDE NIGERIA - III

En tierras de Boko Haram: el presente, solo el presente

Mundo · Fernando De Haro
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12 marzo 2026
En el campo de desplazados de Wassa, en el centro de Nigeria, viven desde hace diez años mujeres que huyeron de los ataques de Boko Haram. Tierra reseca, chabolas, niños que cantan. ¿Para qué les sirve la fe a estas mujeres?

Glory Mary no solía llegar nunca tarde. Pero esta vez se ha retrasado media hora. Poca cosa para los nigerian times. Glory Mary es alta, muy delgada, no sabría decir qué edad tiene. No sabía decirlo hace once años cuando la conocí en mi primer viaje a Nigeria ni ahora que nos hemos reencontrado. Viste con una elegancia vistosa, por ejemplo con un traje naranja fosforito de encaje. Habla a veces como si estuviera enfadada pero es solo por la pasión con la que vive. Glory Mary se pone el mundo por montera, habla con todo el mundo, a todo el mundo le dice la palabra necesaria para hacer lo que ella considera conveniente. Si a Glory Mary la descubriera alguna gran multinacional la convertiría en CEO o en asistente del CEO.

A Glory Mary la conocí hace once años porque trabajaba como voluntaria en un campo de desplazados y me ayudó a visitar uno. Glory Mary estudió marketing y comunicación y ahora trabaja en la televisión de la diócesis de Abuja, que está en la cuarta planta de un colegio católico. Había quedado con su director, el padre Patrick Alumuku, y me di de bruces con ella. La reconocí yo antes de que me reconociera ella, pero los dos nos sobresaltamos de alegría por un encuentro que ya habíamos pospuesto para la otra vida. Me enseñó todas las instalaciones de la televisión y luego me riñó porque no le había contestado en Facebook. Glory Mary me presentó a uno de sus compañeros que acaba de llegar de Yelwata, un pequeño pueblo que alberga un campo de desplazados en el centro del país, en el estado de Benue. El nombre de Yelwata está asociado al ataque del pasado mes de junio en el que murieron casi 200 personas, cristianos que habían sido acogidos en una misión católica. Desde hace quince años los ataques contra cristianos están concentrados fundamentalmente en el norte del país, pero desde hace un tiempo se han trasladado también al conocido como Middle Belt. Hay quien asegura que estos ataques no son una auténtica persecución religiosa, sino un choque étnico. Glory Mary no opina sobre el asunto, pero su jefe, el padre Patrick, se sintió ofendido cuando le planteé la hipótesis del conflicto étnico.

Glory Mary me ofreció su ayuda para visitar el campo de desplazados de Wassa porque sabe que estoy buscando el testimonio de mujeres secuestradas por Boko Haram.

A la mañana siguiente Glory Mary llega tarde, enfundada en su traje de encaje naranja. Son las siete y media de la mañana y ya hace mucho calor. Se sube al coche y empieza a hacer llamadas. No conoce a nadie en el campo pero enseguida se hace con el teléfono del párroco de la zona. Cuando no habla por teléfono se maquilla con esmero utilizando un espejo rosa. Atravesamos varios poblados de chabolas donde hierve la vida. Y llegamos a Wassa, que está en medio de la nada, en una zona despoblada, con la tierra reseca y saturada de plásticos. Se escucha a unos niños que cantan. Wassa tiene ya diez años y se han construido dos escuelas precarias donde los más pequeños, sobre todo, cantan.

Escucho durante un par de horas a Murna, Rejoice y Gloria, tres mujeres que han sufrido muy de cerca los ataques de Boko Haram y que abandonaron sus pueblos hace tiempo para vivir en casas que son chabolas. Rejoice, apenas una niña de mirada esquiva, se echa a llorar cuando me cuentan cómo mataron a su padre. Murna habla del miedo al secuestro. Gloria, de la huida. «Nos atacan porque somos cristianos, porque nos consideran infieles», me explica. El padre Stephen Meseda, un hombre menudo y jovial, traduce del hausa sin descanso. Cuando acabamos le pregunto: «¿Para qué les sirve la fe a estas mujeres?». Me contesta de forma sencilla y contundente: «Les sirve para vivir en el presente; si no tuvieran fe, el pasado las habría devorado». Glory Mary pide una silla porque se ha mareado. Dice que no ha desayunado. No ha desayunado, ni seguramente tampoco ha cenado.

Terminamos cantando y bailando, todos, también el periodista. Las mujeres de Wassa ahuyentan los fantasmas del pasado en cuanto entonan un himno. Glory Mary, en el baile, es de las más animadas.

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