En tierra de Boko Haram: en busca de una crónica imposible

«A usted le gusta la gente de Nigeria y sus paisajes y por eso viene a hacer fotos ¿verdad?», me ha dicho la policía de aduanas que me ha hecho abrir las maletas en las que había dos cámaras profesionales de video, varios trípodes y otro material. «Sí» -le he contestado con contundencia-. «Estoy aquí para hacer turismo, este es un gran país», he añadido. El aeropuerto de Abuja, la capital, estaba desierto. Vuelvo a Nigeria once años después. En 2015 estuve rodando un documental. Hay cosas que no cambian. El conductor que había contratado no se presenta. Tengo que tomar otro taxi después de cerciorarme que efectivamente tiene licencia.
En el avión, junto a mi asiento, viajaban los jóvenes nigerianos Natania y Natanie, dos hermanos mellizos de dos meses atendidos por su madre y su abuela. Su madre les había enfundado las manos en guantes de lana porque tenía miedo de que pasaran frío. Natania y Natanie son mofletudos y se crían bien. Han hecho el vuelo tranquilos. Solo se han despertado cada dos horas con potentes berridos para reclamar un biberón que despachaban en pocos minutos. Después volvían a un estado beatífico. Cuando Natania y Natanie cumplan 25 años, Nigeria será el tercer país más poblado del mundo. Ya es un gigante: en este momento cuenta con 230 millones de habitantes, la mitad tiene menos de 20 años y un 40% está en el paro.
Desde mi primer viaje, la democracia, con sus más y sus menos, se ha mantenido estable. Mohammed Buhari, que en 2015 acababa de ser reelegido, cedió sin resistirse el poder, algo que no se podía dar por descontado. Ahora gobierna Bola Tinubu, también musulmán como Buhari. Tinubu es apoyado por los nigerianos que vivieron la dictadura de los años 90 y rechazado por los jóvenes que quieren más cambios. Nigeria es un país dividido entre jóvenes y viejos y es un país que sigue como lo dejaron los ingleses: dividido entre el norte musulmán y el sur cristiano, entre el oeste y el este donde la mayoría de la población es de la etnia igbo. Muchos igbo, cristianos, siguen soñando con una independencia como la que provocó la famosa Guerra de Biafra (un millón de muertos).
Nuestro taxi enfila ya las grandes avenidas de Abuja. La capital es una ciudad sin alma. No tiene centro histórico y fue construida en el centro del país en los años 70 del pasado siglo. Se decidió entonces que Lagos, en el sur, no podía ser el gran centro administrativo. En 2015 participé en algunas de las manifestaciones que se organizaban en una de las grandes avenidas que ahora recorro para reclamar la liberación de las niñas de Chibok. Todas las tardes junto al Unity Fountain, un modesto monumento dedicado a la unidad de las naciones, se reunía un grupo de personas para exigir la puesta en libertad de 276 niñas secuestradas en una escuela del Estado de Borno. Aquel movimiento, conocido como Bring Back Our Girls consiguió un gran apoyo internacional. La intervención del ejército permitió rescatar a algunas de ellas. Pero once años después, de esas niñas cristianas secuestradas por el grupo yihadista Boko Haram, todavía hay más de 80 que no han vuelto a sus casas. Como muchas otras niñas, las niñas de Chibok fueron obligadas a convertirse, a ser esclavas sexuales, a casarse con maridos que no habían escogido.
Nigeria es uno de los países más peligrosos del mundo para los cristianos. Las cosas han empeorado desde mi primera visita. Entonces los asesinatos, secuestros, quema de iglesias, se producían, sobre todo, en los estados del norte. Ahora los ataques se han extendido hasta el corazón central del país. En esa región no los protagonizan yihadistas sino miembros de la etnia fulani. Desde que Trump decidiera hace unas semanas llevar a cabo un bombardeo absolutamente inútil para, según su administración, defender a los cristianos de Nigeria de un genocidio, se ha vuelto a discutir intensamente si lo que sucede en este país es una persecución religiosa o un enfrentamiento étnico. La palabra genocidio de la que tanto se abusa, tiene, según el derecho internacional una definición muy precisa (incluye la pretensión de acabar con un grupo de población). Más que discutir si técnicamente estamos ante un genocidio es evidente que se dan dos cosas: hay muertes provocadas por razones religiosas y otras por los conflictos entre diferentes grupos sociales, sobre todo pastores y agricultores.
En cualquier caso los datos son contundentes: desde hace ya varios años cada doce meses son asesinados por su fe entre 3.000 y 5.000 personas y 3.000 son secuestradas. Esos, los secuestrados, las cristianas secuestradas por el yihadismo son las que he venido a buscar. A pesar de los intentos de erradicar a Boko Haram y a una de sus escisiones (el ISWAP, el Estado Islámico de África Occidental) hay zonas del noreste del país en las que estas organizaciones tienen mucha fuerza, los yihadistas siguen asesinando, secuestrando y destruyendo. Uno de los estados más golpeados es el de Borno que es al que me dirijo. Se encuentra muy cerca del lago Chad. Hace once años intenté llegar hasta su capital Maiduguri pero no pude hacerlo porque el viaje por carretera no era seguro. La capital sí es segura, los pueblos no. Antes de subirme al avión leía en un despacho de una agencia de noticias que en uno de esos pueblos habían sido secuestradas por los yihadistas 100 personas.
Vengo en busca de las mujeres que han estado en manos de los yihadistas, para contar cómo fueron secuestradas, cómo han vivido bajo Boko Haram, cómo están rehaciendo sus vidas, cómo les ayuda su fe a reconstruir, rehacer lo que fue despedazado. Vengo, sobre todo, en busca de la crónica de un imposible.

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