En México, la UNAM en el vórtice

Mundo · Diego I. Rosales Meana (Centro de Investigación Social Avanzada, México)
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29 abril 2013
Pareceque en Latinoamérica amamos la insurrección. Ya decía Martín Luis Guzmán queMéxico es "la fiesta de las balas". Y es que el pasado viernes 19 de abril, unpequeño grupo de personas (alrededor de 20), escondido su rostro bajo unacapucha y armados de palos y palas, penetraron con violencia en la torre derectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por el momentono hay ningún cierre administrativo, ni paro laboral, ni ningún tipo de huelga.Pero hay violencia y la tensión es creciente.

Noestamos faltos -y México por supuesto no es la excepción-, de historias en lasque el poder del Estado ejerce una violencia desmesurada o injustificada haciaalgún grupo de personas. Lamentablemente, el exceso y la desmesura han acaecidoen muchísimas ocasiones y demasiadas personas han visto el terror por el abusode la fuerza del estado. Sin embargo, el Estado tampoco puede claudicar en laaplicación de la justicia, pues en tal caso se convertiría en una cosa fallida.

El gesto, violento, de quienes tomaronrectoría, tiene su origen en lo sucedido hace un par de meses en uno de losColegios de Ciencias y Humanidades (lo equivalente al bachillerato) quedependen de la UNAM. Un grupo de estudiantes y de profesores "tomó" las instalacionesdel CCH y, a raíz del conflicto generado, fueron expulsados. Su intención era,al parecer, protestar en contra de una reforma educativa que tal CCH se planteapara su renovación pedagógica.

Quienes ahora ocupan el edificio derectoría en la UNAM han construido algunas barricadas y su pliego petitoriocontiene tres puntos fundamentales: 1. que no haya represalias por haber tomadorectoría, 2. que las autoridades desistan sobre las demandas ante el MinisterioPúblico y 3. la reinstalación de los expulsados del CCH.

El diálogo se convierte en unaimperiosa necesidad. Las autoridades de la UNAM deben atender inmediatamente ala escucha de las peticiones e intentar negociar. Está claro, también, quedebemos temer la violencia por parte del gobierno. El antecedente más inmediatoes el de 2006 en Atenco, en el que el presidente Enrique Peña Nieto, en eseentonces gobernador del Estado de México, utilizó la violencia de maneradesmesurada para controlar y someter a unos manifestantes que se oponían a laexpropiación de sus tierras para la construcción de un aeropuerto. El PRI no seha caracterizado precisamente por la vía pacífica en la resolución deconflictos. Tampoco por la vía honesta. Pero cabe preguntar ¿porqué considerarque echarlos es una salida represiva e injusta? ¿Es que, acaso, estos hombres ymujeres tienen derecho alguno a romper los vidrios y entrar de manera violentaal edificio de rectoría? ¿Hasta dónde debe la justicia permitir tal agravio sinque la ilegalidad sea lo que reine?

La UNAM debe ser ejemplo de diálogo yde prácticas democráticas, y debe cuidar que sus actos no provoquen ulterioresgestos de violencia. Pero tampoco puede soltar la mano y dejar que unosindividuos que no tienen respeto alguno por el bien común y por la instituciónuniversitaria hagan con la universidad lo que les plazca.

Si aquéllos que tomaron el edificiotuvieron un primer acercamiento en busca del diálogo y su petición no fueatendida, es algo que está por verse y, en caso de ser verdad, deben seguirseotros medios de negociación. De cualquier manera, nada justifica la entradaviolenta en el edificio. Las autoridades deben echarles de inmediato y nopermitir que tal acto vandálico salga de toda proporción.

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