En medio del frío, algo vuelve a empezar

Mundo · Federico Pichetto
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7 marzo 2018
El frío y la nieve que estos días ha envuelto de norte a sur las ciudades europeas también nos hacen caer en la cuenta de que nuestra vida atraviesa un periodo de confusión, litigios, conflictos, tristezas y resentimientos. En la aclamada serie televisiva “Juego de tronos”, la llegada de la nieve es sinónimo de la llegada del invierno, una estación en que los monstruos más oscuros que habitan el continente cruzan la barrera de protección que la sociedad ha levantado y se extienden por todas partes. En las calles, en las familias, en el trabajo y entre los amigos de siempre se abren paso los monstruos del egoísmo, la corrupción, el fanatismo y la ideología. Todo parece destinado a corromperse y morir bajo esta nieve que endurece y enfría cualquier entusiasmo, generosidad e ideal.

El frío y la nieve que estos días ha envuelto de norte a sur las ciudades europeas también nos hacen caer en la cuenta de que nuestra vida atraviesa un periodo de confusión, litigios, conflictos, tristezas y resentimientos. En la aclamada serie televisiva “Juego de tronos”, la llegada de la nieve es sinónimo de la llegada del invierno, una estación en que los monstruos más oscuros que habitan el continente cruzan la barrera de protección que la sociedad ha levantado y se extienden por todas partes. En las calles, en las familias, en el trabajo y entre los amigos de siempre se abren paso los monstruos del egoísmo, la corrupción, el fanatismo y la ideología. Todo parece destinado a corromperse y morir bajo esta nieve que endurece y enfría cualquier entusiasmo, generosidad e ideal.

La víctima de esta larga estación de luchas fratricidas y de la incapacidad de vivir bajo el mismo techo es la esperanza. Uno se convierte poco a poco en enemigo del otro y de sí mismo. En la propia familia, en el barrio, en la empresa, en la universidad, en la comunidad.

Aumentan así la rabia, la desesperación, la soledad y la necesidad de reivindicar una cierta justicia que nos dé la razón. Pero todo esto empezó por un deseo de bien, en la política o en el amor, para el futuro y para la historia. Ese deseo nos llevó a condenar ciertas cosas mientras otras que convertían en auténticas certezas. Luego el deseo derivó en ansia: de dinero, de placer, de verdad, a veces de comida y posesión. Un ansia que puso de manifiesto nuestros miedos más profundos, nuestros monstruos. Nos daba miedo que alguien pudiera arrancarnos esa experiencia de bien que habíamos recibido como un inicio prometedor para nuestra historia y nuestra realidad, y empezamos a no entender nada, a caer en la queja por las cosas que cambian y el tiempo que pasa.

Lo que vemos ahora, paralizado por esta ola de frío, es resultado de una larga noche que empezó el día que dejamos de entender que el bien y la belleza que teníamos nos habían sido donados gratuitamente, no eran el fruto de ninguna capacidad nuestra. De modo que nadie puede imaginar la forma de despertar de esta aridez y amargura. Pero en esta confusión aparentemente sin vía de salida hay en cambio un detalle que a menudo se nos escapa. A lo largo de esta extraña estación, cada día aumentan los minutos de luz y con ellos el tiempo de calor, ese tiempo en que la nieve está destinada a deshacerse. Ese puñado de minutos insignificantes que pueden cambiarlo todo a veces toma la forma de la llamada de un amigo, del quedar impactado por algo bello o herido por una conciencia latente que de pronto se hace evidente, como las palabras inesperadas de un compañero o por esa extraña luz que, de manera imprevista, brilla un día en el rostro de la mujer amada que lleva a tu lado toda la vida.

La verdad es que bajo esta tormenta de nieve algo vuelve a empezar. Algo pequeño, imperceptible, tal vez ni siquiera digno de mención, pero entregado totalmente a nuestra libertad. En la política o en casa, en la universidad o en el dolor, algo se mueve, algo vuelve a empezar. Algo que de pronto reverdece y que, para dilatarse, solo necesita la disponibilidad de nuestro sí. Bien pensado, esta nieve que ha caído en los últimos días es paradójicamente la profecía de que el verano volverá, que hay otro que actúa y que todo de hecho está volviendo ya a empezar. Como la paloma enviada desde el arca de Noé al término del diluvio, así también nosotros necesitamos la sencillez de volar, de aceptar la invitación que nos hace la realidad, poniendo a prueba y verificando si es verdad que algo está empezando, que lo que existe aún no está aquí completamente, que es más que lo que vemos ahora.

Igual que en las antiguas profecías hubo un niño que nació por nosotros, hoy otra vida se abre paso. Y solo los hombres sencillos y heridos son capaces de percibir, bajo la costra de este invierno, el primer brote furtivo que dentro de no mucho tiempo todos podremos empezar a llamar primavera, o pascua de resurrección. Y todo sucederá bajo este mismo cielo, gratuitamente, libremente.

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