En medio de la ciudad

España · José Luis Restán
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29 marzo 2011
Son tiempos hoscos para la libertad religiosa y todavía domina la cultura hija del 68, con sus experimentos de ingeniería social y su pretensión de arrumbar al cristianismo al desván de la historia. Lo dijo claramente Benedicto XVI en su reciente viaje a España: en esta Europa de las luces ha prendido la idea de que Dios es enemigo del hombre y de su libertad. Por eso la reacción dialéctica, la trinchera, es una tentación comprensible, pero que conduce a la amargura y la esterilidad. El Papa ha marcado una ruta clara para esta estación histórica: acompañar al hombre en su búsqueda dramática de la plenitud de su vida. Mostrar, a través de obras visibles, cómo la fe sale al encuentro de las preguntas y deseos del hombre, y los responde. Ahí se enclava, cordial y apasionadamente, el Encuentromadrid 2011.  

Desde sus orígenes, esta experiencia singular nacida del carisma de Comunión y Liberación ha buscado vivir la fe al aire libre. En nuestra sociedad sobran las trincheras y los reproches mutuos, y faltan espacios donde cada sujeto personal y comunitario pueda narrar su propia experiencia en diálogo con los que son diferentes. No basta apretar los puños y decir "aquí estamos, somos fuertes". Hace falta verificar la experiencia humana (razón y libertad) que nace de la fe, poniéndola a merced de las preguntas y las necesidades de todos. Por eso el Encuentromadrid ha querido siempre abrir su tienda en medio de la ciudad, para que todos puedan ver, oír y tocar la humanidad que se va gestando en esta aventura.

El lema de este año 2011, "Inteligencia de la fe, inteligencia de la realidad", retoma una afirmación de Benedicto XVI según la cual "la contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación". Esto es lo que se pretende verificar en campos tan diversos como la cooperación al desarrollo, la crisis económica, la medicina, el debate universitario, la investigación científica o la literatura.

La propia fisonomía del Encuentromadrid evita quedar atrapados en la mera discusión intelectual. La dinámica de estos días es vibrante y rica en oportunidades: exposiciones (sobre el itinerario humano de J.H. Newman y sobre los inicios de la ciencia medieval), conciertos, un amplio muestrario de empresas y obras sociales, testimonios, mesas redondas y un espacio siempre abierto para la convivencia.

Como decía el Papa en Barcelona, hace falta levantar en medio de nuestra ciudad secularizada una obra bella en la que se vea superada "la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana". Con toda su contingencia (¡se monta y desmonta en cinco días, a hombros de cientos de voluntarios!) Encuentromadrid intenta ser una obra así. Pretende ser un espacio donde hombres y mujeres de distintas identidades puedan reconocerse compañeros y amigos en la aventura de encontrar las respuestas que anhela el corazón humano. Y éste es un desafío para todos. Para los cristianos, que cada nuevo día debemos volver a experimentar cómo la fe despierta y lanza nuestra humanidad a implicarse en cada circunstancia, alegre o dolorosa. Y para quienes están en busca, porque tienen la oportunidad de medir sus preguntas con una propuesta muy diferente a los estereotipos que presentan los grandes medios de comunicación.

Los grandes protagonistas de un evento como éste no son sólo ni principalmente los invitados ilustres de las mesas redondas y conferencias. Nombres como el político inglés Phillip Blond (asesor del premier Cameron) o la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid Lucía Figar; como el profesor de Oxford Stratford Caldecott, el filósofo  Massimo Borghesi, el escritor Jiménez Lozano, el científico César Nombela o la catedrática de Derecho Constitucional Marta Cartabia. Ellos y otros muchos conforman un programa culturalmente muy atractivo, pero que sólo encuentra su razón de ser dentro de un tejido vital de relaciones en el que los protagonistas son las familias, los emprendedores, jóvenes universitarios y maestros, niños y abuelos… y un sinfín de amigos que se acercan a la Casa de Campo por curiosidad y deseo.

El verdadero diálogo con la modernidad que Benedicto XVI persigue tenazmente, y para el que ha señalado a España como territorio privilegiado, comienza cuando gentes de cualquier procedencia se topan con obras como ésta, en las que la fe muestra su capacidad de abrazar todo lo humano.  

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