En lo más pequeño está lo divino

Cultura · Pierluigi Banna
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26 mayo 2022
El papa Francisco ha reconocido a Hugo Rahner (1900-1968) como uno de los maestros que desde su juventud le permitieron identificarse con el carisma ignaciano. Así lo narraba recientemente Santiago Madrigal en un artículo publicado en La Civiltà Cattolica.

Para evitar equívocos, se trata del Rahner hermano del famoso teólogo Karl. Hugo Rahner, experto en patrística y autor del libro Mitos griegos en interpretación cristiana. También fue proyectos y rector en la universidad de Innsbruck, gran conocedor del pensamiento político de los primeros cristianos. Que nadie se confunda. De su mano proceden libros dedicados a la devoción al Sagrado Corazón, a María y a la figura de Ignacio de Loyola. A esta última se debe la formación espiritual del pontífice siguiendo las huellas de san Ignacio.

Los diversos ámbitos de su producción literaria reflejan sus múltiples intereses y especialmente su convicción en la búsqueda continua del nexo entre investigación y existencia, teología y espiritualidad. Escribe al comienzo de su obra más teorética, Una teología del anuncio. Doce lecciones sobre teología kerigmática, que “el dogma debe resumir ante todo, en primer lugar para nosotros mismos, para nuestra vida interior, para nuestra meditación sacerdotal, esa plenitud y esplendor sin los cuales nunca seríamos capaces de predicar de manera adecuada”. La clave sintética de este vínculo entre reflexión sistemática y experiencia de fe del jesuita alemán podría indicarse –como sugiere Madrigal– a partir de un pasaje del anónimo Elogiuni sepulcrale S. Ignatii, que dice «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est», que Bergoglio ha citado y traducido en varias ocasiones: “Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño”.

Hugo participará de 1940 a 1948 en los Coloquios de Eranos que se celebraban en la ciudad italiana de Ascona con otros expertos de historia de las religiones procedentes no solo del mundo cristiano. Entre ellos estaban Carl Gustav Jung, Mircea Eliade, Rudolf Otto o Ernesto Buonaiuti. Durante esos años pudo estudiar en profundidad la relación del cristianismo primitivo con las imágenes y símbolos de la mitología griega.

De su última intervención en Ascona nació, por ejemplo, Homo ludens, una reflexión sobre el juego en Dios, en el ser humano y en la Iglesia. También tuvo mucha repercusión su trabajo sobre la simbología patrística sobre la descripción de la Iglesia como luna que refleja la luz del sol que es Cristo. El plenilunio y el novilunio indicarían así los dos riesgos opuestos para la Iglesia. Por un lado, la Iglesia podría desaparecer en el novilunio de una “espiritualización disolvente de toda carne”. Por el contrario, el plenilunio de la Iglesia acabaría oscureciendo la luz de Cristo según el típico “optimismo superficial de la civilización eclesiástica”. Hay que modular la tensión entre ambos extremos, concluye Rahner: “Nunca podremos abrazar el Espíritu, el elemento místico, lo invisible de la Iglesia, sin amarla en la carne”.

Estas reflexiones, que recuerdan mucho a las de otro de los teólogos preferidos del Papa, Romano Guardini, y su “oposición polar”, parecen manar del citado principio ignaciano. De hecho, se podría afirmar que el misterio divino decide dejarse reflejar por la luz lunar de lo que es pequeño y humilde dentro de la Iglesia (como un pedazo de pan o el rostro de un pecador como Pedro). Al mismo tiempo, lo divino no se deja oscurecer por el resplandor del plenilunio de “instituciones, formas y leyes” eclesiásticas.

Rahner subrayó que el cristianismo no es “una religión de la palabra, es decir, una religión puramente ultramundana y por tanto no humana”. El cristianismo se expresa a través de lo pequeño, lo cotidiano (la palabra, el pan, el vino, el agua) porque la gracia se esconde en el símbolo sacramental. Pero, al mismo tiempo, el misterio cristiano se diferencia de los misterios paganos porque no es tanto un fruto de sabiduría, purificación y liberación humanas, sino que representa el drama de la verdad que por gracia irrumpe en la historia de personas concretas, perdonando sus pecados e infundiendo en ellos la fuerza del Espíritu. Una vez más, Dios no se deja constreñir por una especie de grandeza ligada a la sabiduría humana. Dios no está obligado por lo que es más grande, pues él es siempre mayor, “derriba a los poderosos de su trono y enaltece a los humildes” que se dejan llevar por sus palabras y sus gestos.

La Iglesia y el cristiano, en el fondo, son como María –otro gran tema de Hugo Rahner–, llamados a ser seno materno para la vida de Cristo. El Verbo acepta ser contenido en la pequeñez del seno de la Virgen de Nazaret. “Igual que María acogió un día al Logos mediante la palabra de la fe, ahora también la Iglesia, y el alma mediante ella, debe convertirse, a semejanza de María, en portadora del Logo, debe dar a luz en su corazón al Logos”.

Lo inmensamente pequeño es más interesante para Dios que la potencia de quien se cree grande. Este es el vuelco de la lógica propia del poder mundano, que en cambio pretende valerse de la libertad del más pequeño en nombre de una razón superior. La potencia de Dios, sin embargo, se revela en su capacidad para abatir a los presuntos poderosos de este mundo para poner en el centro su invitación a la libertad de cada persona, su invitación a acoger al Verbo para que se haga carne, haciendo al hombre miembro de su Cuerpo místico en la Iglesia. En este sentido se comprenden las investigaciones de Rahner sobre la libertad religiosa de la Iglesia antigua, que llevó a cabo cuando se vio obligado por los nazis a dejar Innsbruck y trasladarse a Sion, en Suiza (1938- 1945). Los primeros mártires reconocían sin duda la irreductibilidad de la fe a algo puramente terreno, no se dejaban llevar por lo que parecía más grande, porque la política cristiana está anclada al cielo. Pero al mismo tiempo, conseguían permanecer en lo pequeño, tratando de ser ciudadanos ejemplares, llamados a sostener y a rezar por sus gobernantes, pues todo poder procede en último término de las manos de Dios. En esta postura resuena la relación entre el rechazo de la sumisión a los poderosos por parte de los que se creen grandes y el servicio ejemplar en la pequeñez de la vida social cotidiana.

En estos tiempos de guerra, adquieren un nuevo sabor las palabras de un ensayo de 1959: “La historia es siempre coacción, mientras que la persona es siempre libertad. De la coacción y de la libertad brota la salvación”. Dios construye la salvación llamando a la puerta del corazón de cada uno, igual que hizo con María. “Las misteriosas conversiones de Pablo, Agustín o Ignacio también contribuyeron a preparar la historia mundial para nuevas rutas. La dulce sencillez del pobrecillo de Asís hizo mucho más que todas las iniciativas políticas de los Papas y emperadores del Medievo”. Solo Dios sabe cómo el sí humilde y cotidiano de cada uno puede ser el fermento de una nueva vía de paz en este mundo en guerra.

Artículo publicado en L’Osservatore Romano

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