Entrevista al padre Toto

´En la Villa, la fe transforma la realidad´

Mundo · F.H.
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8 junio 2020
La Villa 21-24, situada junto al río Matanza Riachuelo, en Buenos Aires, sufre desde hace más de 25 años la pobreza, el consumo de drogas, el hacinamiento, la violencia, la falta de higiene y suministros de agua y luz. El padre Toto, Lorenzo de Vedia, uno de los curas villeros que tanto gustan a Francisco, nos cuenta cómo afronta el desafío del Covid.

La Villa 21-24, situada junto al río Matanza Riachuelo, en Buenos Aires, sufre desde hace más de 25 años la pobreza, el consumo de drogas, el hacinamiento, la violencia, la falta de higiene y suministros de agua y luz. El padre Toto, Lorenzo de Vedia, uno de los curas villeros que tanto gustan a Francisco, nos cuenta cómo afronta el desafío del Covid.

¿Cómo está afectando el Covid a la Villa 21?

La vida en la Villa tiene podríamos decir distintas dimensiones. Una, la que no se ve en los medios ni en la opinión pública, la que no trasciende, y esa villa la percibimos los que vivimos acá. Los curas vivimos en la villa y tenemos una percepción que no alcanzan a poder tener los que la miran desde lejos. Entonces, me surge recalcar y resaltar un montón de valores que se viven en la villa, como la solidaridad natural, la interacción entre los vecinos que ahora se han visto con el COVID. El vecino de la Villa, sí o sí, tiene que interactuar con el vecino, a diferencia de gente de otros sectores sociales. Por ejemplo, para sacar el agua, para el tema de la luz, del agua, de lo que sea. No quiero dar una visión romántica; para lo bueno, para lo malo, se interactúa mucho entre los vecinos. También la madre es madre de sus hijos y de los del pasillo. Entonces, hay una capacidad de fiesta, un sentido de religiosidad muy profundo y una religiosidad muy ligada a la vida, no es una religiosidad que aliena o te saca de la realidad o te aísla de la gente, sino que al revés. Es una religiosidad que lleva a comprometerse con los hermanos y entonces, en ese sentido, en la Villa experimentamos que la fe es motor de transformación de la realidad.

Pero después de 25 años de precariedad de la villa, ¿cuál es la situación actual?

Se ha pasado de una época hace más de treinta años en que la sociedad ninguneaba a las villas, a la realidad actual en la que vemos que el Estado y la sociedad en general saben que existen las villas pero hoy por hoy esa presencia del Estado que antes no existía falta optimizarla y también mejorarla y fortalecerla. Celebramos la presencia del Estado en las villas, pero falta todavía que sea una presencia adecuada. Podríamos decir que ya no son villas de emergencia. Si bien está incompleta la urbanización. O sea, el habitante de la villa transformó un lugar que muchas veces fue un basurero, como buena parte de esta Villa 21, ese lugar abandonado por el Estado y por la sociedad, lo transformó en un lugar habitable, en un barrio afianzado, con un montón de instalaciones inconclusas, por ejemplo la integración socio-urbana, interacción con la ciudad más formal digamos, que falta, y en ese sentido los servicio y todo eso, precario. Yo diría que la situación actual se ha mejorado bastante en eso, el vecino es el primer urbanizador, pero después viene la intervención del Estado, que hoy por hoy está pero es insuficiente. El Estado en interlocución debería hacer un proyecto de reurbanización, así me gusta llamarlo, mejor dicho, a nosotros los curas de la Villa nos gusta más el término “integración urbana”. Pensamos que las villas tienen mucho que decirle a toda la ciudad y toda la ciudad tiene mucho que decir a la Villa. La Villa hoy en lo estructural tiene aún muchas cuestiones pendientes y en la parte social también falta mucho. Hoy por hoy hay mucha falta de trabajo. Hay una fuerte comunidad que se ocupa de lo que le pasa al vecino, pero hay también mucha violencia y droga, hay problemas que surgen de la droga, y eso es lo que hoy por hoy hay que destacar que falta.

¿Qué tipo de trabajo realizan en la Villa?

El trabajo que hacemos en la parroquia es una extensa tarea pastoral con fuertes resonancias sociales que se traducen en ocho comedores, doce capillas, grupo de hombres, grupo de misioneras, exploradores con campamentos. La mitad de la población de la villa aproximadamente son menores de 18 años, hay un fuerte acento en los chicos adolescentes y jóvenes. En ese sentido, trabajamos en la prevención y en la recuperación de aquellos que han caído en la droga. La prevención con exploradores, escuela de música, murga, apoyo escolar, jardín de infantes, primaria, secundaria, escuela de oficios, talleres, etc. En cuanto a la recuperación, tenemos un programa llamado Hogar de Cristo para acompañar a los chicos que consumen paco, que es la droga de los pobres. Después, tenemos también hogares de abuelos, comedores de abuelos, centro de día de abuelos, y en este tiempo toda esa actividad de la parroquia se reconfigura en estar al servicio de la gente por la pandemia.

¿Y la lucha contra la droga?

El desafío de la droga es grande porque nosotros trabajamos no solo en la prevención sino también en la recuperación, acompañando a los chicos con este programa del Hogar de Cristo. Nuestro lema es recibir la vida como viene, abrimos un centro barrial hace once años, antes hubo un montón de acciones pero con el centro barrial se empezó a generar toda una organización y una filosofía de abordaje, un modo de acompañar esta situación. Nosotros entendemos que el paco es la cara de la exclusión, es la manifestación de la exclusión en la que viven estos pibes que, siendo descartados de la sociedad, quedando afuera de la mesa de la vida, se refugian en el paco (pasta base de cocaína) y los acompañamos con todo un compromiso de un montón de gente. Hoy por hoy el Hogar de Cristo, que así se llama nuestro programa, empezó en la Villa 21 y empezó a abrir centros barriales en Bajo Flores, en Retiro, hoy hay unos doscientos centros barriales en todo el país.

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