En la puerta del baño

Mundo · Wael Farouq
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27 julio 2015
El joven estaba sentado, totalmente concentrado en intentar personalizar su nuevo dispositivo electrónico, un smartphone de nueva generación; y como era un chico religioso, entre los rasgos que mejor reflejaban su personalidad no podía faltar sin duda la descarga del sacrosanto Corán. Durante la descarga, noté un movimiento de vísceras, es movimiento familiar que siempre precede a una de las acciones más primitivas y, al mismo tiempo, más importantes del ser humano.

El joven estaba sentado, totalmente concentrado en intentar personalizar su nuevo dispositivo electrónico, un smartphone de nueva generación; y como era un chico religioso, entre los rasgos que mejor reflejaban su personalidad no podía faltar sin duda la descarga del sacrosanto Corán. Durante la descarga, noté un movimiento de vísceras, es movimiento familiar que siempre precede a una de las acciones más primitivas y, al mismo tiempo, más importantes del ser humano. El chaval esperó a que la descarga se completara, luego se dirigió al cuarto de baño, pero se detuvo a medio camino. ¿Podía entrar en el baño con el móvil, ahora que este contenía el sacrosanto Corán? ¿No sería una violación de la sacralidad del Libro Sagrado? Con dolor de vísceras e incertidumbre mental, el joven envió una pregunta a una de las muchas páginas para solicitar una fatwa que circulan por las redes sociales, para pedir a un sheykh virtual la emisión de una que le sacara del profundo abismo que se había abierto entre su teléfono móvil y sus entrañas.

Hasta hace cincuenta años –en sociedades donde los analfabetos eran más de tres cuartas partes de la población– la fatwa era una necesidad vital, pero la falta de tecnología imponía a estos analfabetos el tener que pensar y juzgar por sí mismos los asuntos de su vida cotidiana. El viaje a los centros urbanos costaba una fortuna y exigía mucho tiempo, por lo que cada persona, a la luz de las pocas informaciones que poseía, debía formular por sí mismo un juicio que satisficiera a su propia conciencia y por tanto a Dios.

Hoy, los modernos medios de comunicación ofrecen a todos la posibilidad de obtener una fatwa para el propio caso particular. En consecuencia, ya no hay que pensar, sopesar, argumentar. La modernidad ha puesto a nuestra disposición una tecnología que ha separado definitivamente a la religiosidad de la racionalidad. Gracias a la disposición de medios de comunicación modernos, Dios ha hecho posible obtener una fatwa en cualquier momento, en cualquier lugar y sobre cualquier tema, por personal y específico que pueda parecerle al solicitante. Eso contradice lo que el islam considera como una de sus peculiaridades más importantes, es decir, la ausencia de un clero intelectual, acompañada por un principio que dice: “Consulta tu corazón, incluso cuando la gente te dé su parecer”. Porque el corazón del ser humano es la autoridad última que juzga su acción.

Este chico, confuso en la puerta del baño, no carece de educación, ni de dinero, ni de inteligencia, pero es hijo de una cultura donde la victoria de la religión como ideología ha llevado a la destrucción de cualquier posibilidad de practicar una religiosidad creativa y provechosa para la persona; por otro lado, él vive según los dictados de un mundo occidental donde la derrota de la religión como ideología ha llevado a la exclusión de la religiosidad fuera de la vida pública, perdiendo así su función de generar un significado para la persona y la sociedad. La mayor derrota de la religión es su transformación en ideología, y no importa mucho si esta gana o pierde, su primera víctima será sin duda la persona.

El sheykh virtual respondió a la pregunta del joven, dubitativo entre el móvil y el cuarto de baño, con otra pregunta: “¿Has aprendido de memoria algo del sacrosanto Corán?”. “Claro”, respondió el chico sorprendido. En ese momento, el sheykh emitió su fatwa: no debía haber llevado al cuarto de baño ni su teléfono móvil ni su cabeza.

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