En el sábado del tiempo

Mundo · Guillermo Alfaro
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13 abril 2020
El viernes pasado el Papa presidió en la Plaza de San Pedro el Via Crucis. No es su sitio habitual, ya que tradicionalmente se celebra en el Coliseo Romano. Tradición, ritual, arquitectura e historia confluyen en la actualización periódica del camino de Jesús con la Cruz, una vía ascendente que es en realidad descenso a los infernos.

El viernes pasado el Papa presidió en la Plaza de San Pedro el Via Crucis. No es su sitio habitual, ya que tradicionalmente se celebra en el Coliseo Romano. Tradición, ritual, arquitectura e historia confluyen en la actualización periódica del camino de Jesús con la Cruz, una vía ascendente que es en realidad descenso a los infernos.

Doce personas en la comitiva, muchísimos metros cuadrados de pavimento a la vista, tal como lo soñó Bernini y luego Sorrentino, velas, fuentes, obelisco, los alzados desnudos, una cruz de madera dentro del abrazo mudo y hueco de la Conciliación. En el eje, un baldaquino, con un Papa solo con su asistente y un atril que iba y venía. Porque el ritual es vaivén.

La comitiva recorrió un círculo en ocho estaciones y una recta en las otras seis. Una llave.

El mundo sumido en el miedo y la angustia mira la televisión para acompañar el camino de la Cruz. Ha oscurecido. Y en la oscuridad, en la conciencia de nuestra vulnerabilidad radical colectiva empezamos a revolvernos sobre nosotros mismos. ¿Se podía saber? ¿Nos mata el gobierno con sus mentiras? ¿Aprovechan los advenedizos las muertes para pescar en río revuelto? ¿Natura nos manda un correctivo porque sobramos algunos? ¿Es una venganza de Dios? Frente a todas esas preguntas, el Papa nos pone delante a un Jesucristo que “en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado en su piedad filial. Y, aun siendo hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec” (Hb 5, 7 ss). Francisco no tiene miedo a presentar a este mundo magullado y angustiado los testimonios crudos de quien conoce la soledad y la condena, y está en contacto habitual con ella. No solicitó las meditaciones de un docto arzobispo de una diócesis lejana, sino que ha buscado la oración-grito de los detenidos, condenados, acusados y despojados. Gente que, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas presentan oraciones y súplicas al que puede salvarlos de la muerte.

Pero ¿por qué el autor de la carta a los Hebreos dice que Jesús fue escuchado, si no fue librado de la muerte? ¿Si, aun siendo hijo, tuvo que aprender a obedecer y ser llevado a la consumación? A mí me interesa entenderlo, porque el mal que sufre occidente y el mundo entero clama al cielo a gritos y con lágrimas de la misma manera.

¿Por qué digo que el Via Crucis es descenso y no ascenso? Porque es descenso a los infiernos, como profesamos en el Credo. Jesús muere por nosotros, pero no muere en sustitución de nosotros. El paradigma del superhéroe es el de aquel que hace lo que los demás no alcanzamos a hacer o no queremos encargarnos. Y sin embargo, Jesús desciende a los infiernos por la puerta de su Muerte para recorrer con nosotros cada uno de los caminos de la angustia y la desesperación.

El espacio paradójico que se abre entre las afirmaciones “suplicó al que podía librarlo de la muerte”, “siendo escuchado por su piedad filial” y “aprendió, sufriendo, a obedecer” y “llevado a la consumación” es más vasto y más extraño que el de la desierta plaza de San Pedro, y sin embargo, la hace vibrar con una intensidad y una verdad que Sorrentino ni ninguno de nosotros jamás alcanzaría a imaginar. Es el espacio de la relación misteriosa de un hijo y su padre, marcada por el amor y la libertad. Su carácter contraintuitivo no hace sino confirmar su veracidad y su humanidad.

Cristo recorre cada uno de nuestros caminos con nosotros para ampliar el espacio de esa relación, haciéndonos partícipes de ella con su abrazo. Es por ello que no se ahorra ninguna angustia, ni el Papa nos la disimula a nosotros. Cuando Job increpa a Dios sobre el sentido de su injusto sufrimiento, Dios responde mostrándose en toda su grandeza, abriendo el horizonte del sufriente e invitándole a una relación con él. Pero la respuesta de Dios no se queda ahí, puesto que para facilitar esta relación toma el rostro humano de Cristo, que a su vez toma los rostros de quienes conforman su Cuerpo, la Iglesia.

Tan crudo como un rostro que te mira y al que devolver la mirada. Tan potente como eso.

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