No existe peor mentira que una verdad

En el primer aniversario hondureño

Mundo · Luis Enrique Marius
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29 junio 2010
Difícilmente olvidé el 28 de junio de 2009. No tanto por ser mi aniversario de nacimiento, sino muy especialmente por los sucesos que debió sufrir un pueblo, para mí, muy sufrido y querido: el pueblo hondureño. Un pueblo que continúa soportando la epidemia de las medias verdades que, como afirma el dicho popular, terminan siendo las peores mentiras.

Cuando el presidente Zelaya comenzó a cambiar su discurso (no sus actitudes) copiando frases y gestos de su financista el presidente Hugo Chávez, me generó un natural rechazo, por conocer su historia (hijo del asesino de 14 dirigentes, 2 sacerdotes y 12 campesinos, en su Hacienda de Los Horcones en Olancho, en 1975; y conocido terrateniente y explotador).

El golpe de junio es otra verdad a medias. Es cierto que existió un golpe de Estado en Honduras, nadie puede negarlo si tenemos como referencia a la Constitución hondureña: se produjo en los primeros días de junio, cuando el presidente Zelaya decretó el proceso para su reelección. Todo lo dicho después del 28, dentro y fuera de la OEA, se contradice con los propios hechos, o nuevas verdades a medias que nadie quiere reconocer, como si detentar un cargo público nacional o internacional nos otorgase el beneficio y monopolio de la verdad.

Se denunció cómo la Fuerza Aérea incautó e intentó guardar las urnas de votación que llegaron de Venezuela, pero nadie dijo como un grupo ilegal armado invadió la Comandancia de la misma fuerza y sustrajo las urnas, por instrucciones del expresidentes Zelaya, para ese momento separado del cargo.

Que varios funcionarios de los Estados Unidos estaban de acuerdo con la sustitución de Zelaya es cierto. Pero también es cierto que otros varios estaban apoyando a Zelaya.  El presidente Obama continuó en la estrategia de las verdades a medias, pidiendo la restitución de Zelaya y (por detrás, por supuesto), apoyaba su sustitución.

Luego muchos nos alegramos y continuamos marcándolo como un hecho histórico, que el pueblo hondureño, más que elegir al presidente Lobo, demostró su contundente decisión por la democracia.

Lamentablemente, continuaron las medias verdades.

El presidente Lobo sabe muy bien que la historia de Honduras está plagada de manipulaciones, corruptelas y hasta violencia sangrienta a partir de la clase política, y siempre, todo termina con una amnistía, como si no hubiese pasado nada. Esta vez, más que nunca, el pueblo hondureño exigía justicia, exigía conocer la verdad.

La justicia en Honduras para el presidente Lobo también es una verdad a medias… por ello, el acuerdo de una amnistía generalizada, aun cuando las propias fuerzas armadas solicitaban un enjuiciamiento, especialmente porque tenían mucho que decir…y no pudieron hacerlo.

No es por azar que el arzobispo de Tegucigalpa, el cardenal Óscar Andrés Rodríguez, en la celebración de la Virgen de Suyapa, Patrona de Honduras, le dijo al presidente Lobo, al Gobierno y al cuerpo diplomático que "todos hablamos y queremos la reconciliación, pero jamás tendremos una reconciliación, mientras no compartamos la verdad". Dicho en otra forma, hay que terminar con las verdades a medias.

Es comprensible que el presidente Lobo se sienta presionado por el reconocimiento internacional. Es normal y hasta legal (aunque no necesariamente legítimo) que existan presiones. Pero hay que saber distinguir muy bien entre lo negociable, siempre sujeto a presiones, y lo que no es negociable y en consecuencia no puede ser aceptado bajo ninguna presión.  El presidente Lobo debe saber que si hay algo que no puede negociar es la voluntad inequívoca del pueblo hondureño, que no quiere someterse a intereses ajenos, ni está dispuesto a acompañar aventuras políticas con pensamientos trasnochados y fracasados, porque el dilema es muy claro y está entre la libertad y el despotismo o la sumisión, vengan de donde vengan.  Aún queda un largo trecho para que las aspiraciones del pueblo hondureño se plasmen en hechos concretos y coherentes, y para ello, se hace indispensable que la clase dirigente, especialmente la política, recupere la confianza la confianza popular, porque "democracia" no es un mero ejercicio electoral donde se elige el mal menor. 

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