En el fango de Idomeni

Mundo · Giuseppe Frangi
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10 marzo 2016
Idomeni es un pequeño pueblo fronterizo entre Grecia y Macedonia. Pero desde hace meses es un punto vital para para los que huyen de Oriente Medio. Punto vital, o más bien embudo. Macedonia ha cerrado sus fronteras, movilizando fuerzas policiales, cuerpos antidisturbios y coches patrulla blindados. Por esta frontera pueden pasar unas pocas decenas de personas al día y, para no perder su puesto en la fila, muchas personas permanecen allí varios días. El problema es que en Idomeni es inverno. La noche del martes un chaparrón convirtió la zona en un pantano. “Idomeni se hunde en el fango. Miles de niños y niñas se pasan los días entre barro, fango, lluvia y frío, en refugios improvisados con altísimo riesgo de contraer enfermedades y morir. Ya no hay palabras para definir esta situación”, afirma Andrea Iacomini, portavoz de Unicef Italia.

Idomeni es un pequeño pueblo fronterizo entre Grecia y Macedonia. Pero desde hace meses es un punto vital para para los que huyen de Oriente Medio. Punto vital, o más bien embudo. Macedonia ha cerrado sus fronteras, movilizando fuerzas policiales, cuerpos antidisturbios y coches patrulla blindados. Por esta frontera pueden pasar unas pocas decenas de personas al día y, para no perder su puesto en la fila, muchas personas permanecen allí varios días. El problema es que en Idomeni es inverno. La noche del martes un chaparrón convirtió la zona en un pantano. “Idomeni se hunde en el fango. Miles de niños y niñas se pasan los días entre barro, fango, lluvia y frío, en refugios improvisados con altísimo riesgo de contraer enfermedades y morir. Ya no hay palabras para definir esta situación”, afirma Andrea Iacomini, portavoz de Unicef Italia.

En total son casi 13.000 personas aferradas a la esperanza de poder continuar su ruta, que les hizo partir de Siria, Iraq, y dejar los ya insostenibles campos turcos. Trece mil abandonados a sí mismos. Solo les socorren las siglas habituales, en concreto Cáritas y Médicos Sin Fronteras. Las imágenes que llegan de Idomeni nos muestran decenas de voluntarios que organizan esta rutina desesperada. Lo hacen de su bolsillo y con sus fuerzas. MSF, por ejemplo, se ha hecho cargo del coste de la gestión de 13.000 platos por tres turnos diarios, además de los cientos de mantas y tiendas. La organización también ha alquilado tres parcelas de terreno cerca del paso aduanero macedonio para poder montar los campos.

Solo hay un gran ausente en Idomeni: Europa. Se ven voluntarios y trabajadores con petos de muchas siglas distintas, incluidas obviamente las dos citadas, pero no se ve a nadie con el símbolo de Europa. Es una ausencia simbólica que no pasa desapercibida y que pesa como una piedra. Una ausencia que, vista desde este lado, el nuestro, da testimonio irrefutable de un sujeto que no está.

Europa, físicamente, concretamente, no está, no existe, en un momento en que en su propio suelo (porque aunque se finja que no es así, Idomeni es Europa) se están produciendo situaciones de este tipo y nadie toma conciencia de la necesidad, o mejor dicho de la obligación de, como mínimo, organizar y garantizar intervenciones humanitarias. En cambio, como si no pasara nada, se acepta que en Idomeni haya 13.000 personas, entre ellas muchísimos niños, viviendo en el frío y el fango, sin saber cuánto tiempo tendrán que esperar para continuar su camino.

Porque si hay algo seguro es que estas personas seguirán adelante, como todos los que los han precedido. Nadie vuelve atrás. Es como si hubieran erigido un muro a sus espaldas. Por tanto, además de estar en suelo europeo, en cierto sentido ya son europeos. Por destino, por necesidad histórica. “No hay muro que valga”, titula una revista italiana un número totalmente dedicado a la emergencia de inmigrantes.

Ahora se puede entender que la gestión de flujos tan imponentes no es una tarea fácil. Pero el espectáculo que está dando Europa es absolutamente indigno de su presunta “civilización”. Se pueden tener en cuenta los particularismos de gobiernos que, también por razones electorales, restringen sus fronteras. Pero no se puede aceptar un espectáculo como el que estamos viendo en Idomeni, lugar simbólico de muchos otros “limbos” que se han abierto en el propio cuerpo de Europa. Por suerte, para decir que Europa todavía existe ahí están las decenas y decenas de voluntarios que nunca se retiran, dando a su vez un espectáculo de humanidad y también de eficiencia. Como Daniela Oberti, enfermera italiana que lleva cuatro semanas en Idomeni, trabajando en uno de los ambulatorios instalados, donde está previsto que permanezca tres meses. Una web local recoge el testimonio de Daniela: “Estos días tengo la sensación de estar trabajando en medio de la foresta del Congo, o en el desierto de Níger, atendiendo a niños deshidratados y mujeres embarazadas. Solo cuando acabo y salgo de la tienda me doy cuenta de que no estoy en un lugar tan lejos de mi casa”. En Europa.

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