Editorial

En el Capitolio el fin de un mundo

Editorial · Fernando de Haro
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11 enero 2021
Ya de madrugada, el pasado jueves, después de cinco muertos, en el Capitolio, los representantes legítimos del pueblo de los Estados Unidos ratificaron la victoria electoral de Biden. En ese momento, el capellán del Congreso aseguró: “esta tragedia nos ha recordado que las palabras importan y que el poder de la vida y la muerte reside en la lengua”. Buen resumen de una de las causas más importantes de un asalto a la democracia que es el último precipitado de años de mentiras y mensajes de odio difundidas a través de redes sociales. Trump ha basado buena parte de su mandato presidencial, ha gestionado su derrota, haciendo creer a sus seguidores que eran víctimas de alguna injusticia que él iba a remediar. No dan lo mismo las palabras. El uso sistemático de palabras sin verdad, de palabras falsas, de palabras que simplifican el mundo e instrumentalizan las heridas es una amenaza para un régimen frágil como la democracia. 

Ya de madrugada, el pasado jueves, después de cinco muertos, en el Capitolio, los representantes legítimos del pueblo de los Estados Unidos ratificaron la victoria electoral de Biden. En ese momento, el capellán del Congreso aseguró: “esta tragedia nos ha recordado que las palabras importan y que el poder de la vida y la muerte reside en la lengua”. Buen resumen de una de las causas más importantes de un asalto a la democracia que es el último precipitado de años de mentiras y mensajes de odio difundidas a través de redes sociales. Trump ha basado buena parte de su mandato presidencial, ha gestionado su derrota, haciendo creer a sus seguidores que eran víctimas de alguna injusticia que él iba a remediar. No dan lo mismo las palabras. El uso sistemático de palabras sin verdad, de palabras falsas, de palabras que simplifican el mundo e instrumentalizan las heridas es una amenaza para un régimen frágil como la democracia. Un régimen, el democrático, que no depende solo de quién tiene el monopolio de la violencia, del juego de las mayorías o de la arquitectura institucional. Todo eso es decisivo. Pero la estabilidad de la democracia, al final, depende, mucho más de lo que se suele pensar, de la conversación nacional que la sustenta. Una conversación que en Estados Unidos, y en buena parte de Occidente, ha desaparecido o se ha convertido en una forma de violencia. En sus cuatro años de mandato, Trump ha difundido un discurso incendiado en redes sociales. Es irónico que las principales redes bloquearan las cuentas del todavía presidente cuando ya se había producido el asalto al Capitolio. Lo hacían después de haber explotado el negocio indecente de difundir, sin filtrarlo, un discurso del oído. Especialmente Facebook.

¿Es solo entonces un problema de palabras, de excesos verbales del populismo? Phillip Blond, responsable del think thank ResPublica, apuntaba estos días que hay una cuestión mucho más profunda. Lo sucedido en el Capitolio sería la expresión de una sociedad muy violenta, en la que los pobres son tratados con desprecio y en la que impera una sistemática división. Blond apunta a que Estados Unidos es un país que ha fracasado en su capacidad de integrar, en el que el castigo por no formar parte del reducido grupo de los ganadores es altísimo. El sistema social, a pesar de ser liberal, está tan marcado por la desigualdad que se organiza en identidades que parecen pre-modernas, es casi una organización por tribus y razas. El pensador inglés puede ser algo exagerado pero desde luego apunta a las consecuencias nefastas de un sistema liberal que no presta suficiente atención a la igualdad y que está sometido a una descomposición identitaria en la que lo común deja de existir. Este es el caldo de cultivo del discurso del odio. Y ayuda a comprender por qué hasta el 20 por ciento de los estadounidenses no rechazaron en las primeras horas lo sucedido el pasado miércoles.

Un observador agudo, pero quizás demasiado optimista como David Brooks, ha escrito en New York Times que lo del Capitolio va a ser un punto de inflexión, un paso atrás de la locura. Este va a ser el momento en el que la gran nación, dividida, reconocerá que no necesita mentiras, anarquía y demagogia. Brooks parece no darse cuenta de que la democracia no es una evidencia que permanezca a salvo en las almas de los occidentales. No basta un momento de catarsis para recuperar nuestros genes democráticos. No es una cuestión de ADN. Los logros contingentes de nuestra cultura política no pueden considerarse la forma final de la existencia humana. Es un problema de historia, o más bien de educación. El asalto al Capitolio es el aviso, uno más, de que un mundo se ha acabado. El mundo de la Declaración de la Independencia que sostenía como “evidentes” algunas verdades (la vida, la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad) ha desaparecido. Esas verdades ya no son claras para muchos.

No hay democracia sin igualdad, no hay democracia donde reinan identidades fragmentarias, alimentadas y explotadas por el capitalismo digital. Pero, sobre todo, no hay democracia si ser ciudadano, además de ser titular de ciertos derechos, no es una forma de decir yo que implique ser-con-los-otros.

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