En Egipto vence la seguridad

Mundo · Chiara Pellegrino
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18 junio 2014
Al-Sisi ha arrasado en las elecciones presidenciales de Egipto con el 97% de los votos, con una participación del 47% de la población con derecho a voto. En 2012, cuando ganó Morsi, la afluencia a las urnas fue del 52%. ¿Cómo y por qué ha ganado el general? ¿Qué hará ahora con los Hermanos Musulmanes? Hablamos con el experto Tewfik Aclimandos.

Al-Sisi ha arrasado en las elecciones presidenciales de Egipto con el 97% de los votos, con una participación del 47% de la población con derecho a voto. En 2012, cuando ganó Morsi, la afluencia a las urnas fue del 52%. ¿Cómo y por qué ha ganado el general? ¿Qué hará ahora con los Hermanos Musulmanes? Hablamos con el experto Tewfik Aclimandos.

La decisión de prolongar la duración de las elecciones puede generar ciertas dudas sobre la transparencia de la votación. ¿Las elecciones han sido regulares? ¿Se ha producido un fraude?

La decisión es particularmente estúpida, pero prueba que no ha habido fraudes. Se quería una alta tasa de participación, al menos treinta millones de votantes: un objetivo irreal, dado el previsible resultado de las elecciones, debido a su vez a la popularidad del mariscal, tanto en términos absolutos como en comparación con su rival. Si hubiera habido fraude, si hubiera sido posible cometer algún fraude, se habría mantenido la duración inicialmente prevista y se habría trucado después el resultado.

¿Quién ha votado por Al-Sisi y por qué?

Por los datos que tenemos, podemos decir que lo han votado todos excepto los militantes de los Hermanos Musulmanes y una porción importante de la juventud graduada de las clases medias en las grandes ciudades. Al-Sisi es popular sobre todo en el mundo de la función pública, de la pequeña burguesía y en el mundo obrero. Es un poco menos popular en el mundo rural, que sin embargo parece haberle votado, siguiendo su razón más que su corazón. Lo que no está claro es qué han votado los salafitas, porque tenemos datos contradictorios. Por qué se ha votado a Al-Sisi está claro: la seguridad. Todos han tomado conciencia del hecho de que si no se restablece la seguridad no se recuperará el turismo, que es el motor de la economía. Ni Sabahi ni los Hermanos lo han entendido. Una parte de la población probablemente ha votado a Al-Sisi también por nacionalismo (“queremos al ejército y no queremos que nos den lecciones”), o por hostilidad hacia los Hermanos, considerados responsables del terrorismo, o por otras razones.

¿Estas elecciones han debilitado el proyecto político de Al-Sisi?

No creo. De hecho ha obtenido una inmensa mayoría, por otro lado inesperada. Hay que tener en cuenta que algunos de sus “clientes” querían convertirse en “aliados” y contaban por ello con un margen muy apretado, para poder dictar las condiciones o al menos negociar. Pienso naturalmente en las redes del PND (el partido de Mubarak). En realidad, no le debe nada a ninguna fuerza política. No es algo necesariamente tranquilizador, ni necesariamente inquietante. Al contrario, la negligencia de su equipo de campaña (se puede decir que el resultado se ha conseguido a su pesar), ciertos pasos en falso durante su campaña, pueden dar lugar a ciertas dudas –tal vez infundadas, habrá que verlo– sobre la profesionalidad de su equipo.

Respecto a las elecciones de 2012, Sabahi ha perdido casi cuatro millones de votos, ¿por qué?

Voté a Sabahi en 2012 y en 2014. Una vez más, a falta de encuestas, nos hemos limitado a especular. En 2012 le benefició el hecho de que ningún otro candidato era realmente creíble: muchos electores no querían saber nada de los dos tenores, Morsi y Shafiq. La opinión pública estaba menos preocupada por la seguridad que ahora, y Sabahi no ha calculado la amplitud del peligro que representaba su deterioro. En 2012 una gran parte de la opinión pública pensaba que el problema era el Estado; hoy piensa que el Estado es la solución. Esta vez hemos tenido un candidato creíble, con un discurso sobre seguridad bastante tranquilizador, mientras que Sabahi tiene problemas de credibilidad (es injusto, pero es así) y su discurso pro libertades públicas, pro derecho a manifestarse, que le honra, ha suscitado preocupación entre el electorado.

¿Se puede imaginar un proyecto político realizable para Egipto sin la reconciliación con los Hermanos Musulmanes?

Es una óptima pregunta. Veremos, pero me gustaría decir solo una cosa: es la hermandad la que no quiere la reconciliación. Además, la cuestión es compleja: pedir a la hermandad que se reestructure para respetar la ley, ser transparente, desmantelar sus milicias, etc, significa pedirle que se ponga al borde del suicidio. A esta excelente pregunta prefiero responder diciendo que el islam político está en crisis pero no desaparecerá. Los Hermanos son una fuerza antigua, y tampoco ellos desaparecerán. ¿Pueden cambiar? Lo dudo, pero ese cambio es necesario pues hace falta una reconciliación que sea duradera. Hace dos años le habría dicho que es imposible hacer algo con ellos o contra ellos. Hoy ya no sé qué es posible y qué no.

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