Silvered water, Syria Self-Portrait

En defensa de la verdad/2

Cultura · Juan Orellana
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16 febrero 2015
La semana pasada citábamos una película que llega a nuestras pantallas de forma precaria. No es una película de ficción, ni un documental. No sé lo que es, ni qué nombre ponerle, pero es inolvidable. Son 1001 fragmentos de video, grabados con el móvil o con cámaras muy baratas por sendos 1001 sirios durante la guerra civil previa a la irrupción del Estado Islámico en el escenario.

La semana pasada citábamos una película que llega a nuestras pantallas de forma precaria. No es una película de ficción, ni un documental. No sé lo que es, ni qué nombre ponerle, pero es inolvidable. Son 1001 fragmentos de video, grabados con el móvil o con cámaras muy baratas por sendos 1001 sirios durante la guerra civil previa a la irrupción del Estado Islámico en el escenario.

Tras la llamada “primavera árabe”, a principios de 2011, gran parte de la población siria salió a la calle reclamando del todopoderoso presidente Bashar al-Asad, hijo del anterior presidente Hafez al-Asad, respeto por los derechos humanos, libertad, justicia y pan. La represión fue brutal y desembocó en una Guerra Civil, en la que occidente apoyaba a los rebeldes y Rusia al presidente. En 2012 la guerra llegó a sus niveles más cruentos, destacando el asedio y ataque a la ciudad de Homs. En esa ciudad vivía una mujer kurda, Wiam Simav Bedirxan, que horrorizada al ver lo que ocurría a su alrededor comienza a grabar y a recopilar videos y a mandárselos a París a un exiliado sirio, Ossama Mohammed, al que solo conoce por internet. Este comienza a editar el video, mientras mantiene con ella una fluida relación de reflexión conjunta y apoyo mutuo. El resultado es esta escalofriante película, presentada en Cannes, y que funciona como un puñetazo en el estómago de quien lo ve. Hay que advertir que la película, una auténtica snuff movie sin intereses económicos, ofrece imágenes que hasta ahora sólo habíamos visto en el cine en formato de ficción. Aquí las torturas, muertes, bombardeos… son reales. El dolor es real, la angustia es auténtica.

La calidad de las imágenes, excepto las grabadas en París o directamente por Simav, es muy deficiente, pero casi se agradece por velar en cierto modo algo del horror explícito. Se trata, como las cintas que citábamos la semana pasada, de una película necesaria. No bastan los telediarios para construir una imagen fidedigna de lo que está ocurriendo en Oriente Medio. Y en una cultura audiovisual como la nuestra, es importante incorporar estos fotogramas a nuestro imaginario colectivo.

De todas formas, no se puede decir que la película sea desesperada. La propia Simav es motivo de esperanza. Y al final de la película, el día de Navidad, comienza a nevar sobre ruinas y hombres sin techo. Y en off Mohammed le escribe a Simav: “¡Feliz Navidad! Hoy hace un año que recibí tu primer mensaje. Celebraré los dos aniversarios, el tuyo y el del Jesús, el Mesías. Hoy es nuestro día”.

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