Elecciones en Madrid. Puntada ¿con hilo o sin hilo?

España · Ángel Satué
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11 marzo 2021
Que la presidenta Ayuso haya convocado elecciones obedece a la pérdida de confianza en su principal socio de gobierno, con el que iba a firmar esta semana unos presupuestos. ¿Tan grave ha sido la afrenta? Ha debido de serlo.

Ciudadanos era el partido del cambio, del cambio sosegado y tranquilo. Lo que ha pasado este martes no tiene nada de balneario. Una única puntada ha originado un nuevo roto en las costuras de la gobernabilidad de España en su nivel autonómico (Murcia, Andalucía, Madrid, Castilla y León). Está por ver si la puntada, de Inés Arrimadas, era con hilo o sin hilo. El tiempo dirá. Lo que es seguro es que han sonado las sirenas en Moncloa. Iván Redondo, el Sun Tzu español, deberá realizar nuevos cálculos mentales a la velocidad de una AVE Sevilla-Madrid-Valladolid. O tal vez, ya estaban hechos.

Los políticos rompen pactos y acuerdos tan fácilmente como los negocian. Nada es para siempre. No se lo ponen fácil a Eunomia, Irene y Dice, las diosas de la estabilidad de la sociedad. Hemos de acostumbrarnos con tantos partidos a la segunda parte de los gobiernos en coalición o en minoría parlamentaria. Es el momento de transitar por la calle del engaño, del desengaño, donde nada es lo que parece.

En este tipo de gobiernos –¡ah, denostadas mayorías absolutas!– lo natural es que caigan, bien cuando cesa la confianza de la contraparte, bien cuando hay razones partidistas, y si hubiera altura de miras, cuando peligre el interés general y el bien común.

Que la presidenta Ayuso haya convocado elecciones obedece a la pérdida de confianza en su principal socio de gobierno, con el que iba a firmar esta semana unos presupuestos. ¿Tan grave ha sido la afrenta? Ha debido de serlo.

Si antes era el transfuguismo el que ponía y quitaba presidentes –Piñeiro, de Alianza Popular, se lo dio a Leguina; otros, a Aguirre, una primera vez–, ahora son los cuernos políticos lo que se lleva.

Es evidente que la presidenta Ayuso, viendo la caída de su colega López Miras, de Murcia, por la pérdida de confianza de Ciudadanos-Murcia, solo tenía como alternativa convocar elecciones y disolver la Asamblea de Madrid. No para seguir ella en el poder, como si fuera Nicolás Maduro o cualquier otro comunista o autócrata al estilo de Putin o Erdogan (¿y Orban?), sino para que hable el muy castigado pueblo de Madrid, por la pandemia y la crisis social y económica que llega ya a los pueblos, barrios y distritos. Es evidente que es una prerrogativa que no pueden vaciar de contenido unas mociones de censura, sobrevenidas y extemporáneas, de la izquierda madrileña. Mociones cuya tramitación Ciudadanos-Madrid ha autorizado en la mesa de la Asamblea. ¿Quién es más demócrata?

¿Qué puede haber pasado? Ha sucedido que la confianza se ha perdido. Como en un matrimonio, se construye durante toda una vida y se destruye en un solo momento. La confianza se ha perdido por el eslabón más débil, que no es Murcia, como región, sino donde las relaciones personales entre los miembros de Ciudadanos (su dirección) son una verdadera guerra. Sea porque a raíz de estas desavenencias internas, Ciudadanos-Murcia va por libre (mucho más tras la gran derrota en Cataluña, de donde son originarios), sea porque Inés lo ha permitido, por acción u omisión, mediando un pacto con el PSOE, en Madrid, la conclusión en cualquiera de los dos casos es que, o bien Arrimadas no controla ya su partido –¿quién lo controla en el mundo de hoy?–, o ha faltado a su palabra dada –pues aunque estemos en una España descentralizada, los tics centralistas hacen que todo se lea en clave nacional, hasta la antinomia entre presidentes de partido y barones regionales–. Lo que no sabemos es si en este último caso, lo ha hecho por falta de confianza (en el PP de Murcia, por presuntas corruptelas), o por intereses partidistas, para controlar Ciudadanos-Murcia (tras sus fracasados intentos en Andalucía y Castilla y León), o para teñir un poco de rojo su naranja brillante.

Sea como fuere, la presidenta Ayuso sí quería seguir siendo leal oposición a un gobierno nacional, (ciertamente, como si fuese España ya un estado federal), viendo las barbas de su vecino, y teniendo en cuenta la máxima inglesa del que se mueve primero gana (first mover advantage) y se lleva todo, habrá pensado que la moción de censura era ya cuestión de tiempo.

Podemos consolarnos porque en Italia, Renzi le quitó su apoyo a Comte, cayó el gobierno, y se ha tenido que nombrar a un tecnócrata como Draghi como presidente de la República, con los votos del congreso y senado italianos. Sí, lo sé, España no es Italia, y como le dijo Aldo Moro a Paloma Gómez Borrero (y me dijo ella a mí), “no tenemos el ni, que es un poquito de no con un poquito de sí”.

Pues eso, que el reto de España es mirar a los rivales como rivales. Solo como rivales, no como enemigos. Solo como vecinos. Amigos y rivales. El Partido Popular no debe dirigir sus iras a los votantes de Ciudadanos, sino darles un flotador naranja, y llevarles hacia ese amplio centro por el camino de las reformas sensatas, como dijo Fraga, y centrar la polarización sobre la base de moderación. Mejor aún, parafraseando al democratacristiano Fanfani, no se trata de un “Avanti al centro”, sino de un “Dal centro, avanti”.

Es la naturaleza del escorpión picar, pero la política, la buena, no debe ir de eso. Arrimadas, cuando más falta de confianza había, ha dado la puntada inicial. Pero no tiene hilo.

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