Desde el escaño

Elecciones dramáticas

España · Eugenio Nasarre
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2 octubre 2012
Quiero recordar a los lectores algunos datos, los indispensables, para hacer comprender mejor mi argumentación. En las elecciones catalanas autonómicas de 2010 votaron al PP 384.000 electores, el 12,3 por 100 del total. Pero un año más tarde, en las últimas elecciones generales del pasado mes de noviembre, votaron en Cataluña al PP 716.000 electores, el 20,7 por 100 del total. La diferencia es substancial: los votantes del PP se incrementaron un 85 por 100.

El comportamiento del electorado socialista es similar al del PP, aunque en menores proporciones. En las elecciones autonómicas de 2010 el PSC recibió 570.000 votos y en las generales 922.000. Fueron ambas elecciones adversas a los socialistas, pero sus votos se incrementaron en las generales un 60 por 100. Es lo contrario de lo que le sucede a CIU, que recibe más votos en las autonómicas que en las generales.

Estos datos resultan claves para enfocar las elecciones catalanas del próximo 25 de noviembre.
Bastaría que el PP y el PSC lograran retener a sus electores de hace un año para que la operación independentista de Mas quedara desbaratada. No sólo no lograría obtener su anhelada mayoría absoluta sino que estaría muy lejos de alcanzarla.

Como sabemos, una buena parte del electorado del PP, y en menor medida del PSC, tiene un extraño comportamiento, que se reproduce elección tras elección, esto es, considerar que las "elecciones autonómicas" les son ajenas. Probablemente se siente incómodo en ellas, se siente lejano de las instituciones catalanas y ha optado por el retraimiento, por quedarse en casa. En algunos casos, hay votantes del PP que en las elecciones autonómicas optan por el "voto útil": como se ventilan asuntos tales como la libertad de enseñanza, los impuestos, etc., prefieren votar al partido que en el ámbito catalán puede defender mejor estas cuestiones "ideológicas" por su capacidad de gobernar.

Estos comportamientos han arraigado profundamente y forman parte de la "cultura democrática" de la Cataluña de los últimos treinta años. El nacionalismo catalán ha jugado hábilmente con tales sentimientos y actitudes, porque ha sabido que les beneficiaba. El resultado es que la participación electoral en los comicios autonómicos es notoriamente inferior a la de las elecciones generales: cerca de diez puntos de diferencia. Lo cual produce anomalías que chirrían con los criterios de legitimidad democrática. Quizás los lectores no sepan que la holgada mayoría obtenida en el Parlamento catalán en favor del referéndum por la secesión (el 63 por 100), en realidad cuenta tan sólo con el respaldo explícito del 33 por 100 del electorado.

¿Se puede romper en esta ocasión con estos comportamientos electorales tan instalados en la sociedad catalana? Es esta la clave que determinará el resultado de los comicios del 25 de noviembre. Y este es, a mi juicio, el reto al que se enfrentan tanto el PP como el PSC: su capacidad de convertirlas en unas elecciones dramáticas, en las que se juegan el porvenir de Cataluña y España, en las que se logre movilizar a quienes "sólo" votan en las elecciones generales. El PP, por ejemplo, no necesitaría ningún voto más de los que ya le han votado hace once meses para hacer fracasar la operación de Mas.

Este objetivo no es fácil pero yo no lo veo imposible. Hay elecciones cruciales en la historia de los pueblos. Podríamos evocar muchas. Yo sólo quiero recordar una: la de Italia de 1948. El comunismo había avanzado en los años inmediatamente posteriores al fin de la segunda guerra mundial con proporciones alarmantes. Habían caído las democracias en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc. De Gasperi planteó las elecciones en tonos verdaderamente dramáticos en defensa de una sociedad libre frente a la amenaza totalitaria. Movilizó a todas las capas de la sociedad italiana y logró una victoria espectacular (el 48 por 100 de los votos), que salvó a la democracia liberal en Italia.

Hay quienes dicen que la movilización provoca también la movilización del adversario y que ese efecto boomerang puede ser contraproducente. Mi opinión es que ahora el órdago lo ha lanzado Mas y que quienes ya están movilizados son los sectores nacionalistas. El clima que se vive en Cataluña es de una fortísima presión ambiental protagonizada por un nacionalismo exaltado, que pretende arrinconar a los adversarios. Si no se contrarresta, este clima tiende a provocar una vez más el retraimiento: sería la antesala del triunfo de los nacionalistas. Episodios de la historia europea del pasado siglo prueban que el retraimiento ha sido la alfombra roja que ha permitido la entrada por la puerta grande a quienes, ya sin tapujos, anunciaban su voluntad de tumbar el orden constitucional.

Sí, las elecciones del 25 de noviembre en Cataluña son unas elecciones dramáticas y cruciales. Los dos partidos  en que se ha sustentado la democracia española en estos 35 años deben recoger el guante y estar a la altura de las circunstancias. Deben movilizarse al máximo con mensajes apropiados para cada electorado propio. Pero deben centrar todos sus esfuerzos en luchar contra el retraimiento, en hacer convencer a la sociedad catalana que estas elecciones son mucho más importantes que unas elecciones generales cualesquiera.

Este punto de vista puede ser combatido con este argumento: ¡Ojo!, en estas elecciones no está en juego la secesión. Si las convertimos en un plebiscito, caemos en la trampa del nacionalismo. Entiendo el argumento,  pero es falaz. Porque lo que está en juego es que triunfe el nuevo paso dado (o la huida hacia adelante, como queramos llamarlo) por el nacionalismo liderado ahora por Mas y Oriol Pujol, que ya sabemos a dónde conduce. Como también sabemos, que los daños a la sociedad catalana y al conjunto de España, si triunfa este paso dado, van a ser incalculables. Lincoln diría que se puede combatir a quien pretende "la casa dividida" y se le puede vencer. Yo también lo creo.

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