El yo en acción: la realidad se hace evidente en la experiencia

He participado recientemente en una conferencia internacional organizada con el propósito de inspirar un «ecosistema generativo» que dé respuesta a los desafíos actuales. Me ha llamado la atención que los organizadores identificaran (el despertar de) la conciencia como el factor más urgente en este momento para (desarrollar) un nuevo paradigma que pueda cambiar la sociedad. Extrañamente no daban por sentado —como suele ocurrir— el sujeto que debe llevar a cabo el cambio; afirmaban que ese sujeto necesita ser generado, es decir, que su conciencia, su autoconciencia, debe despertarse.
Comencé mi intervención subrayando que, respecto al objetivo del encuentro, no había síntesis más eficaz que estas palabras de Dostoievski: «Lo esencial que necesitamos es que el hombre… adquiera conciencia de sí mismo»[1]. Me impactó que, en el diálogo, se diera por hecho que no se puede conocer verdaderamente la realidad. ¿Por qué? Porque «el relato lo es todo». A pesar de tener clara la importancia de la conciencia, corremos el riesgo de sucumbir al poder de las “narrativas”, precisamente porque «el relato —al final— lo es todo».
El desafío de las narrativas
Unos días después, el organizador de la conferencia me escribió diciéndome: «Quiero expresarte mi más sincero agradecimiento. Tu intervención ha vuelto a poner en primer plano un tema esencial: la necesidad de un contacto autentico con nuestra parte más íntima, el único lugar desde donde puede surgir cualquier elección verdadera. Has dado voz a una idea tan simple como revolucionaria: sin conciencia quedamos presa de las historias que otros cuentan en nuestro lugar. Como has dicho, abrazar la sensación de estar incompletos es lo que nos hace capaces de amar, de ser libres y de no ceder al dominio de las narrativas externas. Un mensaje profundo que traza un camino de responsabilidad y esperanza. Gracias por recordarnos que la conciencia es una tarea cotidiana, personal e indelegable, un mensaje que resuena plenamente con el corazón de nuestra búsqueda educativa».
Este episodio hizo que me diese cuenta de una cuestión crucial para todos, especialmente para la educación de los jóvenes que viven en este mundo, abrumados por las «narrativas». Hoy el dominio de estas «narrativas» es tal que parece imposible no sucumbir a ellas, no caer presa de los relatos. Reconocemos este riesgo cuando ocurren hechos —sobre todo si nos tocan de cerca— que nos ponen a prueba hasta el punto de que nos vemos luchando por desenredarnos de la maraña de interpretaciones y versiones sobre lo sucedido.
Es un desafío epocal. Afecta a los jóvenes, y nos afecta a todos. El poder de las narrativas actúa como detonante de la debilidad de conciencia actual y de la inseguridad existencial en la que nos encontramos. Aumenta con la evolución disruptiva del high tech, las nuevas tecnologías que están al alcance de todos.
«Hemos jugado con el relativismo pensando que no tenía ningún coste», dice Luciano Floridi, uno de los mayores expertos mundiales en ética y filosofía de la información. «Los “frenos” contra las cosas falsas e inventadas, las mentiras, la propaganda y las fake news son demasiado débiles. Imagino que en un futuro puede haber, por un lado, una recuperación, lo cual sería positivo; por otro, una especie de hábito de decir “quién sabe”: un poco de escepticismo, un poco de cinismo. “Quizás las vacunas sean buenas, quizás sean malas, pero ¿sabes qué? No lo sé, qué más da”. En definitiva, una especie de indiferencia evasiva, que se retira, que evita el compromiso epistemológico [cognitivo] de decir: “Sí, las cosas son así”. O “No, mira, son al contrario”. Me temo que vamos en esa dirección, un poco como Poncio Pilato, un poco como Don Abbondio, aturdidos por el enorme ruido y la confusión que la verdad y la mentira terminan generando al chocar entre sí. Me temo que muchos, a falta de guía y referencias, decidan, en el mejor de los casos, a suspender el juicio. […] Si lográramos activar anticuerpos en esta dirección, no sería demasiado tarde. Desde luego, no es pronto. Deberíamos hacerlo ahora» [2].
Si sucumbimos a esta «indiferencia evasiva», estaremos a merced de cualquier ideología, de cualquier narrativa. Porque, como nos enseñó Hannah Arendt, «la ideología no es la aceptación ingenua de lo visible, sino su destitución inteligente» [3].
Pero, ¿cuál es el anticuerpo que debemos activar para no vernos desbordados y condenados a la confusión? Nuestro compromiso con la realidad es el camino para no dejarnos «desorientar» por las narrativas, delegando nuestro juicio a otros. No debemos olvidar que -como nos recordó Benedicto XVI- «la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca tomadas en nuestro lugar por otros; si fuera así, en efecto, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio».
Sin este compromiso, es inevitable quedar a merced del poder de las narrativas. A escala macroscópica, las dinámicas geopolíticas están impregnadas de ellas.
Pero, a menudo,—para evitar el compromiso personal—, sucumbimos a la tentación que señala T.S. Eliot en los Coros de «La Roca»: «Siempre tratan de escapar / De la oscuridad exterior e interior / Soñando sistemas tan perfectos que nadie necesitaría ser bueno» [4]. Queremos ahorrarnos la libertad.
Soñamos que algo «externo» ocupe el lugar de nuestra responsabilidad como seres humanos. Pero ningún sistema, ni siquiera el más perfecto, podrá ahorrarnos la libertad. «El hombre», dice Benedicto XVI, «nunca puede ser redimido simplemente desde fuera» [5]. Entendemos porqué este momento histórico tan desafiante se ha convertido en el tiempo de la persona —aún más que cuando lo decía Giussani—.
Estamos en el tiempo de la persona
«Cuando, en efecto, sufrimos la tenaza de una sociedad adversa que llega a amenazar la vivacidad de nuestra expresión, y cuando una hegemonía cultural y social tiende a penetrar en el corazón, agitando las incertidumbres ya naturales, es que ha llegado el tiempo de la persona» [6].
¿Y qué es la persona, tan frágil, ante este tsunami? ¿Dónde reside su consistencia? Porque, en última instancia, esta es la pregunta decisiva. «Lo que urge —dice Giussani— para que la persona sea, para que el sujeto humano tenga vigor en esta situación, en la que todo es arrancado del tronco para convertirse en hojas secas, es la autoconciencia [como decía Dostoievski], una percepción clara y amorosa de uno mismo, cargada de la conciencia del propio destino y, por tanto, capaz de afecto verdadero por uno mismo, liberada de la torpeza instintiva del amor propio. Si perdemos esta identidad, nada nos servirá» [7].
Precisamente porque vivimos en una sociedad como la actual, el único dique frente al poder de las narrativas es un «yo» cuya autoconciencia le permita vivir en este contexto sin sucumbir a los cantos de sirena del poder.
Esto no significa volver a «soñar sistemas perfectos» donde no existan las narrativas. Las narrativas son inevitables porque —dado que la realidad es signo, como estudiamos en El sentido religioso— la libertad se juega en la interpretación del signo. ¿Pero significa eso que todas las interpretaciones son igualmente verdaderas? Solo podemos descubrirlo a través de la autoconciencia o, como decíamos antes, cuando alcanzamos «la parte más íntima de nosotros mismos».
Es una cuestión de método. Aquí don Giussani viene de nuevo en nuestra ayuda cuando afirma: «Uno de los puntos sintéticos, capitales, de claridad de pensamiento […] es que la solución de los problemas no se produce afrontando directamente los problemas, sino profundizando en la naturaleza del sujeto que los afronta»[8]. Tomando cada vez mayor conciencia del sujeto que los afronta.
¿Y cómo profundizamos en la naturaleza del sujeto —que somos nosotros—, de nuestro yo, para alcanzar una claridad de pensamiento? ¿Cómo crece la conciencia de nosotros mismos? Como él nos dijo —y es el título que habéis elegido—, no crece razonando en su interior, o a través de la introspección (que es siempre una imagen de uno mismo), sino sorprendiéndonos en acción.
Por lo tanto, «si el hombre se da cuenta de los factores que lo constituyen observándose a sí mismo en acción […] es necesario observar la dinámica humana en su impacto con la realidad, un impacto que pone en marcha el mecanismo que revela los factores» [9] de nuestra persona. Por eso —esta es una de las frases más sugerentes que podemos escuchar— «un individuo que haya vivido poco el impacto de la realidad [que haya sido poco desafiado por las circunstancias, por la vida], porque, por ejemplo, ha tenido que hacer muy poco esfuerzo, tendrá [¡lo siento por aquellos que quieren ahorrárselo todo!] un escaso sentido de su propia conciencia; percibirá menos la energía y la vibración de su razón» [10].
No es a través de la introspección como tomamos conciencia de nuestro ser más íntimo. Por lo general, nos quedamos en la superficie, flotando entre las imágenes que tenemos de las cosas. Solo quien acepta el impacto de la realidad, porque quiere ser verdaderamente consciente, puede comprender la importancia de la experiencia para desenmascarar las falsas narrativas en un mundo donde los relatos han suplantado la experiencia misma.
La realidad se vuelve transparente en la experiencia
Giussani pone en nuestras manos la herramienta más importante que podemos usar para no ser dominados por ninguna narrativa en cualquier contexto que vivamos: «La realidad se hace evidente [no en las narraciones, no en la charla banal, no en la reflexión abstracta, sino] en la experiencia» [11]. Por tanto, «el punto de partida es la experiencia» [12].
Partamos de la experiencia. Cuando alguien nos trata injustamente, ninguna narrativa podrá convencernos de que no nos han tratado mal. ¿O sí? Cuando alguien dice que nos quiere, pero por sus actos vemos que nos utiliza, ninguna declaración de amor, ni la más ardiente, podrá negar lo que estamos viviendo. «Si sentimos calor o frío —dice Newman—, nadie nos convencerá de lo contrario insistiendo en que el termómetro marca 15 grados. Es la mente la que razona y da su asentimiento, no un diagrama en un trozo de papel»[13] .
Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el fin de los tiempos para demostrar lo que parece más evidente: la realidad se hace transparente en la experiencia, y no en nuestros pensamientos.
Una aguda observación del mayor teólogo del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, puede ayudarnos a comprender la importancia de partir de la experiencia, sobre todo en este momento histórico en el que prevalece una especie de escepticismo sobre la capacidad de la experiencia misma para desenmascarar las narrativas:
«Tienen razón, por tanto, aquellos filósofos que aconsejan al alumno que se encuentra inseguro y perdido ante el problema de la verdad, que primero se lance a la corriente para experimentar, cuerpo a cuerpo con la ola, qué es el agua y cómo se avanza en ella. Quien no se arriesgue saltando tampoco experimentará lo que es nadar, y quien no se atreva a dar el salto hacia la verdad alcanzará la certeza de su existencia» [14]. Porque la verdad y la realidad solo se reconocen en la experiencia.
Nada puede desafiar más el poder de las narrativas, de nuestras preocupaciones y de nuestras reducciones, para desenmascarar su falsedad que la conciencia del valor de la experiencia Entendemos por qué Giussani insiste tanto en decir que «la experiencia es la palabra clave de todo: quien no parte de la experiencia engaña, quiere engañarse a sí mismo y a los demás; el hombre solo puede partir de la experiencia, que es el lugar donde la realidad emerge de un modo determinado» [15].
Un amigo me contaba que su hijo —como muchos, un poco cínico respecto a la vida— tuvo un accidente de coche. Le preguntó: «Cuando volcaste dos veces, ¿te diste cuenta? Normalmente se pierde la noción…». Y él respondió: «No, no, ¡estaba muy consciente!». «¿Y qué pensaste?». «Solo grité con todas mis fuerzas: ¡quiero vivir!».
De repente, todo su escepticismo ante la vida fue barrido por la experiencia.
«¡Quiero vivir!». Esta es la máxima expresión de uno mismo. En ese momento, todos los pensamientos, las limitaciones y la niebla quedaron superados por lo que estaba sucediendo. Son momentos que ocurren cuando el hombre es despojado de todas las superestructuras, de todas las preocupaciones que suelen abarrotar su mente y emerge el verdadero yo: el deseo de ser.
Cuando la realidad entra en la experiencia, tiene la capacidad de purificar nuestra mirada —con un imprevisto que nos desnuda, como el accidente que de repente disipa toda la «niebla»— y aparece cristalino lo que es el yo, la persona: el deseo de ser.
En un instante, la imagen que uno tiene de la vida queda trastocada por la experiencia.
¿Cuántas veces os ha pasado que estando en la cocina —siempre pongo este ejemplo—al lado de vuestro marido o de vuestra mujer, lo sentís a mil kilómetros de distancia? Sentís lejos a la persona que más ha despertado vuestro deseo de ser. Estáis físicamente cerca, pero sentís al otro muy lejos, porque la pesadez, la niebla, la estupidez, la superficialidad… se interponen entre vosotros. Imaginad —como siempre desafío a los casados— que a esa persona que tanto os fascinó y que ahora sentís tan lejos le diera un infarto en este momento —Dios no lo quiera—; toda la niebla se disiparía en un instante.
Esto dice mucho del valor de la experiencia. Como escribe C.S. Lewis: «Lo que me gusta de la experiencia es que es algo muy honesto. Puedes tomar un montón de caminos equivocados, pero si mantienes los ojos abiertos no irás demasiado lejos antes de que aparezcan las señales de aviso. Puedes haberte engañado a ti mismo, pero la experiencia no engaña. El universo responde con la verdad cuando interrogas honestamente» [16].
La experiencia nunca engaña. ¡No tenemos poder sobre ella! Primero te sorprendes y luego te das cuenta de que te has sorprendido. Pero no tienes el poder de no sorprenderte. La experiencia tiene el poder de desenmascarar nuestras imágenes, nuestros pensamientos, nuestras reducciones, nuestras ideologías.
Podemos secundarla o no, negando la evidencia, pero la experiencia no nos engaña. Y lo sabemos; sabemos cuándo nos alejamos mirando hacia otro lado en lugar de seguir la experiencia que hemos vivido.
«La época actual, la cultura dominante de hoy, ha renunciado a la razón como conocimiento, como reconocimiento de la evidencia con la que la realidad se presenta en la experiencia, es decir, como positividad. Y ha renunciado al afecto por la realidad, al amor por la realidad: ha renunciado al amor porque, para reconocer la realidad tal y como surge de la experiencia, hay que aceptar el impacto que se siente [¡no es algo obvio! Ni siquiera el impacto más evidente, porque un instante después podemos mirar hacia otro lado]. Pero el hombre no acepta la realidad tal y como aparece y quiere inventarla a su antojo, quiere definirla a su antojo, quiere darle el rostro que él desea» [17].
Cada uno puede verificar por sí mismo la decisión que ha tomado. Es como cuando alguien no quiere ver los síntomas de una enfermedad: puede esconderlos bajo la alfombra, ¡pero tarde o temprano volverán a aparecer! Y también nosotros debemos verificar (qué pasa) cuándo escondemos bajo la alfombra los síntomas que no queremos ver. La experiencia no nos engaña. ¿Es mejor una enfermedad con síntomas o una enfermedad sin síntomas, que se descubre cuando ya no hay nada que hacer? Que cada uno decida.
¿Qué puede facilitar entonces nuestro abrazo a la realidad en su totalidad? La sorprendemos en la experiencia; se nos facilita reconocerla y abrazarla en la experiencia… Cuando, por ejemplo, vemos llegar a una persona radiante al trabajo, inmediatamente le preguntamos: «¡¿Te has enamorado?!». Nada tan sencillo como un hecho puede hacer tan diferente ese pedazo de realidad que parece pesado y agotador: de repente lo cambia todo.
Lo que todos esperamos, es un hecho tan significativo que al alcanzarnos nos libere de todas nuestras limitaciones y nos permita abrazar la realidad tal como es. Necesitamos que suceda algo.
La Navidad: liberación de las narrativas
Este año llegamos a la Navidad en unas circunstancias históricas precisas que pueden ayudarnos a comprender su alcance. La Navidad es la celebración del Acontecimiento más relevante de la historia: Dios se hizo hombre, se hizo carne. Sin embargo, ni siquiera un hecho tan crucial escapa a la «ley» de la vida: la realidad de este evento se hace transparente en la experiencia.
Es más, tal vez precisamente porque el Misterio comprende la naturaleza de nuestra persona como nadie, quiso someterse al único modo de conocer que tienen los seres humanos: la experiencia. Por eso siempre me sorprende cuando Giussani afirma que «lo más importante que he dicho en mi vida es que Dios, el Misterio, se ha revelado, se ha comunicado a los hombres de tal manera que se ha convertido en objeto de su experiencia»[18]. Si no, podría ser otra interpretación.
Siendo consciente, como pocos, de que la realidad se hace transparente en la experiencia, Giussani no deja de asombrarse ante el método elegido por Dios para comunicarse con los hombres y liberarlos de cualquier ideología. «Es necesaria la presencia de Otro, la presencia de un Otro, la presencia de un hombre que es más que un hombre: Dios venido a este mundo» [19] precisamente para liberarnos del poder de todas nuestras imágenes.
¿Y cómo lo hace? Es impresionante. A diferencia de cualquier ideología —que utiliza los instrumentos del poder para intentar convencernos—, Dios entra en la historia de la manera menos ideológicamente imaginable, convirtiéndose en un niño indefenso —un signo minúsculo—, un niño capaz de hacerse objeto de experiencia. Puede parecer insignificante, un método demasiado frágil para impactar en la realidad, y sin embargo es revolucionario si observamos la reacción que Su nacimiento generó en los poderes de su tiempo apenas se conoció la noticia: la matanza de los inocentes. Acababa de nacer y ya el poder temblaba.
Sin otro poder que Su sola presencia, desafió a todo poder. Y ofreció —a quien lo acoge— la posibilidad de verificar el poder liberador de Su presencia histórica.
Por eso, en un momento como el actual, en el que nos sentimos tan desafiados por la ideología, la Navidad puede adquirir un significado aún más relevante. Podemos evitar reducirla a un rito o una costumbre, aprovechando la oportunidad para verificar su verdadera capacidad de liberación.
Para poder verificarlo, sin embargo, debemos dejarlo entrar en nuestra propia experiencia. Porque «el cristianismo, al ser una realidad presente, tiene como instrumento de conocimiento la evidencia de la experiencia» [20].
Pocas cosas me han hecho comprender el alcance de la Encarnación para desenmascarar la ideología como lo que le sucedió hace un tiempo a una chica catalana. Estaba impregnada de ideología nacionalista por su historia y por la influencia familiar y social. Durante los días del referéndum de independencia de 2017 en Cataluña, la chica dijo en una asamblea con otros jóvenes: «La amistad con una amiga de Madrid [este hecho ya era impactante] me ha ayudado a despertar, a salir del escepticismo, a juzgar todo lo que estamos viviendo». Era el mismo día en que sus padres se habían encerrado en la escuela para poder votar al día siguiente en el referéndum. «Esta amistad me está ayudando a vivir, a comprenderme a mí misma».
En medio del caos total, lo que le ayudó a comprenderse a sí misma fue la relación con una amiga. La noche anterior, ella y otros estudiantes catalanes habían llegado a Madrid y fueron acogidos en una parroquia. Llegaban a un lugar que, según ellos, los «oprimía», con cierto temor de ver «cómo los mirarían los otros chicos». Pero durante la cena ocurrió lo inesperado: (experimentó) un abrazo a la vida de cada uno, una unidad impensable, partiendo de un solo corazón que desea, que sufre y que busca. Hasta el punto de que la chica se sorprendió pensando: «¡Ojalá mis padres estuvieran aquí! ¡Ojalá todos mis amigos vieran esto!». Un hecho aparentemente insignificante en medio de toda la propaganda. Cerró su intervención diciendo: «Después de estos días con vosotros, después de lo que he escuchado sobre mi corazón, sobre mi deseo, sobre Cristo, ya no puedo decir que soy diferente a vosotros. Soy una con vosotros»[21] .
Solo el atreverse a dar el «salto» al agua, como decía Balthasar, por la amistad con esa amiga, le convenció. Podría haberse quedado enredada en sus pensamientos. Le bastó experimentarlo para que todo se aclarara.
«El conocimiento nuevo nace de la adhesión a un acontecimiento, del affectus a un acontecimiento al que se está́ apegado, al que se dice sí. Este acontecimiento es un particular en la historia», pero «tiene una pretensión universal», que da razón de todo. «Pensar a partir de un acontecimiento significa ante todo aceptar […] lo que realmente soy y la concepción del mundo que tengo» [22].
Por lo tanto, en la medida en que Jesús entra, comienza a aclararnos a nosotros mismos. Pero si no entra en nuestra experiencia, no podemos reconocerlo adecuadamente, como demuestra el ejemplo de la chica catalana.
En la historia descubrimos si el Acontecimiento de Cristo sigue siendo contemporáneo o si lo hemos subsumido en el universal abstracto de la ideología.
Termino con dos ejemplos de los inicios de la historia cristiana. El caso de san Pablo y la comunidad que fundó en Galacia es significativo. Pablo era fariseo, como todos sabemos, tenía la mentalidad dominante de la Palestina de su tiempo. Su fe farisea le había llevado a convertirse en perseguidor de los seguidores de Jesús precisamente por fidelidad a la ley. Nadie habría podido convencerlo para que cambiara de opinión. Solo un acontecimiento, el encuentro con Cristo Resucitado, hizo posible lo que nadie habría podido creer: que se convirtiera en discípulo de Aquel a quien perseguía.
¿Qué hizo posible el cambio? La experiencia de Jesús vivo. Con esta nueva fe, Pablo comienza a anunciar a Cristo Resucitado y crea las comunidades que conocemos, a las que dirige sus cartas. Pero no todos viven las consecuencias del encuentro del mismo modo que Pablo. Algunos fariseos convertidos al cristianismo quieren someter a los nuevos bautizados a la ley, y llevan su forma de entender el cristianismo a las comunidades que ha fundado, como la de Galacia. De repente, los gálatas se encuentran ante dos narrativas del Evangelio diferentes: la de Pablo y la de los judaizantes.
Después de escribir que no hay otro Evangelio que el que él anuncia, junto con Pedro y las columnas de Jerusalén[23], ¿qué instrumento tiene san Pablo, más allá de esta afirmación, para desafiar a los gálatas? La experiencia.
Y así, los desafía con estas palabras no precisamente tiernas: «¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os ha hechizado? ¡A vosotros, ante cuyos ojos se presentó Jesucristo crucificado! Solo quiero saber esto de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu [la novedad de vida que veis vibrar en vosotros] por las obras de la Ley o por haber escuchado la palabra de la fe? [Lo veis en la experiencia]. ¿Estáis tan faltos de inteligencia que, habiendo comenzado en el Espíritu, queréis acabar ahora en la carne? ¿Habéis sufrido tanto en vano? ¡Si es que realmente fue en vano! Aquel que os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley [es vuestro cumplimiento de la ley lo que os ha traído la novedad de vida que veis en vosotros?] o porque habéis escuchado la palabra de la fe?»[24]. Es decir, por el encuentro vivo que ha despertado toda vuestra persona.
Ante lo que hoy podríamos llamar la «narrativa» de los judaizantes, san Pablo no apela a otra cosa que a su experiencia de libertad. Tienen todos los elementos —en su experiencia— para juzgar las dos «narrativas».
Puesto a prueba por los gálatas, san Pablo solo puede ofrecer la experiencia. Y les dice a la cara: «¡Cristo nos ha liberado para la libertad! Manteneos firmes, pues, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud [la asfixia de la ley]. Mirad, yo, Pablo, os digo: si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Y declaro una vez más a todo hombre que se circuncida que está obligado a cumplir toda la Ley. Los que buscáis la justificación en la Ley habéis roto con Cristo; habéis caído de la gracia». Os habéis perdido lo mejor, ¡enhorabuena! Porque «no cuenta la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe», es decir, la novedad de vida, la fe que se hace vida en la realidad.
Luego llega el golpe de gracia: «Si yo siguiera predicando la circuncisión, ¿creéis que seguiría siendo perseguido?» [25]. El hecho de ser perseguido es la prueba fehaciente de su libertad respecto a la ley y a la circuncisión.
De este modo, simplemente invita a los gálatas a someter la razón a la experiencia. Tal como hace cada uno de nosotros.
Al fin y al cabo, Pablo hace lo mismo que hace Jesús cuando desafía constantemente la experiencia de Sus discípulos. Y eso es lo que le hace creíble. No quiere que crean sin razones; quiere que cada uno se adhiera por la experiencia que ha tenido. Por eso, después de todos los milagros que han visto, de los signos extraordinarios que ha realizado, muchos se entusiasman y quieren hacerlo rey. Él podría haberse conformado con esto: «Ya me reconocen, ¿qué más puedo desear?». Pero Jesús no nos engaña. Los mira con una ternura única: «¡No solo de pan vive el hombre!»[26]. Como diciendo: si solo tenéis este pan, que ha saciado vuestro hambre, no podéis tener vida… El pan que recibisteis ayer no es capaz de saciar el hambre y la sed de vuestro corazón. «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» [27]. ¡Vida, vida! Una vida que pueda llamarse vida, una vida que dure.
Ante este desafío, todos lo abandonan. Porque si uno no ha comprendido la naturaleza del problema —del hambre y la sed—, tampoco podrá comprender el alcance de lo que dice Jesús.
También los discípulos se encuentran ante la alternativa: dejarlo o quedarse con Él. Y deben decidir. Pero Jesús tampoco les ahorra el desafío: «¿También vosotros queréis marcharos?»[28] .
Aquí sale a la luz toda su experiencia: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» [29], palabras que llenan la vida. Qué experiencia habían tenido de Su persona para poder responder como respondió Pedro. Porque en su experiencia se cumplía lo que le habían oído decir: «Yo he venido [no para dominaros, sino] para que tengan vida y la tengan en abundancia»[30].
El único acceso a la verdad es una plenitud de vida. Sin plenitud, las narrativas lo tienen fácil. Al no encontrar obstáculos, ocupan todo el terreno y nos influyen fácilmente. No es una cuestión de inteligencia, ni de voluntarismo o rendimiento. Todo eso no basta para frenar su influencia. Solo la plenitud libera. Sin ella, estamos a merced de todo.
Solo la plenitud puede desenmascarar cualquier narrativa, porque es el único antídoto contra la jaula de las narrativas: la realidad se hace transparente en la experiencia. Y cuando llega un «tsunami» —cualquier provocación de la realidad que nos desafía con toda su potencia—, vemos a personas que se sorprenden libres de las narrativas. No se confunden, porque las narrativas son desenmascaradas por la experiencia de plenitud que Cristo les ha permitido vivir. Como nos atestiguan Pedro y Pablo.
Feliz Navidad a todos.
- Texto no revisado por el autor
Referencias:
[1] Dostoievski, Lettere sulla creatività, Feltrinelli, Milán 1991, p. 89.
[2] A. Gisotti, «A colloquio con Luciano Floridi: “C’è bisogno di etica e amore anche nell’era dell’Intelligenza Artificiale”», L’Osservatore Romano, 25 de octubre de 2025.
[3] H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Edizioni Comunità, Milán 1996, p. 649.
[4] T.S. Eliot, Coro de «La Rocca», BUR Rizzoli, Milán 2010, p. 89.
[5] Benedicto XVI, Spe salvi, § 24-25.
[6] L. Giussani, «È venuto il tempo della persona», en L. Cioni, Litterae Communionis CL, n. 1/1977, p. 11. 7 Ibíd., p. 12.
[7] Ivi, p. 12.
[8] Cfr. A. Savorana, Vita di don Giussani, BUR Rizzoli, Milano 2014, p. 489.
[9] L. Giussani, Il senso religioso, BUR Rizzoli, Milano 2023, p. 139.
[10] Ibidem.
[11] L. Giussani, In cammino. 1992-1998, BUR Rizzoli, Milano 2014, p. 311.
[12] L. Giussani, L’autocoscienza del cosmo, BUR Rizzoli, Milano 2000, p. 275.
[13] J.H. Newman, An Essay in aid of A Grammar of Assent, cit., p. 119; trad. it. cit. (aquí modificada), pp. 1145-1147.
[14] H.U. von Balthasar, Theologik, Bd. 1: Wahrheit der Welt, Johannes Verlag, Einsiedeln 1985, p. 13; trad. it. di G. Sommavilla, Verità del mondo, vol. 1 di Teologica, Jaca Book, Milano 1989, p. 29.
[15] L. Giussani, L’autocoscienza del cosmo, op. cit, p. 274.
[16] C.S. Lewis, Sorpreso dalla gioia, Jaca Book, Milano 1982, pp. 199-200.
[17] L. Giussani, In cammino…, op. cit., p. 253.
[18] L. Giussani, L’autocoscienza del cosmo, op. cit., p. 164.
[19] L. Giussani, In cammino…, op. cit., p. 254.
[20] L. Giussani, Avvenimento di libertà, Marietti 1820, Genova 2002, p. 190.
[21] Cfr. J. Carrón, L’origine della conoscenza nuova. Appunti da una conversazione con un gruppo di responsabili spagnoli di CL, in Huellas, novembre 2017 (https://www.clonline.org/storage_files/conversazione-carron-madrid.pdf).
[22] L. Giussani-S. Alberto-J. Prades, Generare tracce nella storia del mondo, BUR Milano, 2019, p. 90.
[23] Cfr. Gal 1-2.
[24] Gal 3, 1-5.
[25] Cfr. Gal 5,11. Per approfondire: J. Carrón, «Avvenimento e conoscenza in san Paolo», intervento al Meeting di Rimini, 25 agosto 2009 (https://www.meetingrimini.org/eventi-totale/avvenimento-e-conoscenza-in-san-paolo/).
[26] Mt 4,4.
[27] Gv 6,53.
[28] Gv 6,67.
[29] Gv 6,68.
[30] Gv 10,10
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