El verdugo

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16 marzo 2014
Hace días leía unas declaraciones de un médico abortista brasileño en las que explicaba que “un aborto se hace con el mismo amor con el que se atiende un parto”. No pude evitar acordarme de la gran película de Berlanga “El verdugo”.

Hace días leía unas declaraciones de un médico abortista brasileño en las que explicaba que “un aborto se hace con el mismo amor con el que se atiende un parto”. No pude evitar acordarme de la gran película de Berlanga “El verdugo”.

La película, bajo su aspecto humorístico, encierra un argumento realmente inquietante. En ella, un joven, que trata de abrirse camino en la vida, trabaja de enterrador. Dada la índole de su trabajo tiene dificultades para encontrar novia. Casualmente conoce a la hija (Emma Penella) de un verdugo a punto de alcanzar la edad de jubilación, papel interpretado por el gran Pepe Isbert. Ella, precisamente por el trabajo de su padre, tiene también problemas para relacionarse con el sexo opuesto. El caso es que llegan a intimar, y con objeto de conseguir piso, el joven protagonista acepta heredar el trabajo de su suegro, en la esperanza de no tener que llegar a ejercer nunca su siniestro nuevo oficio.

Los diálogos de la película son un verdadero hallazgo artístico, en los que el humor negro alcanza cotas no superadas. Sin embargo, encierran en ocasiones gran profundidad, y no nunca dejan indiferente al espectador. Véase un ejemplo:

– Yo creo que la gente tiene que morir en su cama… ¿no? – afirma el joven

– Naturalmente, pero si existe la pena, alguien tiene que aplicarla – contesta el verdugo.

El verdugo, convencido de la dignidad de su oficio, trata de aparentar normalidad. Y por eso defiende, con razones de quién conoce su oficio, la “humanidad” de la pena capital aplicada a garrote: “Me hacen reír los que dicen que el garrote es inhumano, que es mejor la guillotina… ¿Usted cree que hay derecho a enterrar a un hombre hecho pedazos?… Hace falta respetar al ajusticiado, que bastante desgracia tiene (…) ¿Y los americanos, con la silla eléctrica? Los deja negros, abrasados… ¿Dónde está la humanidad de la silla eléctrica?”

Por sus conocimientos, al verdugo se le llama “maestro”, e incluso un profesor y académico, de nombre Corcuera, le firmará al sucesor una dedicatoria en uno de sus libros, que versa precisamente sobre la pena de garrote: “al futuro verdugo, continuador de una tradición familiar”.

Tras ese argumento se esconden dramas humanos, y la extremada violencia que supone una muerte a garrote. Basta recordar aquel magistral lienzo de Ramón Casas, “Garrote vil”, de 1894, que recoge la ejecución pública de Isidro Mompart en 1892, para que al espectador se le pongan los pelos de punta a poco sensible que sea.  

El ser humano que aplica la pena de muerte a otro con la misma displicencia con la que, por ejemplo, un funcionario firma una notificación de embargo, nos estremece a todos, conmoviendo nuestras entrañas. Por eso la película deja en el espectador un recuerdo agridulce, y no se borra fácilmente de la memoria, porque hace meditar…

Las pavorosas declaraciones del médico abortista, me han producido una sensación parecida. No alcanzo a comprender, en general, a los médicos que se dedican a eliminar los cuerpecitos de los fetos cuando están en el interior de sus madres, triturándolos previamente. Pero suena a sarcasmo innoble decir que se hace con amor. Igualito que Pepe Isbert –el Verdugo- intentando justificar la bondad de su siniestro modo de ganarse la vida.  

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