El vasto club de los resentidos

Cultura · Cristian Serrano
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30 noviembre 2014
No falla. Están airados. La vida escuece para ellos. Pasan las temporadas. Jugadores y técnicos que no cuentan en un sitio tratan de destacar en otro. Los hay cuyo carácter es de enojo casi por naturaleza y los hay que se vuelven así a base de rabia e injusticia en grandes cantidades. Cuidado. Peligro. Este género muchas veces no tiene una brillante calidad pero su sed de venganza equilibra la balanza. No todo es habilidad, también está el espíritu. Si uno tiene más deseo de vencer que el rival, el componente de las habilidades pierde peso.

No falla. Están airados. La vida escuece para ellos. Pasan las temporadas. Jugadores y técnicos que no cuentan en un sitio tratan de destacar en otro. Los hay cuyo carácter es de enojo casi por naturaleza y los hay que se vuelven así a base de rabia e injusticia en grandes cantidades. Cuidado. Peligro. Este género muchas veces no tiene una brillante calidad pero su sed de venganza equilibra la balanza. No todo es habilidad, también está el espíritu. Si uno tiene más deseo de vencer que el rival, el componente de las habilidades pierde peso.

Esto ha hecho posible Alcorconazos. También la victoria del Inter de Mourinho frente al Barça absolutista de Guardiola. En esa victoria los había resentidos en el campo. Algunos rechazados por el Madrid y otros por el propio Barça. El factor entrenador es fundamental. Mourinho vive resentido y esto le favorece a la hora de motivar. Los jugadores salen exaltados tras estar con él. Eso hizo posible entonces la gesta. La consecución de la copa del Rey que después lograría el luso siendo entrenador del Madrid frente al Barça es otra muestra. O la liga de los records que posteriormente lograría estuvo cargada de escozor.

Lo mismo nos vale para la Décima. Con Ancelotti al frente, la salida de Mou dejó por sí sola tocados a muchos madridistas. Fue un tiempo de sacar orgullo para demostrar que el Madrid había ganado títulos sin él y lo seguiría haciendo. Y ahí tenemos el resultado.

La última jornada de Champions ha sido así. Maravilloso espectáculo futbolístico de garra. Récords aparte, el fútbol de los terrenales, unos más que otros, ha traído partidos de derroche, sudor y entrega para tratar de renacer. Ahí tienen al City. Deambulaba zombi, ninguneado y van muchas veces en Champions. Apareció el Kun. Él se fue a Manchester para esto. Equilibró calidad y corazón para darle a su equipo una victoria mayúscula, por la gesta que prácticamente obró él solo, además del propio valor del triunfo. Él esconde el pobre rendimiento colectivo. Él es la esperanza para el partido en Roma.

Lo mismo sucedió con los leones bilbaínos. El Oporto había hecho los deberes. Los de Valverde llevan días mostrando su versión más labriega para recuperarse de abundantes jornadas de desazón. Ganaron para dar en la jornada que cierra la fase de grupos el último resorte que les posibilite acceder a la Europa League.

Así es la vida del futbolista. Parecen amilanarse por instantes. Pero no. Es entonces cuando muchos pasan del ostracismo a la gloria. Ellos son enigmáticos, inaprensibles por momentos. Aprovechan cualquier mínimo de aura para tomar impulso y tañer con la pelota la rabia que recorre cada fracción de su cuerpo.

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