El valor (político) de la estima

Editorial · Fernando de Haro
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26 noviembre 2023
El poder pensar y construir juntos es mucho más relevante para la vida en común que las diferencias de juicio sobre cuestiones jurídicas, cuestiones de gobernabilidad y cuestiones partidistas.

Antoni Puigvert ha tenido la generosidad de responder in extenso al editorial sobre la ley de amnistía que publicaba hace unas semanas en este periódico. Me siento muy honrado porque un gran articulista y escritor como Antoni se haya tomado tan en serio lo que solo era un comentario rápido, un boceto de análisis. Puigvert, con franqueza y delicadeza, explica por qué no está de acuerdo conmigo. Pero la noticia no es que entre nosotros haya diferencias de criterio y de valoración de lo que ha sucedido en Cataluña y el resto de España desde hace años. La noticia, la buena noticia, es que la conversación se haya iniciado. No hay polarización, no hay diferencia que pueda impedir una estima mutua. La estima que permite expresar afectos y convicciones en un clima de confianza. El poder pensar y construir juntos, el concebirse el uno con el otro, es mucho más relevante para la vida en común que las diferencias de juicio sobre cuestiones jurídicas, cuestiones de gobernabilidad y cuestiones partidistas. Estas cuestiones son importantes, muy importantes. Pero no son “lo más importante”.

La conversación con Puigvert, apenas comenzada, es una historia particular que tiene un valor universal. Certifica que hay comunidad social y política (la política no es solo política de partidos). Como ha señalado recientemente Víctor Pérez Díaz, “con frecuencia, las elites políticas parecen empeñadas en deshacer la comunidad política dividiéndola en torno a dos polos contrapuestos, de amigos y enemigos […] muchos políticos tienden no sólo a polarizar la sociedad en torno a dos grandes polos contrapuestos, sino a fragmentarla y segmentarla en una variedad de colectivos definidos por identidades hechas de intereses-sentimientos-relatos-rituales no ya “diferenciados” sino “opuestos”. Pero la realidad es que bajo la bronca infinita continúa corriendo el río de la vida y de la experiencia. Y ese río tiene muchas expresiones de concordia elemental que permiten hacer cosas juntos, construir país, reconocerse en la diferencia.

La polarización, también la polarización sobre la amnistía, está siendo alimentada por los líderes de los partidos que, guiados por una lógica cortoplacista e irresponsable justifican sus decisiones e intentan evitar cambios de opinión en sus electores. “No hay por qué aceptar prima facie los marcos interpretativos belicistas predominantes entres los creadores de opinión”, señala el sociólogo. En ocasiones esos marcos interpretativos vienen alimentados por la “necesidad de decir la verdad”.  Y eso certifica que no se ha respetado el método de la verdad. Sin duda la verdad es la base de la convivencia. Pero quizás convenga repensar qué significa “decir la verdad” a partir de la experiencia. La experiencia es el único modo de acceder a un punto sólido.

La verdad más elemental y más decisiva es la concordia sencilla, con muchos límites y con muchos desgastes, que no ha sido destruida del todo. Sin este factor metapolítico mueren las democracias. La Constitución y el Estado de derecho son esenciales para mantener en pie una democracia. Son condiciones necesarias pero no suficientes. Hay quien sigue pensando, a pesar de todo lo ocurrido, con la vieja ilusión de la racionalidad ilustrada, que basta formular verdades claras y sencillas, basta plasmarlas en un texto, para que todo esté resuelto.

La  experiencia humana de reconocimiento elemental, que podemos reconocer en la España de 2023, se realiza de un modo más claro y más pleno en el seno de la comunidad cristiana cuando es fiel a la fuente que la alimenta. La primera y decisiva verdad es que los miembros de la comunidad cristiana son “uno”. No hay ni judío ni griego, no hay ni constitucionalista ni independentista, hay una unidad generada por el acontecimiento cristiano que sigue sucediendo y sorprendiendo por la correspondencia que suscita. Esta unidad es la gran aportación a la casa común. No le falta nada a esa unidad porque entre sus miembros haya diferencias de criterio sobre cuestiones sociales y políticas. Es necesario distinguir para unir. El juicio común de los cristianos en estos temas no puede ser un a priori so pena de menoscabar la libertad y de reducir la experiencia a un esquema. El juicio común sobre cuestiones sociales y políticas en la comunidad cristiana es un camino, un proceso, no un espacio conquistado. Y cuanto más contingente sea la materia que se juzgue, más sometido estará a variaciones y más necesario será corregir y aceptar las diferentes aportaciones.

Un juicio común impuesto desde arriba puede propiciar la alienación y la falta de responsabilidad personal. El juicio sobre cuestiones políticas y jurídicas requiere entrar en la complejidad de las materias que se abordan. Estamos hablando de derecho constitucional, de tratados internacionales, de los vericuetos de un sistema autonómico federalizado, de afecciones y de desafecciones… estamos hablando de verdades jurídicas, de verdades políticas, de verdades históricas a las que no podemos aproximarnos sin respetar la diversidad de cada uno de los objetos valorados. Todos tenemos un mundo de referencias y de sentimientos. Es un punto de partida que a menudo está llamado a ser superado por el objeto que se quiere conocer. No es fácil reconocer que, en ocasiones, la verdad que formulamos  no ha surgido de la experiencia sino de la ideología. Pero es necesario hacerlo.

La verdad no es un enunciado. En el ámbito de la vida una definición, un enunciado, solo se puede formular cuando ha sido conquistado por la experiencia, de otro modo, es una forma de violencia. La verdad es relación. Un sistema parlamentario está basado en un proceso deliberativo, en una conversación que se traduce en leyes. Esa conversación es la que le falta a la clase política. Pero la trinchera infinita no tiene por qué instalarse en la sociedad civil, entre las familias y entre los amigos. Es apasionante escuchar las razones de otros y formular las propias sin estar dominado por el ansia de que todo sea inmediatamente claro para todos. Sin el ansia de acelerar los tiempos que cada uno necesita para hacer su camino. Con la tranquilidad de que todo sirve para aprender.

 

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