El trauma colectivo

Cultura · Eugenio Borgna
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29 octubre 2020
¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

De repente cambiaron nuestros hábitos de conducta y se prohibieron hasta los gestos más sencillos y afectuosos, como estrecharse la mano, hacer una caricia, acercarse a una persona enferma o a un amigo. La primera dimensión de lo que todavía hoy sigue siendo un trauma colectivo ha sido el aislamiento. Sus consecuencias psicológicas han sido mucho menos evidentes en los que son más proclives al diálogo interior y a la reflexión, a la meditación y al recogimiento, al silencio y la oración, que han dado un sentido a la pérdida de las relaciones sociales dando paso a todo ello en nuestra vida. Claro que, en la manera de enfrentarse al malestar causado por el aislamiento, también han influido factores como la edad y el lugar de residencia: en grandes ciudades, sobre todo en sus periferias, o en ciudades pequeñas, en casas con espacios amplios o en viviendas con espacios asfixiantes que no permitían la privacidad ni la autonomía.

Las semanas que vivimos aislados podían resultar de ayuda para conocer mejor nuestra vida interior, sus límites y confines, nuestras fragilidades y sensibilidad, pero también podían ser fuente de angustia, desesperación, nostalgia, memoria del corazón, arideciendo nuestras expectativas y esperanzas, y generando las raíces de un trauma colectivo que ni siquiera se apagó cuando la pandemia parecía reducir su intensidad.

La segunda dimensión de este trauma colectivo ha sido el miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte, que ha despertado en nuestro interior. La muerte acompaña a la vida en muchas circunstancias dolorosas: la muerte natural, la muerte debida a una enfermedad o a un accidente, la muerte voluntaria. Y cada vez que aparece nos obliga a tomar conciencia de ella, con dolor, desesperación, resignación y oración. La muerte, que las pantallas de televisión nos mostraban en las semanas más duras de la pandemia, se ha visto dañada en su dignidad, en su intimidad, una muerte desgarrada y cosificada, una muerte que llegaba a menudo en una situación de aislamiento atroz. El silencio de la muerte, la soledad de la muerte, la dignidad y la piedad de la muerte, no aparecían en las imágenes que circulaban por las pantallas, que mostraban la humanidad torturada y lacerada por algo radicalmente ajeno al sentido de la muerte como otra imagen de la vida, como decía Rainer Maria Rilke.

¿Qué queda hoy del trauma colectivo que durante los primeros meses del año inundaba nuestra vida? El aislamiento dejará en algunos de nosotros huellas de ansiedad y depresión, destinadas sin embargo a caer poco a poco en el olvido si la pandemia no vuelve a extender sus brazos. La angustia de la muerte, de una muerte tan terrible como la que hemos conocido con su presencia y su frecuencia, será difícil olvidarla aunque los contagios se redujeran. Pero el peligro de contagio sigue siendo muy alto y la tarea a la que todos nos enfrentamos es la de cumplir con un rigor extremo las normas de comportamiento que se nos han impuesto pero sin caer presa de un trauma colectivo que nos haga ajenos a la amistad y a la solidaridad, a la acogida y la hospitalidad, a la gentileza y la ternura, a la esperanza.

La esperanza parece naufragar por los acantilados de la soledad, de la angustia y de la desesperación que estas semanas han invadido nuestros corazones, pero tras la desesperación, como dice Georges Bernanos, ¿no podrá acaso brotar una nueva esperanza que, como un puente, ponga en contacto nuestra esperanza con la de aquellos que ya la han perdido?

Vita e pensiero

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