Editorial

El sur ya no es el sur

Editorial · Fernando de Haro
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26 mayo 2018
El Mediterráneo se ha estrechado. Los vecinos del sur de Europa han quedado más cerca después de lo sucedido en los últimos días. Italia ya tiene primer ministro para ejecutar un programa de Gobierno de imposible cumplimiento con dos formaciones antieuropeas, muy disconformes con el modo en el que se ha concebido la democracia en el Viejo Continente desde la II Guerra Mundial. España, aunque no lo reconozcan buena parte de sus líderes ni de la opinión pública, se encamina hacia algo similar.

El Mediterráneo se ha estrechado. Los vecinos del sur de Europa han quedado más cerca después de lo sucedido en los últimos días. Italia ya tiene primer ministro para ejecutar un programa de Gobierno de imposible cumplimiento con dos formaciones antieuropeas, muy disconformes con el modo en el que se ha concebido la democracia en el Viejo Continente desde la II Guerra Mundial. España, aunque no lo reconozcan buena parte de sus líderes ni de la opinión pública, se encamina hacia algo similar.

La moción de censura planteada por los socialistas para echar a Rajoy en plena crisis catalana y la incapacidad de Rajoy para reconocer el daño de la corrupción son signos de una descomposición con unas raíces antropológicas que nadie parece querer ver. Los presupuestos sobre los que se asentaban las dos democracias se diluyen.

Los puntos de partida son bien diferentes, pero tienden a converger. Italia es fundadora de la Unión Europea. España llegó muy tarde, en una ampliación de mediados de los años 80, junto con Portugal. Los dos países salían de sendas dictaduras. Italia dejó atrás sus partidos de postguerra tras la crisis de mediados de los 90 y el surgimiento de la II República. El resultado de las últimas elecciones ha pulverizado lo que todavía podía quedar en pie del viejo orden.

España mantiene, en apariencia, a los partidos protagonistas de la vida pública surgidos desde la transición (con excepción de la UCD). Pero quizás ya solo estemos ante un juego de espejos.

El gran PSOE que gobernó en la inmediata post-transición ya no existe. Con la moción de censura del pasado viernes se ha empeñado en demostrarlo a las claras. Los socialistas, en otro tiempo partido de Estado, solo cuentan ya con 86 diputados y con esas reducidas fuerzas y el apoyo necesario de los partidos independentistas, que quieren quebrar España, pretende echar a Rajoy. La jugada, de una irresponsabilidad mayúscula, pretende justificarse en la “indignidad” de las condenas por corrupción del partido en el Gobierno. Algunos de los galácticos de la época de Aznar han entrado en prisión, se da por probada la financiación irregular, se esperan más condenas…

Y Rajoy, en esta circunstancia, parece empeñado también en que el PP desaparezca. Niega la gravedad de los hechos, no pide perdón con contundencia y no promueve un relevo. Pretende, como pretendió cierta derecha italiana durante años, que en nombre de la estabilidad y del miedo a la izquierda, los que fueran sus votantes se olviden de lo inolvidable: su partido, convertido en una maquinaria alejada de la sociedad, albergó prácticas muy irregulares; algunos de sus líderes, algunos muy señalados, concebían la vida pública como fuente de enriquecimiento. La corrupción, grave por sus efectos, es el síntoma de un mal mayor: la inconsistencia personal de los políticos, la desconexión de las necesidades de la gente.

La situación política española es grave porque no hay relevo consistente. Los nuevos partidos no tienen suficiente madurez. Pero el drama es que socialistas y liberales (no quedan conservadores) siguen dando por supuesto una estructura cultural y antropológica que ya no existe. Por eso actúan con tanta inconsciencia. Para los jóvenes ya no es evidente que nuestra democracia, con sus defectos, es el mejor sistema. De la tradición, en el sur, queda en pie, el vínculo de la familia. Y poco más. Socialdemócratas y liberales están convencidos de que, tras la crisis de los últimos años, como tras la II Guerra Mundial, basta con restaurar el viejo orden, recuperar el crecimiento económico y unos niveles parecidos de bienestar. Algunos, pocos, arreglos servirían para recuperar la confianza en las instituciones, para que la democracia volviera a ser lo que fue. Por eso no reaccionan ante la corrupción, por eso no tienen claves para hacer frente al desafío del soberanismo y del independentismo. Por eso irresponsablemente juegan a derrocar al Gobierno o a mantenerse en él a cualquier precio, sin darse cuenta de que la democracia, como la hemos entendido hasta ahora, y todos aquellos valores en los que se sustentaba, no son una premisa, una conquista lograda para siempre.

Tras las últimas guerras en Oriente Próximo hemos aprendido que la democracia occidental no puede implantarse sin un sustrato de cultura occidental. Lo que algunos no quieren ver es que Occidente ha dejado de ser occidente, el sur de Europa ha dejado ser lo que era. Los síntomas son estrepitosos: la obsesión por resolver cualquier conflicto en los tribunales y a base de un derecho más punitivo, la dificultad de aceptar el perdón como categoría cívica, la debilidad para ir al encuentro del otro, la búsqueda permanente de un chivo expiatorio… En este contexto no se puede hacer política como se hacía hasta ahora porque la desconfianza es grande. No se puede seguir haciendo política sin darse cuenta de que el gran edificio ciudadano de las décadas pasadas se ha convertido en una pura ruina. La reconstrucción será lenta y no tiene más camino que una política sinceramente, concretamente, enfocada al bien común. Un bien que tiene el rostro concreto de las personas concretas.

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