El sorprendente método de B16

Mundo · Fernando de Haro
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8 noviembre 2010
La televisión tiene una ventaja. La televisión informativa que transmite acontecimientos en directo, no la que fabrica realities descerebrados, tiene la ventaja de hacer llegar a muchos lo que está sucediendo sin el filtro de la opinión publicada. Muchos millones han podido disfrutar de ella este fin de semana en el que Benedicto XVI ha estado en España. Nuestro país ha sido una excepción en el entorno occidental.

Hasta la prensa más laicista, como la del Reino Unido, ha reconocido la talla y la verdad que señalaba el Papa en otros viajes. La nuestra, confirmando las palabras del Pontífice, se aferraba a viejos esquemas anticlericales. Mientras la tinta impresa, cada vez menos leída, se aferraba a viejos prejuicios; mientras la prensa más conservadora, queriendo remar a favor del viaje, defendía esquemas en los que se subrayan algunos valores o proyectos de recristianización, la gente sencilla se quedaba pegada a las pantallas de los televisores imantada por las imágenes con los movimientos, las palabras y las miradas de un hombre vestido de blanco. Y esta gente sencilla ha asistido a un hecho que es poco frecuente, excepcional.

Durante las 32 horas que el Papa ha estado entre nosotros han visto a un hombre humilde y claro -se entiende todo lo que dice- en el que la palabra y los gestos coinciden. Es fácil entender viéndole cómo disfruta de la belleza, cómo goza de las cosas bonitas, cómo mira a los niños con Síndrome de Down, cómo saluda a los que le han esperado durante horas, cómo propone sin enredarse en confrontaciones inútiles que Dios no es enemigo de los hombres, que "entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria". Sus palabras no contenían proyectos o reflexiones santas, más bien eran una descripción de lo que estaba sucediendo.

Ha sido fácil comprender que la verdad no es enemiga de la libertad porque todos hemos visto que el hombre Ratzinger es un hombre libre. Hemos visto en acto qué supone que un hombre europeo reconozca que "Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida". Hemos visto realizado qué supone que un alemán que ha conocido bien la grandeza y los límites de Europa afirme que "sólo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre" (homilía en la Plaza del Obradoiro). Hemos visto cómo es un hombre que ha "superado la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana" (homilía en la Sagrada Familia). Eso es lo que nos ha pegado al televisor.

Su mano señalando el Pantocrátor del Pórtico de la Gloria nos ha indicado el origen de esa  humanidad que durante 32 horas nos ha cautivado. Benedicto, padre y maestro, nos ha indicado también el método. De nada sirven los planes para recuperar las raíces cristianas. El reto es una Iglesia peregrina y "peregrinar significa salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios allí donde Él se ha manifestado, allí donde la gracia divina se ha mostrado con particular esplendor y ha producido abundantes frutos de conversión y santidad entre los creyentes" (intervención en la Catedral de Santiago de Compostela".

Es el sorprendente método de B16: ir al encuentro de lo que Dios hace.

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