El silencio de Hiroshima y el grito del Papa

Mundo · Andrea Tornielli
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27 noviembre 2019
Hubo un grito que rompió el gran silencio en memoria de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. La firme condena no solo del uso sino también de la posesión de armamento atómico que Francisco pronunció desde los lugares simbólicos del holocausto nuclear de la Segunda Guerra Mundial supone un paso más en el magisterio social de la Iglesia, aunque el Papa ya utilizara una expresión parecida en un discurso de hace dos años.

Hubo un grito que rompió el gran silencio en memoria de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. La firme condena no solo del uso sino también de la posesión de armamento atómico que Francisco pronunció desde los lugares simbólicos del holocausto nuclear de la Segunda Guerra Mundial supone un paso más en el magisterio social de la Iglesia, aunque el Papa ya utilizara una expresión parecida en un discurso de hace dos años.

En Nagasaki, en el Atomic bomb Hypocenter Park, el Papa afirmó que la paz y la estabilidad internacional son incompatibles con cualquier intento de construir sobre el miedo a la destrucción mutua o a una amenaza de aniquilación total. Definió como “un atentado continuo que clama al cielo” el dinero gastado y las fortunas adquiridas por fabricar, modernizar, mantener y vender armas, cada vez más destructivas, en el mundo actual, “donde millones de niños y familias viven en condiciones inhumanas”. Y denunció la erosión del enfoque multilateral, un fenómeno más grave aún ante el desarrollo de las nuevas tecnologías de las armas que nos está encaminando hacia una Tercera Guerra Mundial aunque de momento se combate “a trozos”, como suele repetir el propio Francisco.

En Hiroshima, última etapa de su larga jornada japonesa, el Papa quiso reiterar que “el uso de la energía atómica con fines bélicos es, hoy más que nunca, un crimen, no solo contra el ser humano y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines bélicos es inmoral”. También añadió que es igualmente inmoral la posesión de estas armas devastadoras.

En realidad, el Papa ya habló de esto el 10 de noviembre de 2017, en el Vaticano, dirigiéndose a los participantes en el congreso “Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y un desarme integral”, diciendo que “no podemos evitar sentir una viva sensación de inquietud si consideramos las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales que derivan de cualquier uso de artillería nuclear. Por tanto, tomando en consideración el riesgo de una detonación accidental de dichas armas por un error de cualquier tipo, hay que condenar con firmeza la amenaza que supone su uso, además de su mera posesión, precisamente porque su existencia se debe a una lógica del miedo que no solo afecta a las partes implicadas en el conflicto sino a todo el género humano”.

Sus palabras no tuvieron entonces el eco mundial que en cambio obtuvieron el pasado domingo en Hiroshima, delante de los supervivientes del desastre atómico, con sus dramáticas y conmovedoras historias, y los líderes de otras religiones. De hecho, la decisión de definir como inmoral hasta la posesión y acumulación de este armamento mortal, que pone diariamente al mundo en riesgo de autodestrucción, está destinada a pesar y marcar un punto de no retorno. La verdadera paz, dijo Francisco, solo puede ser una paz desarmada, fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, de la atención a nuestra casa común y de la promoción del bien común. Aprendiendo de las enseñanzas de la historia que el dolor abismal vivido en Hiroshima y Nagasaki nos sigue testimoniando. Ese dolor abismal que se refleja en el rostro de la Virgen de madera que emergió entre las fuinas de Nagasaki, ennegrecido por las llamas y sin ojos. Una imagen que acompañó con su cercanía y su advertencia ese intenso domingo japonés del obispo de Roma y el grito que quiso elevar al mundo entero.

L`osservatore romano

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