El rumbo incierto de Podemos

España · Carlos Bueno
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13 marzo 2019
Hace ya cierto tiempo que las disputas entre las distintas facciones de Podemos dejaron de ser noticia. Pese a que la formación se afanaba en mostrar una unidad que no era tal y acusaba a la prensa de querer sembrar la disrupción entre sus filas, se hacía complicado no ver que, lejos de existir una supuesta conspiración mediática, en Podemos coexistían distintas sensibilidades políticas, estrategias e incluso ideologías.

Hace ya cierto tiempo que las disputas entre las distintas facciones de Podemos dejaron de ser noticia. Pese a que la formación se afanaba en mostrar una unidad que no era tal y acusaba a la prensa de querer sembrar la disrupción entre sus filas, se hacía complicado no ver que, lejos de existir una supuesta conspiración mediática, en Podemos coexistían distintas sensibilidades políticas, estrategias e incluso ideologías.

Estas diferencias de criterio determinaban el día a día de la formación y le hacían muy complicada la tarea de seguir creciendo, ya que eran habituales la indefinición o la disparidad de opiniones entre sus dirigentes respecto a asuntos tan relevantes como la crisis en Cataluña o el acuerdo de pactos para la formación de gobierno en España.

En ocasiones estas disputas se saldaban con la dimisión, voluntaria o no, de aquel cargo que no comulgase con el parecer de la dirección nacional. Otras veces, si el disidente no tenía la fuerza suficiente o el respaldo necesario como para resistir, era apartado directamente. En definitiva, si era posible, se forzaba la tan ansiada unidad tratando de no hacer demasiado ruido.

No obstante, pese al firme liderazgo que aparentaba ejercer Pablo Iglesias en Podemos, la disidencia se atrevió a plantarle cara abiertamente. Fue en Vistalegre II, el Consejo Ciudadano Estatal de la formación celebrado en febrero de 2017. En aquella ocasión, Íñigo Errejón, de perfil más moderado y partidario de buscar el entendimiento con el PSOE, le disputó a Iglesias el liderato. Perdió.

Errejón no fue defenestrado de Podemos, pero sí quedó relegado a ejercer un papel secundario, aunque no menor. Pasó de ocupar la portavocía del Congreso de los Diputados a ser designado como candidato del partido a las elecciones autonómicas de 2019 en la Comunidad de Madrid. A día de hoy quizás Iglesias esté arrepentido de no haber optado por liquidar políticamente a Errejón, como suelen hacer los partidos tradicionales en estas situaciones, véase el caso de Eduardo Madina en el PSOE o el de Soraya Sáenz de Santamaría en el PP.

La fórmula empleada por Podemos para resolver sus grandes disputas –la consulta a las bases– no era nueva en el seno de la formación. De hecho, es una táctica que gusta a Iglesias y con la que el líder de la formación se siente muy cómodo. Es un todo o nada en el que se vale de su imagen personal y de su notoriedad para imponer su criterio. Iglesias la empleó y puso su cargo a disposición de la militancia incluso cuando fue enormemente criticado por adquirir un chalé valorado en unos 600.000 euros. Iglesias nunca ha sido uno de los líderes mejor valorados de este país, precisamente porque es de aquellos que consiguen levantar odio y pasión a partes iguales. El primer sentimiento entre sus adversarios y el segundo entre sus seguidores. Es por ello que no es difícil adivinar el resultado de sus victorias personales en Podemos antes de que estas se produzcan, si son las bases las que deciden.

Pablo Iglesias siempre ha defendido que el ejercicio de la política consiste en cabalgar contradicciones. Pero él ha pasado de hacerlo a lomos de un pura sangre, torso desnudo y melena al viento a hacerlo postrado en un trono a hombros de un séquito de leales. Mientras él se afanaba en mantener el control del partido a toda costa, o más bien a costa de los disidentes, muchos de sus votantes han perdido la ilusión y la confianza en el proyecto que pretendía representar Podemos. Al menos, así lo reflejan las encuestas.

Podemos nació con la voluntad de transformar radicalmente la política de este país, de acabar con el tiempo de las mayorías absolutas, de dar voz a una parte de la ciudadanía que no se sentía representada por ninguno de los partidos que existían entonces. Aquellos objetivos, fruto de una España golpeada por la crisis económica y asqueada por la corrupción, se lograron. Podemos incluso llegó al gobierno de ayuntamientos y comunidades autónomas de gran relevancia.

No obstante, parecía que la formación no podía sino seguir creciendo y se podría pensar que llegar a superar al Partido Socialista, sacudido por la crisis de la socialdemocracia en Europa, era sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, llegados a este punto, la situación se estancó, comenzaron las indefiniciones, las disparidades de criterio y, en última instancia, las fisuras. Se falló a la hora de definir un rumbo a seguir, o se trató de forzar a todos a seguir el rumbo trazado por Iglesias, un rumbo que alejaba a Podemos de la moderación y del entendimiento con el PSOE, de la mayoría social.

Iglesias apostó por el hundimiento de la socialdemocracia y parece estar perdiendo el envite. Pese a que varios de sus homólogos europeos casi se han extinguido, el PSOE vive un momento dulce. Pedro Sánchez supo leer la situación y, a pesar de las duras críticas internas y externas, siempre estuvo dispuesto a dialogar con Podemos, aunque no a someterse. Desde la derecha se acusa a Sánchez de haber “podemizado” el PSOE. Y no les falta razón a sus críticos. Existen propuestas e ideas en los programas y argumentarios socialistas que difícilmente hubieran sido posibles antes de la irrupción de Podemos en España. Quizás sea esto lo que diferencia el buen estado de forma del PSOE del de sus homólogos en Europa.

A Íñigo Errejón no le gusta la deriva a la que Iglesias ha llevado a Podemos, así que abandona el barco y traza su propio rumbo. Veremos si el viento que empuja sus velas consigue acercarle a un PSOE que a día de hoy representa la moderación y va en cabeza en la lucha por el centro político.

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