El reloj de la historia no ha vuelto atrás

Mundo · Giuseppe Di Fazio
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29 septiembre 2021
El reloj de la historia no ha vuelto atrás, a pesar de que las señales que nos llegan desde Afganistán parecen querer devolvernos a los momentos de odio y miedo ligados al atentado kamikaze del 11-S.

Kabul de nuevo en manos talibanes, terroristas suicidas sembrando la muerte, palabras de dolor, orgullo y venganza en la Casa Blanca, todo ello podría llevarnos a pensar que volvemos a la casilla de salida. Doblegados y buscando venganza. Y además la decepción por los miles de millones de dólares gastados en la campaña civil y militar afgana, el dolor por los cientos de miles de muertos y la desazón de no haber sido capaces de “exportar” la democracia a esa región. Datos que nos dicen que sin duda la misión occidental en Afganistán (cerrada de manera bastante precipitada) no ha sido precisamente un éxito. Pero no es cierto que volvamos a partir de cero.

El 11 de septiembre de 2001 una gravísima herida desgarró el corazón de un Occidente que vivía convencido de haber llegado al punto culminante de su historia y que, sin embargo, se halló de pronto sumido en el miedo y la precariedad. En los últimos dos años, la pandemia de Covid-19 ha reavivado agudamente esas sensaciones, oscureciendo en parte el resto de cuestiones sobre la mesa, desde la pobreza hasta la guerra. Pero el estallido del nuevo caso Afganistán nos obliga a medirnos con ciertas preguntas ineludibles.

¿La presencia de Dios en la historia es la fuente de la intolerancia?

Más bien lo es la presencia del mal, en el mundo y en nosotros mismos. Después de todo lo que ha pasado en Kabul, ¿podemos repetir lo que publicó el periodista Francesco Merlo el 15 de septiembre de 2001 en el Corriere della Sera, que “la irrupción de Dios en la historia siempre es el Apocalipsis” y que “la religión siempre es el opio de los pueblos”?

La masacre terrorista perpetrada en 2001 en nombre del Dios de la ideología llevó a varios intelectuales laicos a sacar una conclusión equivocada: si queremos eliminar el terror, eliminemos a Dios de la historia de la humanidad. Muy cerca del 11 de septiembre de 2001, sor Anna Chiara, superiora del monasterio trapense de Kikivit en la República democrática del Congo, decía: “La fe no tiene nada que ver. Es la desesperación ante la injusticia lo que lleva al fanatismo”. Sor Anna Chiara sabía un poco de fanatismo islámico, pues pocos meses antes, allí en el Congo, habían degollado a un misionero jesuita y además aún seguía vivo en ella el dolor por el asesinato de los monjes trapenses de Argelia en 1996.

Justo en 2001 Juan Pablo II, de cara a la Jornada mundial de la Paz del 1 de enero del año siguiente, recordaba a todos que “no se mata en nombre de Dios” y que no puede haber paz sin justicia, ni justicia sin perdón. Y para que ningún responsable de las religiones hiciera concesiones al terrorismo, el papa Wojtyla convocó en Asís, en enero de 2002, un momento de oración por la paz con la presencia de los principales líderes espirituales del mundo.

Desde entonces, el camino del diálogo interreligioso en favor de la paz ha crecido mucho, hasta el punto de que en 2019, en Abu Dabi, el papa Francisco y el gran imán Ahmad Al-Tayyed firmaron un documento “Sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”. En ese texto se declara execrable el terrorismo, se afirma que “no tiene base alguna en las convicciones religiosas fundamentales, solo en sus deformaciones”, y se invita a los creyentes a adoptar una cultura del diálogo, la colaboración y el conocimiento mutuo. El viaje del papa Francisco a Iraq, el pasado mes de marzo, fue un ejemplo evidente de cómo los fieles de diferentes religiones pueden encontrarse y reconstruir juntos la paz partiendo del presupuesto de que todos somos hermanos, como hijos del mismo Padre.

¿Cómo reconstruir el diálogo y la paz?

Los veinte años que acaban de pasar nos dejan importantes cosas que aprender. Sobre todo, que la democracia no es un pliego cerrado que exportar como si fueran muebles de Ikea. Más bien es un proceso largo que requiere un sujeto y una historia. En Afganistán, igual que en los países que en 2010-2011 vivieron las primaveras árabes (especialmente Túnez y Egipto), el proceso que lleva a responder al deseo de libertad y dignidad (palabras clave de las revoluciones de ambos países) es largo. Pero quien haya experimentado la belleza de la libertad (aunque sea por poco tiempo) y el respeto de la propia dignidad (pienso en las mujeres afganas o en que el índice de alfabetización de ese país ha pasado en veinte años del 8 al 43%), o quien haya visto con sus propios ojos que musulmanes y cristianos pueden convivir pacíficamente y ayudarse (véase el caso de ciertas zonas martirizadas en Iraq), ya no puede conformarse con un retorno a la lógica del califato. Ese deseo de libertad y dignidad hay que protegerlo, cultivarlo y ayudarlo con todos los medios disponibles al alcance de la diplomacia internacional.

Pero nosotros los occidentales también tenemos mucho que aprender de la lección de estos veinte años. En un mundo que avanza a varias velocidades, hecho de tantas islas aparentemente felices y de tantas situaciones infernales, la pandemia nos ha obligado a pensar que nadie se puede salvar solo. Y esto no solo vale para salir del Covid, vale para todo, vale para afrontar las grandes cuestiones medioambientales, migratorias, de pobreza, derechos humanos y terrorismo. Lo que está pasando en Kabul obliga, por ejemplo, a Europa a replantearse su política de acogida de inmigrantes de Afganistán.

Este vínculo entre los pueblos, ricos o pobres –como señala el papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti– no se puede reconstruir “sin una apertura al padre de todos”. Sin esta conciencia, de hecho, no puede haber “razones sólidas y estables para hacer un llamamiento a la fraternidad”. Acabaríamos volviendo (el riesgo está a la vuelta de la esquina) a políticas aislacionistas y a la ley del talión.

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