El problema central es el problema de Dios

Mundo · José Luis Restán
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5 junio 2008
El discurso anual del Papa a la Asamblea de los obispos italianos suele revestir caracteres programáticos y sirve para identificar los temas a los que el pontificado quiere prestar mayor atención. La centralidad de Dios en la vida, la emergencia educativa y su respuesta, y la participación de los católicos en el debate público han sido los núcleos de este importante discurso cuyo interés trasciende, deliberadamente, las fronteras italianas.

Destaca la insistencia de Benedicto XVI en el gran argumento de la Conferencia de Aparecida, si bien esta vez en un contexto europeo: sólo a través del encuentro con el Dios viviente, que puede abrir nuestra razón y fortalecer nuestra libertad, será posible dar consistencia y vigor a los diversos proyectos sociales para servir al bien común. Por tanto, la caridad operativa y eficaz y la inteligencia para construir la ciudad del hombre dentro de la historia nacen de la experiencia viva de la fe. Lo contrario, y es urgente que el mundo católico lo entienda, es desparramar. Más aún, induce tarde o temprano a la frustración de esos bienintencionados proyectos, y a que muchos desemboquen en el cinismo o en la ideología. "El problema central del hombre de hoy sigue siendo el problema de Dios", afirma el Papa, "y ningún problema humano y social podrá ser verdaderamente resuelto si Dios no vuelve a estar en el centro de nuestra vida".

Otro núcleo del discurso incide de nuevo en la idea tan subrayada por el Papa de la "emergencia educativa", o sea, la incapacidad de acompañar a las nuevas generaciones en el recorrido de sus grandes preguntas y deseos, y por tanto de transmitir las certezas necesarias para afrontar el futuro. Benedicto XVI dice que para la Iglesia esta emergencia toma un rostro bien preciso, el de la transmisión de la fe, y advierte que para afrontarla es preciso hacer cuentas con los obstáculos que plantean el relativismo y el laicismo. Se trata de hacer descubrir a los jóvenes el rostro de ese Dios que es el verdadero amigo del hombre, y llama la atención sobre el hecho de que el Espíritu Santo ha suscitado en los últimos tiempos muchos carismas y energías evangelizadoras que los obispos deben acoger y sostener con alegría, asegurando que permanezcan siempre en el cauce de la comunión eclesial.

Por último nos centramos en el apartado dedicado por el Papa al significado de una verdadera laicidad, en la cual la Iglesia debe jugar un papel protagonista. Retomando sus palabras a los obispos de los Estados Unidos, Benedicto XVI invita a sus hermanos italianos a participar en el intercambio de ideas en la arena pública, para contribuir a modelar una nueva cultura, y les pide resistir la tendencia a considerar al cristianismo como un hecho privado. Por el contrario, de la fe brotan energías y proyectos capaces de ofrecer respuestas válidas a los problemas sociales y morales más acuciantes.                   

Interesante también la reflexión final del Papa sobre la gran oportunidad que supone para la Iglesia en Italia disponer de medios de comunicación que puedan interpretar sus preocupaciones cotidianamente en el debate público, de forma libre y autónoma, pero en espíritu de sincera comunión. Es una reflexión que debiéramos profundizar, en todos sus términos, especialmente en España.

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