El PP en su laberinto

España · Fernando de Haro
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11 mayo 2010
El Barómetro del CIS estallaba este martes en Génova como una bomba depresiva. Después de los mensajes para consumo externo sobre las acusaciones del cambio en la fecha del sondeo para hacerlo coincidir con el momento álgido del caso Gürtel y sobre "la cocina" del Gobierno, llegó el momento de la sinceridad. Algunos dirigentes del PP, pocos, han reconocido que algunas de las opciones en las que han basado su estrategia pueden ser prejuicios que les distancien de la realidad.

Primer prejuicio: la corrupción no afecta. Este principio se acuñó tras los resultados electorales cosechados en Valencia en las elecciones europeas de junio de 2009. El PP consiguió una ventaja de 15 puntos sobre los socialistas valencianos. Entonces, como ahora, las noticias sobre "el Bigotes" y compañía estaban en las primeras páginas. Los tiempos y los modos con los que ha reaccionado Rajoy han pasado factura. Todos los imputados, e incluso algunos que no lo están, ya no ocupan sus cargos. Pero la falta de reflejos se ha hecho otra.

Segundo prejuicio. Zapatero se desploma solo. El Barómetro se realizó antes de la semana negra, que, como sugiere algún experto, ha provocado la "incapacitación política" de nuestro presidente del Gobierno. La imagen es precisa porque lo que ha sucedido durante el fin de semana ha supuesto una apropiación de la soberanía nacional. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, conscientes de la debilidad que supone tener una moneda única sin un gobierno económico común, el viernes en el Eurogrupo y el domingo en el Ecofin, decidieron convertirse en el Ejecutivo del euro. Pusieron al BCE a comprar deuda y obligaron a Zapatero a hacer lo que no quería hacer. El euro es algo demasiado serio para que la política ideológica que practica el presidente del Gobierno de España lo pueda poner en cuestión. Las encuestas del CIS se realizaron antes de que Merkel y Sarkozy se sentaran virtualmente en la Moncloa para corregir nuestra política económica. Pero sus efectos eran muy claramente percibidos por los españoles: un 79,7 por ciento lo percibe como el principal problema. Y una amplísima mayoría (64 por ciento) tiene poca o ninguna confianza en Zapatero. Aunque hay un 84 por ciento que tiene poca o ninguna confianza en Rajoy. Rajoy, ya en un tópico, no genera entusiasmo. No es sólo un problema de líderes, también afecta a las formaciones. Un 52 por ciento de los consultados considera que el PSOE tiene a gente poco o nada preparada para gobernar y un 50,2 por ciento estima que el PP también tiene a gente poco o nada preparada para gobernar. La mala política económica del Gobierno desgasta a Zapatero, pero también a la oposición. Aumenta el distanciamiento de la sociedad civil de la clase política. Si es verdad lo que dicen las encuestas, la crisis se lleva por delante al PSOE y al PP. No es cierto que sea suficiente para cambiar al inquilino de la Moncloa.

Tercer prejuicio. La sociedad española, como la británica, no quiere oír hablar de sacrificios. Cameron ha hablado de "sangre, sudor y lágrimas", como Churchill en 1940, y ahora se ve obligado a negociar con los liberales. Mejor no detallar los ajustes que hay que hacer, guardar silencio y esperar. Así no se moviliza a la izquierda que se abstiene. Arriola recomienda y Rajoy hace caso. Ante la opción de ser sinceros o ganar las elecciones, en Génova dicen que hay que callar. Éste es el prejuicio más difícil de desmontar porque es cierto que buena parte de la sociedad española, como ha puesto de manifiesto el estudio La larga travesía del desierto de Funcas, rechaza lo que ya es evidente: el sistema de protección social vigente no es sostenible, es necesario alargar la vida laboral, trabajar más para ganar menos y asumir más responsabilidad personal para garantizar la empleabilidad. De modo que el PP parece encerrado en un laberinto sin salida: si se muestra contundente y no revela sus cartas como alternativa de Gobierno, moviliza el voto del miedo; si opta por el perfil bajo, aumenta la desafección hacia la política. Lo que, de hecho, está sucediendo. La salida, que no es fácil, sólo puede encontrarse por elevación. Exige ensayar una política con mayúsculas para que los electores perciban con claridad que se ha superado el regate corto, que se está realmente al servicio de la iniciativa social. La sinceridad sobre la gravedad de la situación puede vencer el miedo si está acompaña de una complicidad real con la España más dinámica, más dispuesta a emprender. En el fondo es una batalla que se libra en el terreno de la mentalidad, de la cultura. Es necesario conectar con las realidades sociales que no se aferran a viejos modelos de bienestar estatalista y generar, con ellas, entusiasmo.

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