El populismo navega en las aguas de la ´posverdad´

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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14 septiembre 2016
Una de las últimas portadas de The Economist está dedicada al arte de la mentira en política, aunque, en realidad, el término empleado es un neologismo: post-truth, la “posverdad”. No deja de ser una consecuencia del “siento, luego existo” tan frecuente en las sociedades posmodernas y que parece haber sustituido desde hace tiempo al “pienso, luego existo” cartesiano. No importa, por tanto, la realidad de los hechos sino lo que a mí me parece que es verdad porque lo he cultivado en el reducido marco de mis sentimientos. 

Una de las últimas portadas de The Economist está dedicada al arte de la mentira en política, aunque, en realidad, el término empleado es un neologismo: post-truth, la “posverdad”. No deja de ser una consecuencia del “siento, luego existo” tan frecuente en las sociedades posmodernas y que parece haber sustituido desde hace tiempo al “pienso, luego existo” cartesiano. No importa, por tanto, la realidad de los hechos sino lo que a mí me parece que es verdad porque lo he cultivado en el reducido marco de mis sentimientos. ¿No se parece esto al mito de la caverna de Platón, en el que las sombras no son meras ilusiones sino entes con existencia propia en nuestras mentes? Lo malo es que al rebajar los niveles de exigencia de la verdad, al huir de los análisis rigurosos, se desemboca en una visión simplista de la política y de la vida, en general, que identifica con necia facilidad quiénes son los malos y los buenos.

La “posverdad” encuentra terreno fértil en la realidad fragmentada de nuestro mundo. La sobreabundancia de información contribuye a ello. Triunfa así un escepticismo que concibe el mundo como una representación trazada por el individuo, algo que fundamentó la conocida afirmación de Nietzsche: “No existen los hechos, sino las interpretaciones”. Hoy esta frase se podría leer de la siguiente manera: “No existen los hechos, sino los sentimientos”. De ahí no hay más que un paso para dejarse llevar por las teorías de la conspiración, con tantos seguidores en nuestros días. Los cultivadores del método de la sospecha nos acompañan de continuo en los medios de comunicación, aunque esos supuestos difusores de luz no producen más que oscuridad y mayores dudas. Pese a todo, les jalea un público deseoso de ahondar en misterios que les distraigan de su vida rutinaria y que suele creer más en las explicaciones extraordinarias que en las ordinarias.

No es casualidad que los populismos de todo signo sacrifiquen la verdad a los sentimientos. El ascenso de Donald Trump a la candidatura republicana o el inesperado triunfo del Brexit son un lamentable ejemplo de la victoria de los sentimientos sobre el sentido común. Por lo demás, sentimiento y nostalgia van juntos. Abundan hoy ciertas nostalgias nacionalistas o de una supuesta edad de oro que nunca existió. Se podría decir que se ha asumido, conscientemente o no, la convicción totalitaria, resaltada por Orwell, de que la historia es más para ser creada que para ser comprendida. Un historiador serio fracasaría en su intento de salir al paso de las tergiversaciones. Le pasaría como a ese personaje de “El hombre que mató a Liberty Balance” de John Ford, el senador Ramsom Stoddart, interpretado por James Stewart. En realidad, Stoddart no mató a un temible pistolero, pero el editor del periódico que le entrevista, nunca publicará la verdad de lo sucedido porque no sería de utilidad para el territorio al que el senador ha contribuido a llevar la ley y el orden.

Los outsiders metidos en política, los representantes de la antipolítica o de una supuesta nueva política, navegan a sus anchas en las aguas de la “posverdad”. No es un fenómeno nuevo. En este sentido, se ha comparado a Donald Trump con Huey Long, un populista gobernador de Louisiana en la década de 1930, y que fue el personaje inspirador de la novela “Todos los hombres del rey” (1946) de Robert Penn Warren. Long era demócrata, y Trump es republicano. Sin embargo, coinciden en su procedencia del mundo de los negocios. Fomentan la falacia de que quien alcanza el éxito empresarial, lo consigue también en el ámbito de la política. Detestan a los políticos de carrera y se consideran a sí mismos como los verdaderos representantes del pueblo. Hay una frase atribuida a Huey Long que todavía resulta inquietante y es un ejemplo de la manipulación de la “posverdad”: “Un hombre no es un dictador cuando recibe un mandato de la gente y lo lleva a cabo”.

Conviene no engañarse. La “posverdad” no distingue entre democracias y sistemas dictatoriales. En ambos modelos existen políticos que, al igual que Huey Long, piensan que, llegado el caso, el bien debería engendrarse del mal porque es lo único que existe para engendrarlo. Si realmente creen esto, su concepto del bien resulta reducido y, en cambio, puede ser muy amplio el número de aquellos a quienes consideran sus enemigos. Y es que los cultivadores de la “posverdad” no creen en que la política, en el mejor sentido, se base en el arte del compromiso. El compromiso auténtico implica sinceridad y lealtad mutuas, virtudes ajenas por completo a los estereotipos de la “posverdad”.

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