Editorial

El poeta y la crisis

Mundo · PaginasDigital
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6 noviembre 2011
Cannes es probablemente una de las localidades de la Costa Azul francesa con más charme. Hay una cierta elegancia en el ambiente, quizás sea el poso dejado por los ilustres veraneantes durante años. Pero de poco les sirvió a los líderes del G-20, durante la semana pasada, tan acogedor entorno para aportar soluciones a la crisis. El peso que en otro tiempo tenía el G-8 se ha desplazado a este grupo más abierto, en el que los emergentes han adquirido protagonismo, con los BRIC a la cabeza. El Fondo Monetario Internacional prevé que los cuatro países que están detrás de estas siglas sean los "amos del mundo" en poco tiempo.

En 2025 China será la primera economía del planeta, Rusia la tercera, India la quinta y Brasil la sexta. Sabedores de su poder no han querido concretar un aumento de recursos para que el FMI pueda acudir en rescate de los que están en dificultades. Es lo que pedía Alemania. La cumbre ha estado dominada por la crisis griega y de ese asunto América Latina y Asia, que cada vez son más influyentes, no quieren saber nada. El G-20 nos ha dejado dos evidencias. Primera: el gobierno mundial que reclama Benedicto XVI en la Caritas in Veritate no existe. Y es más necesario que nunca para que la economía financiera no siga distanciándose de la real, para conseguir una liberalización comercial que contribuya a un desarrollo eficaz, para apostar por una salida de la crisis que no desate una competencia destructiva. Segunda evidencia: Europa cuenta cada vez menos.

¿Cuál es el secreto de los BRIC? Uno de ellos es el esfuerzo que dedican a la innovación. Según datos de la OCDE, China ha incrementado su gasto en I+D en el período comprendido entre 1995 y 2005 un 23 por ciento, sus patentes ha aumentado un 70 por ciento. Corea del Sur, según la previsión del FMI, en 2025 será la economía número 11 del mundo, mientras que España será entonces la número 17. Tiene un ritmo de crecimiento de patentes del 39 por ciento, el doble que el de nuestro país.

El futuro está sin duda en la innovación pero no sólo entendida en sentido técnico. Se habla mucho de las razones estructurales de la crisis, de la política monetaria necesaria, del rescate de la banca o del problema de la deuda soberana que, según Merkel, va a durar diez años. Se habla incluso de crisis moral. De los valores perdidos. Pero no se habla casi nada de la "cuestión antropológica". De ese tipo de chispa, y de energía, que suscita una capacidad de construir como la que a un Steve Jobs le permitió revolucionar el mundo de los ordenadores y cambiar la vida de muchos. De ese gusto por lo nuevo que nos permite emprender, buscar trabajo cuando no se tiene, hacer diferente lo que es cotidiano. Ese tipo de impulso es el que necesita Europa. Porque en el Viejo Continente, a base de buscar la seguridad por encima de todo, a base de hacer todo tipo de esfuerzos para no cambiar, la realidad ha dejado de ser positiva y provocativa. Todo esto tiene que ver mucho con el modo de usar la razón.

Lo decía en palabras poéticas Octavio Paz al recibir el Nobel en el 90. Era un año decisivo, acababa de caer la utopía comunista y todo el mundo se rendía al sueño liberal. El escritor mexicano, con palabras líricas, criticaba la razón que se ha divinizado, que ha dejado de ser fresca. Y explicaba cómo se alcanza el verdadero progreso, la modernidad. "Perseguimos la modernidad -decía Paz- y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga (…) La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscamos sin saberlo: el presente, la presencia".

¿Puede un poeta enseñarnos algo sobre cómo salir de la crisis? Cuando se abren "las puertas de la percepción", cuando nos entendemos a nosotros mismos de otro modo y somos capaces de ver "lo que está presente" es cuando surge la innovación. La innovación más decisiva, la que se refiere a nosotros mismos.

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