El peronismo desafiado, otra vez

Mundo · Horacio Morel
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31 octubre 2013
Los comicios legislativos del pasado domingo profundizaron la derrota electoral oficialista de las primarias de agosto. Los más de doce puntos porcentuales que el peronista opositor Sergio Massa le sacó de ventaja al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires (el principal distrito electoral del país), marcan el principio del fin de la “era K”.

Los comicios legislativos del pasado domingo profundizaron la derrota electoral oficialista de las primarias de agosto. Los más de doce puntos porcentuales que el peronista opositor Sergio Massa le sacó de ventaja al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires (el principal distrito electoral del país), marcan el principio del fin de la “era K”.

Sin embargo, hay que considerar tres factores que –de momento- morigeran aún el resultado electoral.

En primer lugar, la derrota del oficialismo no significa un cambio neto de representación en el Congreso, ello en razón de las bancas que se renovaban y el sistema bicameral argentino.

Segundo, el gobierno K ya conoció la derrota en una elección de “medio tiempo”, la del 2009, pero la fragmentación y la falta de habilidad política de la oposición no supo capitalizar su triunfo, tanto que dos años después Cristina Fernández de Kirchner se impuso en las presidenciales con un amplio 54% de los votos, y el opositor triunfante del ’09, el peronista Francisco De Narváez, este domingo apenas obtuvo el 5%.

En tercer término, aunque derrotado en las principales provincias, el peronismo versión “K” sigue siendo el partido más votado por los argentinos.

De todos modos, las caras largas y los reproches recíprocos que los más destacados dirigentes oficialistas se propinaron la noche del domingo antes de ofrecer un forzado “festejo” para las cámaras de televisión, dan cuenta que el gobierno acusó el golpe y sabe que sólo un hecho imprevisto rayano con la ciencia ficción puede permitirle imaginarse en el poder después del 2015.

Los distritos electorales que más votos aportan al conjunto nacional (las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe y la ciudad de Buenos Aires, capital del país) le fueron todos adversos.  En el cordón industrial del Gran Buenos Aires, conformado por veinticuatro partidos o alcaidías, el Frente Renovador de Sergio Massa se impuso en veinte de ellos, y en los cuatro restantes la victoria oficialista fue ajustadísima.

El éxodo de dirigentes peronistas de las filas del gobierno a las de Massa está en pleno despliegue, y amenaza ampliarse rápidamente.

Hay para ello dos explicaciones: por un lado, está en el gen del peronismo encolumnarse detrás del líder circunstancialmente triunfante; por otra, muchos de ellos nunca estuvieron a gusto con el estilo de conducción cristinista, más afín a un fundamentalismo de izquierda que a cierta tradición justicialista más cercana a posturas reformistas y dialoguistas, de apertura al disenso y al acuerdo coyuntural, que nunca encontró espacio en la “cultura K”, la cual ve en cada opositor un enemigo al que eliminar, proclamando a cada paso el fagocitante “vamos por todo”.

De hecho, Argentina está necesitada de paz y de reencuentro, de concordia, de políticas de estado a largo plazo acordadas entre los actores sociales, políticos y económicos que le permitan reinsertarse rápidamente en el mundo, sin perder por ello identidad ni renunciar a sus intereses.

Para la carrera presidencial se anotan en primera fila Sergio Massa y Mauricio Macri, ambos triunfantes el último domingo en sus distritos (provincia y ciudad de Buenos Aires respectivamente).  Pareciera que el primero tiene más chances de nacionalizar su propuesta, aunque su espacio deberá lidiar con los restos de kirchnerismo y/o quienes impulsen la candidatura del gobernador Daniel Scioli, quien luego de amagar varias veces abandonar el oficialismo nunca se decidió a hacerlo.

Macri no es peronista, pero tampoco es un anti-peronista, a la vez que es consciente que su armado político necesita una “pata peronista” si pretende llegar lejos como quiere hacerlo, aunque contradictoriamente (en realidad urgido por diferenciarse cualitativamente de Massa) el domingo a la noche dijo que aspira a conformar un equipo en el cual no figure ningún funcionario de los gobiernos constitucionales de los últimos veinte años.  La grilla de partida se integra, además de Scioli, con el socialista Hermes Binner y el radical Julio Cobos, también vencedores en Santa Fe y Mendoza, respectivamente.

El futuro del espacio kirchnerista es una verdadera incógnita: la presidente Cristina Kirchner lleva casi un mes convaleciente y aislada a causa del posoperatorio de una intervención craneana, ajena –según sostuvieron públicamente sus funcionarios- a las noticias y acontecimientos de los últimos veinte días por prescripción médica.

Si bien no existen fundamentos para las versiones según las cuales podría no reasumir sus actividades al frente del Estado, la sensación de que el país “funcionó solo” durante el último mes hizo mella en el resultado electoral que comentamos.  A ello se suma el enfrentamiento abierto entre los dirigentes “K” como consecuencia de la derrota, íntimamente ligada a la “sucesión” que tiene lugar a raíz del impedimento constitucional de un tercer mandato para Cristina.

Resulta a veces difícil explicar a los foráneos que la principal fuerza de oposición al gobierno peronista sea el peronismo.  Fenómeno político curioso, el peronismo es tan versátil que ha mutado cíclicamente para dar lugar, sucesivamente, a sus distintas versiones: la Tercera Posición Justicialista de Perón, el neoliberalismo de Menem y, recientemente, el pseudoprogresismo izquierdista de los Kirchner.  El común denominador de todos sus modalismos es una concepción hegemónica del poder y un mesianismo político por el cual todo se espera del conductor, mentalidad en definitiva servil que sustituye la libertad de la persona y que tanto daño le hace a la democracia argentina, la cual precisamente el pasado domingo cumplió treinta años desde el fin de la dictadura militar (1976-1983) que dejó como lamentable saldo miles de desaparecidos, la destrucción de la economía nacional y la vergonzosa derrota en la Guerra de Malvinas a manos del Reino Unido.

La principal realización del hito peronista en la historia argentina ha sido la incorporación de la clase popular y trabajadora, antes ignorada y despreciada, a la vida activa de la Nación.  Se le reconocieron a los trabajadores derechos sociales, culturales y políticos que como legítimas conquistas perduran hasta hoy, y dieron nacimiento a la mayor clase media latinoamericana, para la que el ascenso social en base al esfuerzo, el estudio y el trabajo llegó a ser una realidad tangible, aunque últimamente amenazada por el desfachatado clientelismo y la cultura del subsidio expandida sin límites por los “K” con indisimulables fines electoralistas.

¿Podrá esta vez el peronismo reencarnarse en una versión más equilibrada, republicana e integradora? ¿Serán conscientes de este profundo desafío cultural Massa, Scioli y/o quienes lleguen a convocar las preferencias en 2015?

La respuesta no está sólo en los dirigentes, sino en todos los ciudadanos, y la clave es la participación.  No hace falta el heroísmo de un Wang Weilin en la Plaza Tiananmen un 5 de junio de 1989 o de un Mohamed Bouazizi en Ben Arous un 17 de diciembre de 2010: el peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, declaró hace pocos días que “el mundo está lleno de héroes que ignoran que lo son”.  Se trata del protagonismo discreto pero eficaz de cada persona, de cada familia, de cada comunidad, en la construcción de la sociedad civil. La política es una instancia esencial pero no única de dicha construcción.  A los dirigentes políticos, que suelen pensar que el Estado lo es todo y que pretenden llegar al gobierno para apoderarse del Estado, se les impone un cambio de mentalidad. ¿Estarán a la altura de los tiempos? ¿Lograrán entender el poder como servicio como reclama con insistencia el Papa Francisco? El pueblo argentino, que el pasado domingo ejerció su voto, tiene la palabra.

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